Candaya | 2019 | 672 págs.
#Narrativa #Perú #2019
¿Raymuinda Walsh está loca? Nadie usa esa palabra cuando se refiera a ella, quizá por respeto a las dimensiones de su historia, que, después de todo, se asemeja mucho a la historia de América Latina.
Vivir abajo, Gustavo Faverón Patriau
«Vivir abajo» me ha dejado con la sensación —rarísima y maravillosa— de no saber exactamente qué he leído. Y lo digo como un elogio absoluto. Porque pocas veces una novela contemporánea consigue ser tantas cosas a la vez sin desmoronarse: thriller político, reflexión filosófica, comedia negra, tragedia griega, novela de espionaje, ensayo sobre la violencia, relato sobre la identidad, exploración metaliteraria e incluso una especie de descenso al infierno latinoamericano del siglo XX. Todo eso está aquí. Y, sin embargo, la novela nunca parece un collage arbitrario; más bien se siente como una maquinaria gigantesca y delirante que, contra toda lógica, funciona.
Me ha gustado muchísimo. Muchísimo, de verdad. Y mientras la leía, no dejaba de pensar que probablemente el tiempo terminará colocando a esta novela donde merece: entre los grandes clásicos del siglo XXI. No solo por su ambición formal o por su inteligencia —que son enormes—, sino porque logra algo muy difícil: capturar el horror político y moral de una época sin reducirlo jamás a discurso o tesis. La novela piensa, sí, pero piensa narrando; piensa creando personajes, voces, laberintos, obsesiones.
Además, hay algo profundamente hipnótico en su estructura. Uno entra creyendo que está leyendo una historia más o menos identificable y acaba atrapado en una red infinita de relatos dentro de relatos, identidades que se desdoblan, personajes que reaparecen deformados por la memoria o por la paranoia.
Por otro lado, Faverón hace referencias culturales enormes para desmontarlas, desplazarlas y obligarnos a mirarlas desde otro ángulo. Nada aparece en su lugar habitual. Todo está contaminado por la violencia, la memoria y la sospecha.
En ese sentido, si hay un libro con el que creo que «Vivir abajo» conversa de manera más evidente, ese es «La broma infinita». Y no porque ambas novelas se parezcan superficialmente, sino por algo más difícil de definir: esa sensación de exceso controlado, de inteligencia torrencial, de novela-total que intenta capturar el caos de una época entera sin simplificarlo nunca. Las dos producen una experiencia muy parecida como lector: al principio uno está completamente desorientado, perdido entre personajes, referencias, historias secundarias y capas narrativas que parecen no terminar de encajar. Pero poco a poco empiezan a emerger conexiones ocultas y uno comprende que precisamente esa confusión inicial formaba parte del diseño. Ambas novelas quieren que el lector se pierda antes de encontrar el camino.
También comparten una obsesión casi enfermiza por la intertextualidad y el juego intelectual. Wallace llena «La broma infinita» de cultura pop, filosofía, tenis, drogas, teoría, cine y notas al pie que se multiplican como laberintos; Faverón responde con manuscritos ficticios, referencias literarias, relatos dentro de relatos, niveles de realidad que se contaminan entre sí y películas que parecen esconder significados secretos. De hecho, en las dos novelas las obras ficticias terminan siendo fundamentales: Wallace construye todo un universo alrededor de películas inexistentes, mientras que Faverón hace algo parecido con los manuscritos, los documentos perdidos y las propias películas de George. Esa sensación de que detrás del libro hay otro libro oculto, otra historia secreta, atraviesa ambas novelas de principio a fin.
Y además las dos comparten algo todavía más extraño: la capacidad de ser divertidísimas y terroríficas al mismo tiempo. Porque algo que me sorprendió muchísimo de «Vivir abajo» es lo cómica que puede llegar a ser. Hay escenas absurdas, diálogos delirantes, personajes casi caricaturescos… y aun así la novela nunca trivializa el dolor. Igual que ocurre en «La broma infinita», la risa aquí no suaviza el horror; lo vuelve todavía más incómodo.
Y además yo añadiría otro diálogo importante: 2666. No solo por la dimensión continental del horror ni por la mezcla entre erudición y violencia, sino por esa sensación de que la literatura intenta acercarse a algo monstruoso que nunca termina de comprender. En ambas novelas, la violencia política parece filtrarse en todas las conversaciones, todos los cuerpos, todos los libros.
«Vivir abajo» también es una novela sobre las dictaduras latinoamericanas del siglo XX y sobre la herida inmensa que dejaron. Las dictaduras de Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Brasil y tantos otros países aparecen no solo como contexto histórico, sino como una especie de enfermedad moral que sigue respirando dentro del presente. La tortura, las desapariciones, el miedo, la colaboración intelectual con el poder, la degradación ética: todo eso atraviesa la novela de principio a fin.
Y una de las ideas más perturbadoras del libro aparece precisamente en torno a la tortura:
La tortura produce sentido, genera historia, ficciones, la mitad de la historia de América Latina, la mitad de la historia de América, no existirían si no existiera la presión de hablar bajo castigo, la mitad de la historia del mundo.
Esa frase me dejó helado. Porque la novela insiste constantemente en que la violencia no solo destruye cuerpos: también produce relatos, versiones, interpretaciones, memorias manipuladas. La historia de América Latina aparece entonces como un gigantesco campo de narraciones deformadas por el terror.
Y creo que ahí está una de las grandes virtudes del libro: negarse a simplificar. «Vivir abajo» no construye un relato cómodo de buenos y malos. De hecho, muchas veces parece decirnos que el siglo XX convirtió cualquier posición moral en algo ambiguo y peligroso. Por eso impactan tanto frases como esta:
La diferencia entre un fascista y un antifascista es que los fascistas te matan en un campo de concentración y los antifascistas te matan en el camino a un campo de concentración.
O esta otra:
Cuando los nazis llegan el mundo se parte en dos y los dos lados son iguales y solo se sobrevive si uno es idiota o si uno se hace el idiota.
No creo que la novela proponga equivalencias simples ni cinismos fáciles. Más bien transmite la sensación de que la violencia política extrema termina contaminándolo todo, incluso las causas aparentemente justas. Y eso vuelve el libro profundamente incómodo, porque obliga al lector a abandonar cualquier tranquilidad moral.
También me fascinó la reflexión constante sobre la literatura y los escritores. Hay algo casi despiadado en cómo Faverón retrata a los intelectuales: seres capaces de producir belleza y horror simultáneamente. La frase:
Los mejores poetas son las peores personas, los mejores poetas son responsables de muchas muertes, operarios de la muerte, son los heraldos negros que nos manda la muerte, solo que, si tú eres el poeta, tú eres el heraldo.
Podría resumir buena parte del espíritu de la novela. Aquí la literatura nunca aparece como refugio puro ni como redención. Los libros pueden iluminar, sí, pero también pueden justificar atrocidades, manipular memorias o convertir el dolor ajeno en espectáculo.
Y sin embargo, pese a toda esa oscuridad, la novela nunca cae en el nihilismo absoluto. Hay algo profundamente humano en su obsesión por la memoria y el deseo de comprender quiénes somos realmente. Me impresionó especialmente esta idea:
No es una cuestión de carácter, es una cuestión ontológica, saber que tú no eres el principio de ti mismo, que ya había algo de ti antes de ti, ese es el problema, y saber que hay cosas tuyas que no son tuyas, sino de él.
Eso atraviesa a todos los personajes: nadie parece dueño completo de sí mismo. Todos cargan historias heredadas, violencias heredadas, culpas heredadas.
Y quizá por eso la novela termina produciendo una sensación extraña y difícil de explicar. Es un libro gigantesco, intelectual, desbordante… pero también profundamente emocional. Debajo de todas sus capas hay una tristeza enorme: la conciencia de que millones de personas quedaron atrapadas en la historia sin posibilidad de justicia, reparación o venganza.
La mejor formulación de eso aparece en otra de las citas más impresionantes del libro:
Sin embargo, las desgracias son mucho más numerosas que las venganzas reales, las venganzas que sí llegan a ocurrir. Un hombre mata a veinte millones de personas. Quienes quieren venganza son innumerables y las posibles formas de venganza son infinitas pero ese hombre solo puede morir una vez y además nadie lo mata: se suicida. Millones de actos de venganza quedan flotando en el mundo, en el limbo. Y ahí, en ese limbo, vivimos todos, ese aire tenemos que respirar.
Creo que esa imagen resume perfectamente lo que me dejó «Vivir abajo»: la sensación de habitar un mundo construido sobre fantasmas históricos que siguen respirando bajo nosotros. Un mundo donde la literatura no puede reparar el daño, pero sí mirarlo de frente y obligarnos a convivir con él.
No sé muy bien qué he leído. O quizá sí, pero también sospecho que todo lo que acabo de decir puede ser simplemente el reflejo de mis propias obsesiones, conexiones e interpretaciones, y que «Vivir abajo» en realidad habla de otra cosa completamente distinta. Y creo que ahí reside buena parte de su grandeza: en esa capacidad de abrirse, multiplicarse y escapar constantemente de cualquier lectura definitiva. Pocas novelas consiguen que uno termine la última página con la sensación de haber entendido muchísimo y absolutamente nada al mismo tiempo.