Lumen | Luis Murillo | 2013 | 368 págs.
#Narrativa #EstadosUnidos #1960
Era una sensación; era el impulso de tener que hablar. Pero, lo dijera como lo dijese, no sería sino otro nombre para eso que él trataba de encontrar: lo salvaje. Era una libertad, una esperanza y un vigor que parecían subyacer en todo cuanto había sido su vida hasta entonces, una vida que no era libre ni buena ni esperanzadora ni vigorosa. Lo que él perseguía era la fuente y puntal de su mundo, un mundo que parecía rehuir esa fuente en lugar de esforzarse por descubrirla, mientras la hierba de los prados hincaba sus gibrosas raíces en la fértil humedad subterránea, en lo salvaje, renovándose así año tras año.
Butcher’s Crossing, John Williams
«Butcher’s Crossing» es un libro que termina golpeándote fuerte. Después de haber leído «Stoner», me sorprendió muchísimo encontrarme con una novela tan distinta en temática y tono, pero al mismo tiempo tan reconocible en la forma de escribir de John Williams. La precisión sigue ahí, intacta, aunque enfocada de otra manera. Mientras «Stoner» recorría décadas enteras con una naturalidad casi invisible, más preocupado por hacernos vivir el mundo interior de su protagonista que por detenerse en cada escena, «Butcher’s Crossing» hace justo lo contrario: observa, detalla, se detiene. Y aun así, nunca se siente pesada.
Williams construye aquí una narración pausada, que mantiene la tensión de principio a fin sin necesidad de recurrir a grandes artificios. Su estilo sigue siendo sobrio y elegante, pero también contenido, sencillo, muy descriptivo. No necesita frases grandilocuentes para transmitir emociones enormes. Hay algo fascinante en cómo logra que sintamos el frío, el cansancio, el silencio de las montañas o el peso de una decisión moral extrema simplemente a través de la acumulación precisa de pequeños detalles.
La historia sigue a Will Andrews, un joven universitario que abandona Harvard buscando algo más auténtico, algo que no encuentra en los libros ni en la civilización. Y desde el principio se percibe esa llamada casi espiritual hacia lo salvaje. Hay un momento precioso en el que Williams escribe:
Andrews sentía que las montañas tiraban de ellos y que el tirón era más fuerte cuanto más cerca estaban, como si fuesen un gigantesco imán cuyo magnetismo aumentara conforme uno se aproximaba a él. Tuvo otra vez la sensación de ser absorbido, incluido en algo con lo que nunca había tenido relación; pero, a diferencia de la sensación de absorción que había experimentado en la monótona pradera, aquí se trataba de algo que prometía, siquiera de forma muy vaga, una plenitud y una culminación que no sabía cómo definir.
Esa sensación de atracción hacia algo inmenso y desconocido recorre toda la novela. Andrews no solo emprende un viaje físico; entra en contacto con una naturaleza que lo desborda, que lo reduce a algo diminuto. Y ahí está una de las grandes ideas del libro: lo pequeños que somos frente a la inmensidad del mundo natural.
La novela tiene además un aire clarísimo a Moby-Dick. Es imposible no pensar en el capitán Ahab al leer a Miller. La obsesión enfermiza de este por encontrar el valle repleto de bisontes y cazar hasta el último animal termina adquiriendo una dimensión casi mística y autodestructiva. Miller es, probablemente, el personaje más fascinante de la novela: un hombre endurecido por la experiencia, pragmático hasta el extremo, pero también dominado por una fe absoluta en sus propias decisiones. Williams consigue que resulte completamente humano y creíble incluso en sus momentos más extremos. Nunca parece un símbolo vacío; siempre se siente como una persona real.
Y precisamente ahí está una de las mayores virtudes del libro: sus personajes. Todos tienen una presencia muy fuerte, pero Miller sobresale por encima del resto. Hay algo profundamente inquietante en él, porque entiendes de dónde nace su obsesión, aunque seas consciente de que arrastrará a todos al desastre. Su psicología está construida con una naturalidad impresionante.
Pero si hubo una parte que realmente me golpeó, fue toda la secuencia de la matanza de los bisontes. Hubo momentos que literalmente me revolvieron el estómago. La brutalidad con la que exterminan animales únicamente por el pelaje, dejando pudrirse la carne y los huesos en la nieve, resulta devastadora. Williams describe esos paisajes llenos de cadáveres con una frialdad que hace que todo sea todavía más duro. No busca manipular emocionalmente al lector; simplemente muestra. Y precisamente por eso duele tanto.
Hay un fragmento especialmente demoledor:
…la razón de haber sentido ganas de vomitar no era otra que el haber visto al bisonte, antes tan noble y orgulloso y lleno de dignidad, completamente descarnado e indefenso, mera carne inerte, despojado de sí mismo (o de la idea que él tenía del animal) y colgando de manera grotesca, casi una burla, ante sus ojos. Ya no era el yo del bisonte que él imaginaba; ese yo había sido asesinado; aquella muerte había acabado destruyendo algo en su interior, y no había sido capaz de enfrentarse a ello. Por eso había huido.
Ese momento resume muy bien lo que hace la novela: no habla solo de la destrucción de la naturaleza, sino también de la destrucción interior de quienes participan en ella. La violencia acaba vaciando a los personajes, erosionándolos lentamente.
Lo admirable es que Williams logra transmitir todo esto con un lenguaje completamente accesible. No hay barroquismo, no hay frases recargadas ni exhibiciones estilísticas. Su prosa parece sencilla, pero detrás hay un control absoluto del ritmo, de las imágenes y de la tensión emocional. Cada escena está medida con precisión quirúrgica. El libro se siente pulido, sin relleno, como si cada página tuviera exactamente lo que necesita.
Y entonces llega ese trasfondo existencial que termina de elevar la novela. Porque Butcher’s Crossing no es solo un western ni una aventura de supervivencia; es también una reflexión amarga sobre las ilusiones, la ambición y el vacío. Hay un diálogo brutal hacia el final que se te queda clavado:
—Pues no hay nada, ¿entiendes? Naces, mamas mentiras, te crías en casa con mentiras, aprendes otro tipo de mentiras en la escuela. Toda una vida llena de mentiras, y luego, cuando ya vas a morir, tal vez te das cuenta de que no hay nada, nada salvo tú mismo y lo que podrías haber hecho. Pero, claro, no lo hiciste porque esas mentiras decían que había algo más. Y entonces te das cuenta de que podrías haber tenido el mundo entero, siendo el único que conoce el secreto… Pero ya es demasiado tarde. Te has vuelto viejo y no hay vuelta atrás.
Esa sensación de desencanto atraviesa toda la obra. Los personajes buscan algo —riqueza, libertad, verdad, grandeza— y terminan enfrentándose a sí mismos y a sus propios límites.
Al final, lo que más me impresiona de «Butcher’s Crossing» es cómo consigue reconciliar el minimalismo narrativo con una enorme carga simbólica y emocional. Es una novela seca, contenida, pero profundamente intensa. Los personajes se sienten reales, la naturaleza se siente viva y amenazante, y el viaje deja una huella extraña, casi física, en el lector.
Después de «Stoner», pensaba que ya tenía bastante claro qué podía esperar de John Williams. Estaba equivocado. Esta novela demuestra otra cara completamente distinta de su talento y confirma algo muy raro: que con una prosa sobria, sin artificios y aparentemente sencilla, se puede alcanzar una profundidad enorme. «Butcher’s Crossing» no busca deslumbrar. Y quizá por eso termina siendo tan memorable.