«El quinto hijo», Doris Lessing

Puntuación: 4.5 de 5.

—El problema no es Ben, sino usted. A usted no le gusta demasiado. […] No podemos elegir lo que nos saldrá en la lotería y eso es tener un hijo. Por suerte o por desgracia, no podemos elegir. Lo primero que tiene que hacer usted es no culparse.

El quinto hijo, Doris Lessing

«El quinto hijo», de Doris Lessing, es una novela breve, pero de esas que se quedan rondando la cabeza durante días después de cerrar el libro. Bajo la apariencia de un drama familiar bastante sencillo, Lessing construye una historia profundamente inquietante que mezcla reflexión psicológica, crítica social y una exploración incómoda sobre los límites del amor familiar, la maternidad y la aceptación de la diferencia.

La historia gira en torno a Harriet y David Lovatt, una pareja que sueña con algo que, incluso en el momento en que transcurre la novela, parece ir a contracorriente, formar una familia numerosa, estable y tradicional. Mientras muchas personas a su alrededor abrazan estilos de vida más modernos e individualistas, ellos desean recuperar una idea casi idealizada de la familia. Compran una gran casa, tienen hijos y parecen construir poco a poco ese refugio familiar que siempre habían imaginado. Los cuatro primeros hijos nacen sin complicaciones y todo parece confirmar que su proyecto de vida funciona. Un sueño hecho realidad. Sin embargo, la llegada de Ben, el quinto hijo, rompe por completo ese equilibrio.

Lo inquietante es que el conflicto comienza incluso antes de su nacimiento. Durante el embarazo, Harriet percibe que algo no va bien. Siente movimientos violentos, una agresividad que no había experimentado con ninguno de sus otros hijos y una sensación creciente de miedo que ni ella misma termina de comprender. Desde ese momento, la novela introduce una duda que nunca desaparece del todo, ¿realmente hay algo extraño en Ben o estamos viendo la realidad a través de los temores de su madre?

Cuando Ben nace y comienza a crecer, la situación se vuelve cada vez más complicada. El niño posee una fuerza física extraordinaria, tiene dificultades para relacionarse con los demás y provoca rechazo casi instintivo en muchas personas. Familiares, vecinos e incluso desconocidos reaccionan ante él con incomodidad, miedo o abierta hostilidad. Poco a poco, la presencia de Ben va erosionando la vida familiar hasta convertir aquel hogar ideal en un lugar marcado por la tensión constante.

Lo que más me ha gustado de la novela es precisamente que Doris Lessing se niega a ofrecer respuestas claras. No hay una explicación definitiva sobre Ben; de hecho, no sabemos exactamente qué es, ni si realmente existe algo anormal en él. Tampoco sabemos hasta qué punto el problema está en el propio niño o en la manera en que los demás lo perciben.

Mientras leía, fui cambiando varias veces de interpretación. En algunos momentos pensé que Lessing estaba cuestionando la idea romántica de la maternidad, esa creencia de que una madre amará automáticamente a cualquier hijo sin importar las circunstancias. En otros momentos me pareció una crítica al modelo de familia tradicional que Harriet y David intentan construir. También podría leerse como una reflexión sobre los límites de la tolerancia social o incluso como una crítica a nuestra tendencia a excluir a quienes no encajan dentro de lo que consideramos normal.

Pero la interpretación que más me convence es que la novela habla sobre la exclusión. Sobre cómo una comunidad decide quién pertenece al grupo y quién queda fuera. Ben es diferente, sí, pero la cuestión verdaderamente importante es cómo reaccionan los demás ante esa diferencia. Hay una escena especialmente significativa cuando Harriet lleva a Ben a una psiquiatra buscando respuestas. La especialista le dice algo que desmonta muchas de las certezas que el lector ha construido hasta ese momento:

—El problema no es Ben, sino usted. A usted no le gusta demasiado. […] No podemos elegir lo que nos saldrá en la lotería y eso es tener un hijo. Por suerte o por desgracia, no podemos elegir. Lo primero que tiene que hacer usted es no culparse.

Es una de esas escenas que obligan a replantearse todo lo leído hasta entonces. ¿Y si Ben no es tan diferente como creemos? ¿Y si el verdadero problema es que Harriet es incapaz de aceptarlo? ¿O quizá ambas cosas son ciertas al mismo tiempo?

La culpa es, de hecho, uno de los grandes temas de la novela. Harriet vive atrapada entre el amor maternal, el miedo y la responsabilidad. Constantemente siente que está siendo juzgada por quienes la rodean. En un momento especialmente duro llega a decir:

—Supongo que así trataban a la mujer que daba a luz a un monstruo antiguamente en las sociedades primitivas. Como si fuera culpa de ella.

Esa frase resume muy bien la situación emocional del personaje. Harriet no solo tiene que enfrentarse a las dificultades que plantea Ben, sino también a la condena silenciosa de quienes consideran que ella ha hecho algo mal.

Y es que la novela está llena de pequeños momentos donde la desaprobación social aparece de forma casi invisible. En una de las citas que más me llamaron la atención, Harriet observa cómo otras personas parecen juzgarla sin necesidad de pronunciar una sola palabra:

Harriet tuvo la sensación de que aquellas dos mujeres, aquellas dos personas mayores, fuertes, supervivientes avezadas, la condenaban directamente a ella, a Harriet, desde su gran experiencia de la vida.

Esa sensación de juicio permanente acaba impregnando toda la novela.

Otro aspecto que me parece muy interesante es la forma en que Lessing retrata a David. Al principio parece compartir plenamente el proyecto familiar de Harriet y, sin embargo, había algo que me chirriaba en su comportamiento y me hizo dudar si realmente era un proyecto familiar conjunto entre Harriet y David, o solamente de David. De hecho, en un primer momento, creí que la novela iba a tratar el tema del patriarcado. Hay varios momentos que me llevaron a pensar eso, algunos relacionados con la posición de Harriet dentro de la familia y otros con las diferencias sociales que existen entre ella y David. Por ejemplo, hay un momento en la novela en que el narrador dice:

Los conocedores del medio inglés ya habrán advertido a estas alturas que, conforme a ese patrón poderoso, si bien no registrado, del sistema de clases inglés, Harriet ocupaba un lugar inferior a David.

Al leerlo seguramente has entrecerrado los ojos o levantado una ceja, al igual que me pasó a mí. Confieso que tuve que releer la frase un par de veces para asegurarme de que había entendido bien lo que decía. No fue el único momento. Hubo otro momento, más sutil, en que me hizo sospechar también que el libro era una crítica al machismo. Concretamente, cuando Harriet da a luz a su primer hijo:

Harriet dio a luz a su primer hijo, Luke, en la cama de matrimonio […] Huelga decir que el médico hubiera preferido que el niño naciera en el hospital. Ella se había mantenido inflexible; lo desaprobaba… él

Este párrafo tiene varias interpretaciones —cosa que me encanta—. ¿Quién y qué desaprobaba? ¿El médico desaprobaba que naciera en la cama del matrimonio? ¿O era David quien desaprobaba que naciera en el hospital? Yo me inclino por la segunda opción. Esos puntos suspensivos seguidos de «él» me suenan casi a una acusación velada, como si el narrador quisiera señalar que la idea no partía de Harriet. Por eso me plantea dudas si la idea de la familia ideal y perfecta parte de David o de los dos.

Y cuando aparecen las dificultades, cuando llega un hijo que no es perfecto y que, por tanto, SU familia perfecta —sí, en mayúsculas, en singular y en posesivo— deja de serlo, su compromiso —el de David— empieza a resquebrajarse. Es en ese momento cuando empecé a preguntarme si David amaba realmente a su familia o si amaba la idea de familia que había construido en su cabeza. Sin entrar en demasiados detalles, creo que es uno de los personajes más frustrantes del libro y acabé por odiarlo. Mientras Harriet carga con el peso emocional de la situación, David busca cada vez más la forma de escapar del problema. Hay un momento especialmente brutal en el que afirma:

—Es un niño pequeño —dijo Harriet—. Es nuestro hijo.
—No, no lo es —dijo David por último—. Bueno, desde luego mío no.

Es una frase devastadora porque muestra hasta qué punto Ben ha destruido la imagen idealizada de familia que ambos habían construido.

La novela me recordó constantemente a varias obras clásicas. La comparación más evidente es probablemente con «Frankenstein». Igual que ocurre con la criatura de Shelley, Ben provoca rechazo antes incluso de que podamos conocerlo realmente. En ambos casos surge la pregunta de si el monstruo nace monstruo o si es la sociedad quien termina convirtiéndolo en uno mediante el miedo, el aislamiento y la exclusión.

También encontré muchas conexiones con «La metamorfosis». La diferencia principal es que Kafka nos permite vivir la experiencia desde dentro, a través de Gregor Samsa, mientras que Lessing nos sitúa en el otro lado: observamos al supuesto «monstruo» desde la mirada de quienes conviven con él. Esto hace que la ambigüedad sea todavía mayor, porque nunca tenemos acceso directo a la mente de Ben.

Incluso me recordó por momentos a «Un mundo feliz» de Aldous Huxley. No porque compartan trama, sino porque ambas obras cuestionan los mecanismos mediante los cuales una sociedad decide qué individuos son aceptables y cuáles no. Los Lovatt intentan construir una versión ideal de la vida familiar, pero Ben pone en evidencia lo frágil que resulta ese ideal cuando aparece alguien que no encaja en él.

Además, la novela conecta con toda una tradición literaria del «niño extraño» o «niño monstruoso», tan presente en el terror y la literatura gótica. Sin embargo, Lessing evita cualquier explicación sobrenatural. Nunca convierte a Ben en un demonio, un ser fantástico o una criatura imposible. Lo mantiene siempre en una zona gris. Y precisamente ahí reside gran parte de la fuerza del libro. El lector nunca sabe si debe sentir miedo por Ben, compasión hacia él o ambas cosas al mismo tiempo.

En cuanto al estilo, la escritura de Lessing es engañosamente sencilla. No utiliza grandes artificios ni busca impresionar con un lenguaje especialmente elaborado. Sin embargo, consigue crear una atmósfera cada vez más opresiva. A medida que avanzan las páginas, la casa familiar deja de parecer un refugio y se convierte en un espacio cargado de tensión, silencios incómodos y resentimientos acumulados. La sensación de angustia crece de forma constante hasta el final.

Una de las mayores virtudes de la novela es que no ofrece soluciones fáciles. No nos dice qué pensar sobre Ben, ni nos dice si Harriet tiene razón o está equivocada, ni si la familia fracasa por culpa del niño o por culpa de sus propias expectativas imposibles. Todo queda abierto a interpretación.

Por eso me costó tanto escribir esta reseña. Hace ya varios días que terminé la novela y sigo sin tener claro qué quería contar exactamente Doris Lessing. Pero cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que esa incertidumbre es precisamente el objetivo. La autora no pretende resolver el misterio, sino obligarnos a convivir con él.

Y quizá esa sea la pregunta que permanece cuando se termina el libro: ¿qué hacemos cuando alguien no encaja en nuestras expectativas? ¿Intentamos comprenderlo o preferimos apartarlo para que no altere nuestra idea de normalidad?

«El quinto hijo» es una novela incómoda, perturbadora y tremendamente inteligente. Puede no resultar una lectura agradable en el sentido convencional de la palabra, pero en cambio, genera preguntas mucho después de haber terminado la última página. Y, para mí, eso suele ser una señal de que estoy ante un libro que realmente merece la pena.