«Orilla del mar», Véronique Olmi

Puntuación: 4.5 de 5.

Empecé a darle vueltas a la cabeza, eso no me gusta, la mente es un bicho malo, en ocasiones preferiría ser un perro. No cabe duda de que los perros nunca se preguntan dónde está su sitio ni a quién deben seguir, levantan la trufa y todo queda grabado, registrado para siempre. Y a eso se aferran. Los hombres carecen de olfato, ese es el peligro.

Orilla del mar, Véronique Olmi

Novela breve, de apenas unas pocas páginas y, sin embargo, hacía mucho tiempo que un libro no me dejaba una sensación tan pesada en el pecho. Leer «Orilla del mar» de Véronique Olmi ha sido una de esas experiencias que permanecen contigo mucho tiempo después de cerrar el libro. Te hace cuestionarte y plantearte preguntas incómodas para las que no existen respuestas sencillas. ¿Qué significa realmente ser madre? ¿Basta con amar a tus hijos para ser una buena madre? ¿Tiene cualquier persona derecho a tener hijos simplemente porque puede tenerlos? ¿Y quién decide cuándo una madre ya no está en condiciones de cuidar de ellos? Mientras leía la novela, estas preguntas aparecían una y otra vez en mi cabeza, sin que la autora intentara responderlas de forma explícita; Olmi nos muestra una realidad dolorosa y nos obliga a mirarla de frente sin juzgar ni moralizar.

La historia, narrada en primera persona por una madre que viaja con sus dos hijos hacia el mar. No conocemos su nombre, ni el de la ciudad de la que procede, ni siquiera el del pueblo al que se dirige, pero eso da igual, porque desde la primera frase percibimos que algo no funciona bien, que hay gato encerrado:

Nos fuimos en autobús, en el último autobús de la tarde para que nadie nos viera.

La frase es sencilla, pero basta para despertar una inquietud inmediata. ¿Por qué toma el último autobús de la tarde? ¿Por qué quiere que nadie la vea? ¿De quién huye? Desde ese momento sentí que algo no encajaba. Olmi consigue que una alarma se encienda en la cabeza del lector y ya no vuelva a apagarse. La atmósfera se vuelve opresiva, casi asfixiante, y avanzas por las páginas convencido de que, tarde o temprano, algo malo va a ocurrir.

Cuando bajan del autobús, la atmósfera se vuelve todavía más inquietante. El pueblo costero parece casi fantasmal. Es de noche, llueve sin descanso y apenas hay gente en las calles. Mientras leía estas páginas, no podía evitar pensar en ciertos escenarios de pesadilla o incluso en Comala, un lugar suspendido entre la realidad y algo mucho más oscuro. La protagonista se pierde entre calles desconocidas y describe una sensación de desorientación absoluta:

…era de noche, la lluvia caía helada, teníamos la impresión de hallarnos en ninguna parte, estaba prácticamente sola con mis chicos y la ciudad se había convertido en un misterio. No sabía qué calle tomar o cruzar, cuál nos alejaba, cuál nos acercaba, todo permanecía inmóvil y cuanto más en calma más forasteros nos sentíamos.

Todo en la novela transmite la idea de que estamos avanzando hacia un lugar sin salida. La novela es corta, pero la asfixia la sientes en cada una de las páginas.

Sin embargo, el momento que realmente me puso los pelos de punta llegó cuando la protagonista piensa que quizá se ha equivocado de camino y que tal vez ni siquiera encontrará el mar. Entonces pronuncia una frase aparentemente inocente:

No veíamos el mar, estaba claro, pero tampoco lo oíamos, me sobrevino una jaqueca solo de pensar en que tal vez me había equivocado y en cómo me las arreglaría en una ciudad llena de agua y barro si no había mar, porque yo me había jurado, los niños tenían que conocer el mar.

Recuerdo perfectamente el instante en que la leí. No sabía exactamente por qué, pero sentí que aquellas palabras escondían algo terrible. ¿Por qué es tan importante que los niños conozcan el mar? ¿Por qué esa obsesión? A partir de ese momento, la lectura adquiere una tensión insoportable porque el lector empieza a sospechar que el viaje tiene un significado mucho más profundo del que parecía al principio.

Uno de los aspectos que más me impresionó de la novela es la manera en que Olmi utiliza los espacios para reflejar el estado mental de la protagonista. La lluvia está presente constantemente, como una fuerza hostil que cae sobre los personajes y los aplasta poco a poco.

La lluvia se estrellaba en nuestra ventana, un veneno vertido desde lo alto, la lluvia estaba en guerra contra nosotros, era ella la que enturbiaba los colores del cielo…

Del mismo modo, la habitación del hotel en la que se alojan tiene vistas a un enorme muro. La protagonista mira por la ventana buscando algo más allá de esa pared y piensa:

Quería ver qué había al otro lado de la ventana, pero no era posible porque había un muro, un muro inmenso, y yo quería saber qué había más allá del muro.

Resulta difícil encontrar una metáfora más clara de su situación vital. Todo cuanto la rodea parece bloquear cualquier posibilidad de futuro.

También me llamó mucho la atención el modo en que la novela retrata el agotamiento. No un cansancio pasajero, sino un agotamiento profundo, físico y mental, acumulado durante años. Cada vez que la protagonista sube o baja los seis pisos del hotel sentimos el peso que arrastra. Hay un momento especialmente duro en el que afirma:

Al bajar las escaleras comprendí que los dejaba en otro mundo, una burbuja que iba a estallar. Cuanto más descendía, más me aproximaba al infierno. El infierno de los hombres.

Durante buena parte de la lectura, interpreté esa imagen de forma bastante literal. Pensaba que la calle representaba el infierno, el mundo hostil, la pobreza, las miradas ajenas, los servicios sociales, la indiferencia de los demás. En contraste, la habitación del hotel me parecía una especie de refugio precario, casi un purgatorio donde la protagonista podía protegerse junto a sus hijos durante unas horas. Sin embargo, al llegar al final comprendí que había leído la metáfora al revés. El verdadero purgatorio era la calle, ese lugar difícil pero todavía conectado con la vida y con la posibilidad de seguir adelante. El auténtico infierno era la habitación del hotel. Ese espacio cerrado, con vistas a un muro, aislado del resto del mundo y cargado de pensamientos cada vez más oscuros, era el lugar donde la protagonista se hundía poco a poco. Por eso, al releer ese pasaje, las escaleras adquieren un significado completamente distinto; es el camino hacia el «infierno de los hombres», pero también el trayecto de regreso hacia una habitación que termina convirtiéndose en el centro mismo de la tragedia.

Pero si la novela me ha dejado una huella tan profunda, es tanto por la tragedia que narra como por las cuestiones sociales y humanas que plantea. Olmi retrata una pobreza que rara vez aparece en los discursos políticos o en las estadísticas. No tiene dinero y vive permanentemente agotada, se siente excluida, percibe que el resto del mundo funciona según unas reglas de las que ha quedado al margen. Hay un momento en que la narradora observa a otras personas y reflexiona:

Claro que no nos sentíamos tan cómodos como los otros […] ¡A los demás se los veía a gusto! […] les gusta parecerse para así estar juntos…, lo que quiero decir es que era difícil diferenciar a los unos de los otros.

Esa distancia respecto a los demás atraviesa toda la novela. La protagonista no se siente parte de la sociedad; la contempla desde fuera, como alguien que ha sido expulsado de ella.

Por eso terminé el libro con más preguntas que respuestas. ¿Qué significa ser madre soltera en una sociedad que constantemente exige más recursos, más estabilidad y más fortaleza emocional? ¿Es realmente posible criar sola a dos hijos cuando se vive en la pobreza y se arrastran problemas psicológicos? ¿Dónde termina la responsabilidad individual y dónde empieza la responsabilidad colectiva? ¿Hasta qué punto una sociedad puede permitirse ignorar a las personas que se quedan atrás? La novela no responde a ninguna de estas cuestiones, pero precisamente por eso resulta tan poderosa. Nos obliga a pensar por nosotros mismos.

Otro de los grandes aciertos de la novela es el estilo de Véronique Olmi. Su escritura es austera, directa y, al mismo tiempo, profundamente poética. No hay grandes discursos, explicaciones psicológicas interminables ni intentos de guiar la interpretación del lector. Olmi confía en la fuerza de las imágenes y en los pequeños detalles cotidianos para transmitir emociones enormemente complejas. La lluvia golpeando la ventana, las interminables escaleras del hotel, el muro que bloquea la vista desde la habitación o el cansancio que impregna cada movimiento de la protagonista dicen mucho más que cualquier análisis explícito. Además, la narración consigue algo admirable: nos introduce en la mente de esta mujer sin convertirla nunca en un caso clínico ni en un símbolo. Sus pensamientos a veces resultan confusos, contradictorios o incluso inquietantes, pero siempre profundamente humanos. Esa contención hace que los momentos más duros de la novela sean todavía más devastadores, porque la autora nunca busca manipular las emociones del lector. Simplemente nos coloca junto a la protagonista y nos obliga a contemplar el mundo a través de sus ojos. El resultado es una lectura absorbente y angustiosa que se sostiene tanto por lo que se dice como por todo aquello que permanece en silencio.

«Orilla del mar» es una novela devastadora, triste y profundamente humana. Si buscas una lectura agradable o reconfortante, esta no es tu lectura. Sin embargo, sí la recomendaría a cualquier lector que quiera enfrentarse a una obra capaz de removerlo por dentro. Y es que el final te romperá por completo, como me pasó a mí y, una vez terminado el libro, seguirás pensando en él. Quizá porque está basado en un hecho real. Quizá porque la protagonista podría ser una persona que se cruza con nosotros cada día sin que reparemos en ella. O quizá porque Olmi consigue algo muy difícil, hacernos acompañar a una persona en su descenso al abismo sin dejar de verla como un ser humano hasta la última página.