Libros del Asteroide | Lourdes Porta | 2025 | 400 págs.
#Narrativa #Japón #2025
El corazón del hombre no es lo suficientemente sólido como para que podamos vivir únicamente dentro de casa. Quizá sea la razón por la que a veces queremos encontrar fuera, y no en nuestro interior, algo que afecte a nuestra mente, a nuestro estado de ánimo.
La casa de verano, Masashi Matsuie
Hablar de «La casa de verano» es, en el fondo, hablar de una experiencia más que de una historia. Y creo que es importante decirlo desde el principio: es una novela que me ha gustado muchísimo, pero no es para todo el mundo. Para disfrutarla de verdad, hay que entrar en su ritmo, en su manera de mirar, en esa sensibilidad tan propia de la literatura japonesa. Porque el estilo de Masashi Matsuie es plenamente japonés: pausado, delicado, sin concesiones ni prisas.
La trama, de hecho, es casi lo de menos. Toru Sakanishi, recién licenciado en arquitectura y narrador de la historia, empieza a trabajar en el estudio de un arquitecto reconocido. Allí, junto a otros compañeros, se prepara para un concurso: diseñar una biblioteca. Para concentrarse, se trasladan a una casa de verano.
Y eso es, esencialmente, todo. Pero el verdadero núcleo de la obra no está en lo que sucede, sino en cómo sucede. O, más aún, en todo aquello que aparentemente no sucede.
Matsuie construye la historia a base de pequeños detalles. Conversaciones aparentemente triviales, comidas compartidas, paseos, silencios, sonidos… Todo eso que, en otra novela, podría quedar en segundo plano, aquí se convierte en el centro. Y poco a poco, casi sin darte cuenta, esos momentos van cargándose de significado. La novela termina hablando del paso del tiempo, de la memoria, de la convivencia, de la belleza de lo cotidiano.
También las relaciones entre los personajes siguen ese mismo ritmo contenido. No hay explosiones emocionales ni declaraciones apasionadas. Los sentimientos aparecen despacio, casi con timidez. No hay prisa por decir “te quiero” ni por acercarse más de lo necesario. Desde una mirada occidental, puede parecer que a los personajes les falta intensidad. Pero en realidad responden a otra forma de entender las emociones, donde todo necesita tiempo y espacio.
No es casual que pertenezca a una cultura donde para tomar el té pueden estar horas para prepararlo. Esa misma lógica impregna la novela: todo necesita su tiempo, todo se construye con paciencia, todo se deja reposar.
Y es precisamente en ese reposo donde surge la belleza.
Toru es un narrador perfecto para este tipo de historia: observador, discreto, atento a los matices. A través de su mirada aprendes a fijarte en lo pequeño, a detenerte, a mirar de verdad. Y junto a él aparecen personajes que, sin grandes discursos, terminan resultando profundamente cercanos: Makiko, con esa alegría un poco traviesa; Yukiko, más callada, más contenida.
Lo curioso es que, sin darte cuenta, acabas cogiéndoles cariño a todos.
Es una de esas novelas donde el vínculo con los personajes no nace de grandes escenas, sino de la convivencia, de la repetición, de la cercanía. Cuando terminas, tienes la sensación de haber estado allí, de haber compartido ese verano con ellos.
La casa, además, no es solo un escenario. Es casi un personaje más. La manera en que se describe el espacio, la luz, la madera, el entorno… todo tiene una dimensión muy sensorial. La arquitectura está muy presente, pero no desde lo técnico, sino desde lo vivido. Hay una frase que resume muy bien esta idea:
La arquitectura tiene una vida útil, una esperanza de vida determinada. Una obra de arte está concebida solo para ser contemplada, un edificio, no.
Otro punto que me gusta es que la naturaleza está siempre presente, sin imponerse. Las hojas del katsura, los pájaros, las flores, las luciérnagas, las nubes cubriendo una montaña… Todo aparece de forma casi ligera, pero termina envolviéndote por completo. Es ese tipo de escritura que no parece buscar el impacto, pero lo consigue igualmente.
También hay reflexiones muy bonitas sobre la lectura y el espacio que la acoge, como esta:
La libertad de poder estar solo es algo muy importante, algo que no se debe descuidar. Lo es tanto para los niños como para los adultos. Mientras estás leyendo, te alejas de la sociedad y de la familia a las que perteneces y te sumerges en el mundo del libro. Por eso, leer es soledad y, a la vez, no lo es. Si un niño llega a descubrirlo, contará con ese lugar al que acudir a lo largo de toda su vida. La lectura… No, una biblioteca, en cierto sentido, se parece a una iglesia: un sitio al que uno puede acudir solo y que te acoge tal como eres
Y creo que conecta muy bien con el espíritu de la novela: ese lugar íntimo al que uno puede retirarse y simplemente estar.
Hay algo en esta historia difícil de explicar. Tiene que ver con la atmósfera, con esa sensación de estar flotando dentro de la narración. Es una novela para leer despacio y dejarte llevar a la casa de verano, casi como quien alarga un paseo porque no quiere que termine.
Porque mientras lees, sientes que entras en un sueño agradable y nostálgico. Pero, como ocurre con los sueños, llega un momento en que te despiertas. Y ahí es donde la novela golpea con más fuerza. Porque cuando cierras el libro, sientes que te has despedido de unos amigos y no volverás a verlos hasta dentro de mucho. Esa es, para mí, su mayor logro.
Ahora bien, también creo que es importante ser honesto: no es una novela para cualquiera. Quien busque acción, tensión o una trama potente probablemente se aburrirá. Esta es una historia que exige calma, atención y cierta disposición a dejarse llevar. Por eso decía al principio que me ha gustado mucho, pero que no la recomendaría a todo el mundo.
Si entras en su ritmo, si aceptas su propuesta, la recompensa es enorme. Porque no es una novela difícil, pero exige cierta disposición: la de detenerse, observar y aceptar que lo importante no siempre es evidente. Es, sobre todo, una experiencia estética y emocional muy particular. Una de esas lecturas que no se olvidan fácilmente. Y para los amantes de la arquitectura, además, es prácticamente indispensable.
En definitiva, una novela delicada, lenta, profundamente sensorial, que encuentra su grandeza en lo pequeño.