Anagrama | Miguel Sáenz | 2006 | 304 págs.
#Narrativa #Alemania #2001
No me parece, dijo Austerlitz, que comprendamos las leyes que rigen el retorno del pasado, pero cada vez me parece más como si no hubiera tiempo, sino diversos espacios, imbricados entre sí, entre los que los vivos y los muertos, según el talante en que se encuentran, van de un lado a otro, y cuanto más lo pienso tanto más me parece que nosotros, los que todavía nos encontramos con vida, a los ojos de los muertos somos irreales y sólo a veces, en determinadas condiciones de luz y requisitos atmosféricos, resultamos visibles
Austerlitz, W. G. Sebald
Leer «Austerlitz» ha sido una experiencia extraña, fascinante y, en cierto sentido, contradictoria, porque pocas veces me he encontrado con una novela cuya prosa me haya parecido tan cercana a la perfección y que, al mismo tiempo, me haya generado una sensación tan persistente de distancia emocional, como si precisamente aquello que convierte al libro en una obra extraordinaria fuese también lo que impide que termine de atravesarme del todo, ya que Sebald escribe con una inteligencia narrativa absolutamente deslumbrante, construyendo frases larguísimas, llenas de subordinadas, de desvíos, de asociaciones aparentemente casuales y de reflexiones que se van encadenando unas con otras hasta formar una especie de corriente hipnótica en la que el tiempo deja de avanzar de manera lineal y empieza a comportarse como la propia memoria, replegándose sobre sí mismo, regresando constantemente al pasado, deteniéndose durante páginas enteras en una estación de tren, en una fotografía, en un edificio o en un recuerdo aparentemente secundario, hasta conseguir que el lector tenga la sensación de que el pasado nunca termina realmente de desaparecer y de que sigue filtrándose en el presente a través de conversaciones, ruinas, silencios y objetos que conservan la huella de quienes ya no están.
Y, sin embargo, precisamente porque Sebald escribe tan bien, porque cada frase parece calculada con una precisión casi absoluta y porque la novela mantiene de principio a fin un tono contenido, reflexivo y melancólico que nunca se rompe, hubo momentos en los que sentí que el horror del que hablaba quedaba demasiado lejos, como si la perfección de la forma terminara amortiguando la violencia emocional del contenido, algo que me ocurrió especialmente cuando el libro aborda las consecuencias del Holocausto y la desaparición de los padres de Austerlitz, porque aunque racionalmente entendía el peso inmenso de lo que estaba leyendo, aunque comprendía la tragedia histórica y humana que atravesaba toda la novela, no sentía que el texto me transmitiera el espanto, la desesperación o la brutalidad que debería acompañar a una experiencia semejante, y creo que eso tiene que ver con que Sebald nunca abandona esa distancia intelectual y estética desde la que observa el dolor.
Mientras leía la novela, pensé varias veces en La Piedad de Miguel Ángel, precisamente porque me sucede algo parecido con ella: soy perfectamente capaz de admirarla, de reconocer que probablemente sea una de las cumbres absolutas de la escultura occidental, de quedarme fascinado por la precisión técnica, por la serenidad de las formas, por la composición y por la manera en que cada detalle parece alcanzar un grado de perfección casi imposible, pero al mismo tiempo siento que toda esa perfección la aleja de algo esencialmente humano, porque los seres humanos no somos perfectos y porque el dolor real rara vez adopta una forma tan armónica y tan limpia. La Piedad representa a una madre sosteniendo el cadáver de su hijo después de haber sido torturado, humillado y asesinado públicamente y, sin embargo, el rostro de la Virgen transmite una serenidad casi divina, una tristeza contenida y pura que quizá sea bellísima desde el punto de vista artístico, pero que no se parece al horror desgarrador que cabría esperar de una madre en semejante situación. Y algo parecido me ha ocurrido con Austerlitz: he admirado constantemente la belleza de la prosa de Sebald, la precisión de su estructura y la inteligencia con la que construye esa exploración de la memoria, de la identidad y del trauma histórico, pero muchas veces he sentido que esa misma perfección estilística convertía el horror en algo demasiado elegante, demasiado filtrado por la reflexión y demasiado lejano como para llegar a transmitir plenamente el sufrimiento humano que hay detrás de la historia.
Eso no significa, en absoluto, que la novela me haya decepcionado; de hecho, me parece una obra extraordinaria y probablemente una de las prosas más impresionantes que he leído en mucho tiempo, porque Sebald consigue algo dificilísimo, que es transformar la memoria en una forma narrativa y hacer que el lector no tenga la sensación de estar leyendo simplemente una historia, sino más bien escuchando el movimiento mismo del pensamiento, con sus asociaciones, sus repeticiones y sus regresos constantes al pasado, y además lo hace sin perder nunca el interés del lector, incluso cuando dedica páginas enteras a describir edificios, estaciones o paisajes urbanos, algo que en manos de otro autor podría resultar tedioso y que en Sebald termina adquiriendo una extraña cualidad sugestiva.
También me ha parecido inevitable relacionar la novela con «Vivir abajo», porque ambas obras comparten esa exploración de identidades fragmentadas, de vidas atravesadas por la Historia y de secretos que se extienden durante generaciones, aunque la forma de aproximarse a ello sea radicalmente distinta, ya que mientras «Vivir abajo» construye una estructura mucho más explosiva, más ambiciosa y laberíntica, llena de conspiraciones, violencia y conexiones inesperadas que terminan formando una especie de mapa gigantesco del horror político y humano, «Austerlitz» apuesta por la contención, por el murmullo constante de la memoria y por una melancolía sostenida que parece impregnar cada frase del libro.
Y quizá por eso, aunque he disfrutado muchísimo leyendo a Sebald y aunque he terminado la novela convencido de haber leído una obra enorme, sigo teniendo la sensación de haber admirado más el libro de lo que realmente lo he sentido, como quien contempla una obra perfecta sabiendo que precisamente esa perfección es lo que le impide parecer completamente humana.