«Budín del cielo», María Luque

Puntuación: 4.5 de 5.

Dos gorriones se acercaron. Les tiré unas migas de la torta frita que había comprado. Estaban tan contentos. Nunca habían probado una torta frita. Los gorriones se arrimaron más, los tenía pegaditos. Creo que el blanco del tapado les gustaba. Quizás me confundían con una nube esponjosa. Me miraban y daban saltitos…

Budín del cielo, María Luque

Podría resumirlo como la historia de una mujer mayor muy entrañable que habla con las flores y los pájaros. Pero sería quedarse muy corto.

Es una novela que esconde una mirada profundamente lúcida sobre el paso del tiempo, la identidad y la manera en que habitamos el mundo al llegar a la vejez. A través de Rosa, una maestra jubilada de matemáticas, María Luque construye una especie de oda a la vida, a la amistad y a esa etapa que tantas veces se mira con miedo.

Rosa observa la vida con una atención casi poética: los pájaros, las flores, los pequeños gestos cotidianos. Esa mirada, heredada de años de docencia, le permite reconocer que las dinámicas humanas no desaparecen fuera del aula, sino que se replican en la naturaleza y en la vida misma. Así, lo que en principio parece un retiro tranquilo se convierte en un espacio de reflexión constante sobre la libertad, la soledad, el amor y la memoria.

Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para detenerse en las cosas bellas que suelen pasar desapercibidas. Luque construye una narración pausada, donde los meses transcurren sin estridencias, pero cargados de significado. En ese tiempo propio que Rosa aprende a habitar, emerge también el contraste con Norma, su vecina y amiga, cuya resistencia al envejecimiento funciona como contrapunto emocional y filosófico.

La relación entre ambas aporta tensión y humanidad: dos formas opuestas de enfrentarse al deterioro físico y al paso inevitable de los años. Mientras Norma lucha contra lo que pierde, Rosa se adapta a lo que aún tiene, incluso inventando nuevas maneras —nuevos ángulos y polígonos— de mirar el mundo desde su reposera.

Con una prosa sencilla, acompañada de ilustraciones delicadas, la novela logra algo difícil: ser íntima sin resultar trivial, reflexiva sin volverse densa. Transmite ternura y serenidad, pero también deja preguntas incómodas sobre cómo queremos envejecer.

Decía Carlos Ruiz Zafón que «los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno lleva dentro». Y por eso, quizá, esto no es del todo una reseña.

Porque mientras leía, no podía dejar de pensar en alguien muy cercano a mí. En esa manera de hablarles a las flores como si escucharan, en los recuerdos que aparecen de pronto y se entrelazan con el presente, en esa mezcla de ternura y desconcierto que a veces deja la vida cuando avanza. También en quienes estamos al lado, acompañando, discutiendo, sosteniendo, compartiendo el día a día incluso cuando no todo encaja del todo. O cuando intentamos sacarla de esa isla donde se esconde, aunque no siempre sepamos cómo llegar a ella.  

Y entonces entendí que «Budín del cielo» no solo habla de Rosa. Habla de todos nosotros: de quienes cuidamos, de quienes somos cuidados, de los vínculos que resisten incluso cuando cambian de forma.

Una lectura que me ha llegado muy dentro.