Acantilado | 2012 | 320 págs.
#Narrativa #España #2003
… y como decía la abuela, de las palabras no el sonido sino el sentido, y también decía, hay elocuentes silencios y palabras con siete entendimientos.
El palacio azul de los ingenieros belgas, Fulgencio Argüelles
No tengo ni la más remota idea de cómo «El palacio azul de los ingenieros belgas» llegó a mi casa. No recuerdo haberlo comprado, ni haber escuchado su nombre, ni mucho menos conocer a Fulgencio Argüelles (perdón, Fulgencio). Ni siquiera recordaba que alguien siguiera llamándose Fulgencio en este siglo. Nada. Ni una reseña, ni un tuit perdido, ni un comentario al vuelo entre lectores. Cero.
Y sin embargo, ahí estaba. Callado, discreto, esperando pacientemente en una de mis estanterías, camuflado entre títulos más internacionales, más ruidosos, más conocidos… pero —lo digo con total certeza— con muchísima menos calidad.
Todo comenzó una tarde cualquiera —de esas en las que uno se pone a buscar un libro que está seguro de tener pero, por arte de magia o caos doméstico, ha desaparecido. Yo buscaba «Tango satánico» de László Krasznahorkai. Como recordaba que el libro del bueno de Krasznahorkai lo había editado Acantilado, me puse a ojear todos los libros de esa editorial que tengo (más de los que pensaba, por cierto). Y, entre libros de Zweig, Roth y Simenon, apareció: «El palacio azul de los ingenieros belgas».
No me sonaba de nada. Lo cogí desconcertado. Miré la portada. Título rarísimo, autor completamente desconocido para mí. Lo abrí por pura curiosidad, leí la primera página… y cuando levanté la vista ya era de noche y yo iba por la página 50, atrapado en un mundo silencioso, íntimo y hermoso del que no quería salir. No solté el libro en dos días. Lo terminé con esa mezcla de tristeza y euforia que uno siente cuando acaba algo muy bueno, sabiendo que no va a encontrar nada igual pronto.
Así que aquí estoy, escribiendo una reseña sobre la primera novela que leo de Fulgencio Argüelles, y convencido de que no será la última. Lo voy a leer todo: cuentos, novelas, artículos. Si tiene lista de la compra publicada, también me interesa. Porque esto no es solo una gran novela. Es —y me la juego con esta afirmación— una de las tres mejores novelas españolas del siglo XXI. Al menos para mí, que no soy académico ni crítico ni influencer literario, pero sí alguien que lee más de lo que debería y menos de lo que quisiera. Y que sabe, sin dudar, cuándo un libro le ha atravesado.
¿De qué va esta joya (y por qué deberías dejarlo todo y leerla ya)?
La historia, contada por Nalo —el narrador y protagonista—, arranca en un pequeño pueblo asturiano que presencia la llegada de unos ingenieros belgas que van a construir una fábrica. Sí, eso suena a novela social, crítica al progreso, drama rural. Pero no. Es mucho más. Aquí no hay épica obrera, ni batallitas sindicales, ni heroínas de pañuelo en la cabeza (aunque todo eso flote en el aire y estalle más adelante).
Lo que hay es memoria. Y vida. Y personajes que parecen salidos de un recuerdo colectivo, de una memoria que no sabes si es tuya o del autor.
Nalo recuerda su infancia con una voz serena, que no tiene prisa. Una voz que se detiene en cada matiz, como si recordar fuera un arte delicado. El palacio azul (sí, existe, y no es una metáfora) y unos constructores extranjeros no son el centro, sino el catalizador. Lo importante es lo que cambia en el pueblo. En su gente. Y en un niño que empieza a intuir lo confusamente hermoso y cruel que es crecer.
Una novela sin diálogos (sí, has leído bien) y con párrafos que ocupan páginas
Esto hay que advertirlo: el libro no tiene ni un solo diálogo en estilo directo. Nada de guiones, ni de «dijo él» o «respondió ella». Todo es narración pura. Es Nalo quien lo cuenta todo, quien recuerda lo que se dijo, lo que se sintió, lo que ocurrió o tal vez no ocurrió exactamente así. Nalo, nos narra la historia de su vida, o más bien la historia de su memoria: fragmentada, mágica, grotesca, a veces luminosa, a veces turbia, pero siempre viva. Es como escuchar a alguien que lleva años acumulando palabras y más palabras en la garganta y de pronto lo suelta todo.
Y, para hacerlo más interesante, Fulgencio Argüelles escribe con frases larguísimas, párrafos —algunos de varias páginas—, que te dejan sin aliento, pero con los ojos brillando porque son como ríos subterráneos que de pronto desembocan en una frase tan hermosa o certera que te deja clavado en la silla.
No es una lectura rápida. Este libro hay que leerlo despacio, muy despacio. Saboreando cada palabra. Releyendo frases. Subrayando párrafos enteros. Cerrando el libro para pensar en una metáfora y luego volver. Es literatura para leer con el cuerpo entero, no solo con los ojos.
El estilo: pura música en prosa
Argüelles escribe con una voz absolutamente personal, única. Hay una poesía en su prosa que nunca se vuelve empalagosa. Nada sobra. No hay sentimentalismo barato, ni adornos vacíos. Todo tiene una intención, un ritmo. El tono es reflexivo, melancólico, cargado de una ironía sutilísima que te hace sonreír mientras te pellizca el corazón. Y la forma en la que describe los pensamientos y emociones más íntimas, más frágiles, es de una delicadeza que ya no se ve mucho hoy día.
Argüelles escribe con una sabiduría serena y una ambición estilística descomunal. No hay concesiones: o entras en su mundo o te quedas fuera. Pero si entras —y yo entré— es una experiencia literaria tan placentera como exigente. De esas que te reconcilian con la literatura. De las que te recuerdan por qué lees y por qué la literatura es tan maravillosa.
Personajes inolvidables: Nalo, Eneka, Lucía y compañía
Los personajes son inolvidables. Nalo, el narrador, que mira el mundo con una mezcla de asombro y resignación. Lucía, que arrastra una tristeza ancestral y es todo misterio y heridas sin cerrar. Pero mi favorito, sin duda, es Eneka.
¡Qué personaje! Eneka no habla: canta. Cada vez que aparece, es como si se detuviera el ritmo de la novela y entrara una sinfonía. Sus metáforas son pequeñas obras de arte, como si hablara en versos disfrazados de prosa. Es imposible no enamorarse un poco de él. Eneka es pura belleza, no en el sentido romántico, sino en el sentido literario: cada vez que habla, eleva la historia. Cada frase suya es una joya: metáforas preciosas, reflexiones profundas, una forma de ver el mundo que te reconcilia con la humanidad (aunque sea brevemente). Eneka vive entre lo etéreo y lo concreto, como si fuese un personaje escapado de un sueño lúcido.
¿Qué temas toca? Todos los importantes
Aunque la trama pueda parecer sencilla, los temas que atraviesan la novela son de una densidad emocional impresionante: el paso del tiempo, la pérdida, la culpa, la transformación de las comunidades, el choque entre la tradición y el progreso, la identidad, la memoria… pero sobre todo, la melancolía de lo vivido. Esa sensación de que todo cambia y uno apenas puede entender cómo.
Y a pesar de todo eso, no es una novela triste. Hay humor, hay ironía, hay ternura. Se nota que Argüelles conoce a sus personajes, que los ha escuchado durante años antes de decidir escribir sobre ellos. Y se nota que los quiere, incluso cuando los retrata con todas sus miserias.
Una pequeña reivindicación personal
Antes de acabar, me gustaría hacer una pequeña reivindicación personal. En un mundo editorial saturado de influencers con ínfulas de novelistas y de best sellers prefabricados que no distinguen una subordinada de una tabla de Excel, encontrar una voz como la de Fulgencio Argüelles es casi un acto de resistencia. «El palacio azul de los ingenieros belgas» no solo merece ser leído, sino también celebrado y recomendado una y otra vez. Es una pena —y también una vergüenza— que joyas como esta novela pasen casi desapercibidas mientras las listas de ventas rebosan de libros que parecen redactados por algoritmos sin alma.
Ya es hora de que empecemos a reivindicar a los verdaderos escritores, los que buscan superar los límites del lenguaje, los que escriben con el corazón y la memoria, y no solo con hashtags y estrategias de marketing.
Reivindiquemos a Fulgencio Argüelles. Reivindiquemos a todos esos «fulgencios» —conocidos o aún por conocer— que todavía creen en la literatura.
En resumen: una novela que no sabía que necesitaba
No conocía a Fulgencio Argüelles. No conocía «El palacio azul de los ingenieros belgas». Ni siquiera recuerdo haberlo comprado. Pero ahora sé que no lo olvidaré. Es más: voy a leer toda la obra de este señor. Y sí, puede sonar exagerado (porque lo es), pero estoy convencido de que esta novela está entre las tres mejores que he leído escritas por un autor español en lo que va de siglo XXI.
Fulgencio Argüelles no escribe para impresionar, sino para decir algo verdadero. Y con este libro descubrirás que todavía existen historias capaces de descolocarte, conmoverte y recordarte por qué te enamoraste de la literatura.
Por todo ello, si te gusta la literatura que no grita, que no corre, que observa y recuerda con honestidad; si te gustan los libros que te obligan a leer despacio y pensar después; si te gustan las historias que no necesitan tramas retorcidas para emocionarte, esta novela es para ti.
Y si no te gusta nada de eso… igual también deberías leerla. Porque hay libros que nos hacen cambiar de gustos; y «El palacio azul de los ingenieros belgas» es uno de ellos.