«Calabobos», Luis Mario

Puntuación: 3.5 de 5.

Supongo que es lo que tienen los libros. Que defienden a los desgraciaos. Pero hablarles, rara vez.

Calabobos, Luis Mario

Creo que he leído «Calabobos» en un mal momento. Justo venía de terminar un libro que me dejó completamente noqueado y durante buena parte de la lectura he sentido esa especie de resaca lectora que hace injusto cualquier juicio posterior. Esa sensación de estar todavía atrapado emocionalmente en otra historia, comparándolo todo aunque no quieras. Y quizá por eso no he conectado con «Calabobos» de la forma tan absoluta en la que parece haber conectado tantísima gente.

Porque la realidad es que la novela me ha gustado. Y bastante, además. Especialmente por esa capacidad que tiene Luis Mario de construir una especie de leyenda rural desde el realismo mágico, mezclando violencia, superstición, memoria y paisaje hasta convertir el norte en algo casi mitológico. El problema es que, en mi caso, no ha habido ese flechazo inmediato del que tanto había leído. No he terminado el libro pensando que acababa de descubrir una obra maestra generacional. Pero sí he salido con la sensación de haber encontrado una voz muy particular y tremendamente interesante.

De hecho, una de las primeras cosas que me descolocó fue precisamente el lenguaje. Al principio pensé que me iba a costar muchísimo entrar en la novela. Sobre todo por ese intento de trasladar el habla popular al texto. Y esto hay que cogerlo con pinzas, porque yo no soy cántabro y no tengo ni idea de hasta qué punto está conseguido o no. Mi problema ni siquiera eran las faltas de ortografía buscadas o la fonética escrita, sino algunos tiempos verbales y ciertas construcciones que me obligaban a releer frases varias veces para entenderlas bien. Durante las primeras páginas sentía que el lenguaje me expulsaba constantemente de la historia.

Pero lo curioso es que, conforme avanzaba, terminé entrando por completo en ese juego. El oído se acostumbra. Empiezas a leer con otro ritmo. Y entonces aparecen frases como:

Y su silencio suena a lluvia.

O este otro:

A esto suena el mar en el norte. A violencia. A una hostia suena.

Y ahí vuelves a entrar de lleno en la novela. Ahí notas que Luis Mario tiene una manera muy concreta de mirar el mundo y, sobre todo, de escribirlo. No sé si habrá escrito poesía alguna vez, pero desde luego hay algo profundamente poético en la forma en la que construye ciertas imágenes. Hay frases que no buscan únicamente narrar algo, sino generar una sensación física, casi atmosférica. El libro huele a humedad, a barro, a salitre y a madera mojada.

Ahora bien, mi principal problema con la novela está en toda su primera parte. Tengo la sensación de que abre demasiados melones a la vez y de que durante bastantes páginas parece no decidir cuál es realmente la historia principal que quiere contar. Como si el libro estuviese tanteando constantemente distintos caminos sin terminar de escoger ninguno. Hay momentos donde parece que va a ser una novela sobre la violencia heredada en los pueblos del norte; otras veces parece una historia sobre el peso de la familia; otras, una crítica social; otras, una especie de leyenda sobrenatural. Y aunque entiendo que seguramente esa mezcla forme parte de la identidad del libro, a mí me dio la sensación de dispersión.

Además, creo que en ciertos momentos el autor cae en una representación bastante estereotipada de la gente del norte o de los pueblos pequeños. De hecho, hay un capítulo concreto que parece casi una respuesta preventiva a las posibles críticas de la gente de su propio entorno. Como si el propio autor fuese consciente de que está retratando a su tierra desde un lugar incómodo y necesitara justificarse antes de tiempo.

Cuando aparece este fragmento:

Como el otro hijoputa, que va y escribe un libro sobre el norte, poniéndonos de burros y de violentos y de que olemos a mierda y de que mecagondios, que m’acuerdo cuando m’enteré en la bodeguca y entonces m’encabronó, y tanto que m’encabronó. Porque lo escribió sacando a gente del pueblo y toda la hostia y con los nombres de verdá y contando un manojo de mentiras y na más que mentiras…

Es imposible no pensar que ahí hay algo más personal. Da la sensación de que el autor estuviese hablando directamente de sí mismo o anticipando el reproche de quienes puedan sentirse retratados. Y no sé hasta qué punto eso funciona como autocrítica, provocación o incluso una pequeña venganza literaria contra ciertos ambientes o ciertas dinámicas de pueblo.

También me pasó algo parecido con algunos temas que el libro introduce y luego prácticamente abandona. Por ejemplo, durante los primeros capítulos parece que la violencia de género va a tener muchísimo peso en la historia:

Cagondios Nanda. Que no te diré por no decirte, pero que mi güela se murió de pena…, de la pena que la daba las palizas que le daba el Viejo. Que en este lugar tan solo se mira de los hombres que trabajarían y si trabajan, ya es to lo que tienen que hacer pa ser buenos.

Y claro, leyendo eso pensé que la novela iba a profundizar muchísimo más en esa violencia estructural, en cómo atraviesa generaciones enteras y cómo condiciona la vida dentro de esos entornos cerrados. Pero luego el tema queda bastante diluido entre todas las demás líneas que el libro intenta tocar.

Algo parecido me ocurrió con el cambio puntual de narrador. Hay un capítulo narrado por la madre del protagonista que me parece potentísimo, especialmente por frases como:

Vi a mi hijo cargando con un muerto y al momento entendí que con ese muerto cargaría ya toda la vida.

Pero precisamente por eso me desconcertó todavía más que el recurso solo aparezca una vez. ¿Por qué introducir esa nueva voz únicamente en un capítulo? ¿Por qué no volver a utilizarla más adelante? Me dejó la sensación de una idea muy buena que el libro decide no explotar del todo.

Y por si fuera poco, llega un momento en el que parece que la novela quiere añadir todavía otra capa más: la crítica a la corrupción urbanística, el turismo y la transformación del norte en un decorado para visitantes de verano.

Aunque las gentes d’otros laos se pirran por el verde, auque las duela, supongo, se mueren por la playa y se vienen y se compran pisos y más pisos y entonces más se construyen y se siguen comprando y siguen viniendo de la meseta pa ocuparlos, solo en verano, solo cuando creen que no llueve.

Y aquí me volvió a pasar lo mismo: entiendo perfectamente lo que quiere señalar y, de hecho, me parece un tema interesantísimo, pero llega un punto donde sentía que el libro estaba intentando abarcar demasiadas cosas a la vez. Como si tuviese miedo de dejarse algo importante fuera.

Sin embargo —y aquí viene lo importante—, cuando la novela por fin encuentra su centro, todo mejora muchísimo.

Porque llega un momento donde «Calabobos» deja de dispersarse y empieza a concentrar toda esa atmósfera, toda esa violencia y toda esa carga simbólica en una dirección mucho más clara. Y ahí el libro crece una barbaridad. La segunda mitad tiene un crescendo narrativo muy potente. El ritmo acelera, las piezas empiezan a encajar y toda esa sensación inicial de caos encuentra cierto sentido dentro de la propia propuesta de la novela.

Fue precisamente en esa parte final donde terminé reconciliándome completamente con el libro. Ahí entendí mejor qué estaba intentando construir Luis Mario: no tanto una historia lineal y cerrada, sino una especie de mito rural contemporáneo, una narración donde importan tanto las emociones, las imágenes y el peso del territorio como la propia trama.

Quizá no he salido enamorado de «Calabobos». Ni me ha parecido la obra incontestable que sí ha sido para muchos lectores. Pero sí he terminado el libro con la sensación de haber leído algo valioso, algo distinto y escrito con una personalidad enorme. Y entiendo perfectamente por qué ha conectado tanto con tanta gente.

Porque incluso cuando creo que la novela se pierde, incluso cuando siento que quiere abarcar demasiado, siempre hay una frase, una imagen o una escena que consigue devolverte al barro, a la lluvia y a esa sensación constante de que el norte, en este libro, no es solo un lugar: es casi una maldición.