Alba | 2018 | 152 págs.
#Clásico #ReinoUnido #ElizabethGaskell1849
No se hablaba de otra cosa en la ciudad. En eso reside el encanto de una ciudad pequeña, en que todo el mundo comparte los mismos acontecimientos.
Las confesiones del señor Harrison, Elizabeth Gaskell
I. Expectativas (o más bien, la ausencia total de ellas)
Voy a ser completamente honesto: empecé «Las confesiones del señor Harrison» sin ninguna expectativa. Cero. Ni altas ni bajas. Simplemente me apetecía algo ligero, de esos libros que no exigen demasiado pero acompañan bien… y, además, estaba escrito por Gaskell, lo cual siempre es una especie de garantía emocional.
Así que abrí el libro con esa actitud tan peligrosa de “bueno, a ver qué pasa”. Y lo que pasó fue curioso: durante las primeras páginas pensé que ya sabía perfectamente lo que me iba a encontrar. Una historia amable, algo anecdótica, con ese tono costumbrista tan característico… agradable, sí, pero sin demasiada chispa.
Error.
II. Una trama de enredos… que se va afinando como un buen chisme
La novela nos sitúa en un pequeño pueblo donde el señor Harrison, médico joven y aparentemente razonable (esto último es discutible), se ve envuelto en una serie de malentendidos amorosos, expectativas sociales y situaciones cada vez más incómodas.
Todo empieza de forma bastante inocente: visitas, conversaciones, pequeñas tensiones… pero poco a poco la cosa se va enredando hasta convertirse en un auténtico festival de equívocos. Y lo mejor es que ese enredo no se siente forzado, sino que surge de algo muy humano: lo que decimos, lo que callamos y, sobre todo, lo que los demás interpretan.
Hay momentos en los que uno quiere gritarle al protagonista: “¡Pero aclara las cosas de una vez!”, pero claro, si lo hiciera, no habría novela. Y además, perderíamos ese delicioso caos social que Gaskell construye con tanta precisión.
III. El punto de inflexión: cuando empiezas a reírte sin remedio
No sé exactamente en qué página ocurrió, pero sí sé que fue hacia la mitad del libro cuando pasé de “esto está bien” a “no puedo parar de reír”.
Ahí es donde la novela despliega todo su potencial como comedia de enredos. Las situaciones se vuelven cada vez más absurdas (en el mejor sentido), los malentendidos se acumulan y los personajes reaccionan con una mezcla de solemnidad y torpeza que resulta irresistible.
Y es que Gaskell tiene un talento especial para capturar ese tipo de momentos en los que uno piensa la respuesta perfecta… pero demasiado tarde:
“…me inventaba buenas réplicas que podría haber dado a sus bruscos comentarios, si se me hubieran ocurrido en el momento. Pero me fastidiaba no tener la presencia de ánimo para recordarlas cuando las necesitaba.”
No sé tú, pero yo me he sentido insultantemente identificado con esta frase.
IV. Personajes: humanos, contradictorios y deliciosamente ridículos
Uno de los grandes aciertos del libro son sus personajes. No son héroes ni villanos, ni siquiera especialmente extraordinarios. Son personas. Y, como tales, están llenos de contradicciones, inseguridades y pequeñas miserias sociales.
El señor Harrison, en particular, es un protagonista fascinante precisamente porque no es del todo consciente del caos que genera a su alrededor. Su evolución psicológica no es dramática ni épica, pero sí sutil: pasa de una cierta ingenuidad confiada a una especie de desconcierto permanente ante las consecuencias de sus propios actos (o de su falta de acción).
Los secundarios, por su parte, son una joya. Cada uno aporta una perspectiva distinta sobre las normas sociales, el matrimonio, el orgullo o el qué dirán. Y todos, en mayor o menor medida, contribuyen al enredo general.
Hay incluso reflexiones que, bajo la ironía, esconden bastante verdad:
“Descubrimos nuestra mutua antipatía y el hallazgo nos agradó a los dos. Cuando las personas tienen algún valor, ese tipo de aversión es un buen punto de partida para la amistad.”
Porque sí, a veces la simpatía inmediata es sospechosa, pero una buena antipatía… eso ya promete algo interesante.
V. Estilo y estructura: ligereza engañosa
El estilo de Gaskell aquí es engañosamente sencillo. Se lee rápido, fluye con naturalidad, no parece hacer grandes alardes… pero en realidad está muy bien medido.
La estructura narrativa acompaña perfectamente al tono: comienza de forma tranquila, casi anecdótica, y va aumentando progresivamente el nivel de enredo sin que apenas te des cuenta. Cuando quieres reaccionar, ya estás completamente metido en la historia.
Además, el humor no es exagerado ni burdo. Es irónico, sutil, muy británico. Se apoya mucho en la observación social y en esas pequeñas incoherencias humanas que todos reconocemos.
VI. Temas: lo cotidiano como escenario principal
Aquí no hay grandes conflictos existenciales ni dramas desgarradores. Y eso, lejos de ser un defecto, es parte de su encanto.
La novela gira en torno a temas muy cotidianos: las apariencias, el matrimonio, la reputación, la comunicación (o la falta de ella) y las expectativas sociales. Todo ello tratado con una ligereza que no impide que, de fondo, haya una mirada bastante aguda sobre cómo funcionan las relaciones humanas.
Hay una idea que me parece que resume bastante bien el espíritu del libro:
“Pensé que el honor era muy buena cosa, pero que la alegría era mejor.”
Y creo que esta novela elige claramente la alegría.
VII. Lo no tan bueno: un final… demasiado perfecto
Si tengo que ponerle un pero (y lo tengo), es el final.
Todo se resuelve de forma excesivamente fácil y, sobre todo, demasiado bien para todos. Es como si, después de tanto enredo, alguien decidiera ordenar el caos con una varita mágica. Funciona, sí, pero resulta un poco conveniente.
No es un final que arruine la experiencia, pero sí deja esa sensación de “esto ha sido demasiado limpio para todo lo que ha pasado”.
VIII. Conclusión: exactamente lo que necesitaba (aunque no lo supiera)
Al final, lo curioso es que empecé este libro sin esperar nada… y he terminado disfrutándolo muchísimo.
No es una obra que pretenda cambiarte la vida ni hacer grandes declaraciones, pero es tremendamente eficaz en lo que propone: entretener, hacerte reír y sacarte del mundo durante unas horas. Y conforme están las cosas últimamente, no viene mal dejarlo a un lado durante unos momentos.
Se lee rápido, es ligera sin ser superficial y tiene ese tipo de humor que te acompaña incluso cuando cierras el libro.
Y, sinceramente, a veces eso es más que suficiente.
No le puedo pedir más.