«Los peligros de fumar en la cama», Mariana Enríquez

Puntuación: 2 de 5.

Los agujeros quemados en la sábana dejaban pasar la luz de la lámpara y los rayos se reflejaban en el techo, que parecía cubierto de estrellas. Tenía que hacer más agujeros porque, lo supo ni bien lo vio, lo único que quería era un cielo estrellado sobre su cabeza.

Los peligros de fumar en la cama, Mariana Enríquez

Cuando el terror no prende, solo queda un lector indiferente.

I. La expectación (y la ligera decepción)

Empecemos con una confesión: este era mi primer encuentro con Mariana Enríquez. Había escuchado verdaderas maravillas sobre ella: que era «la reina del terror latinoamericano», que su prosa era «magnética», «brutal», «visceral», que «Los peligros de fumar en la cama» te dejaba con pesadillas, o al menos, con una inquietud tan sabrosa como una noche de tormenta.


Así que me lancé con entusiasmo. Y… bueno. Digamos que no fue exactamente amor a primera lectura.

No es que el libro me haya disgustado, ni mucho menos. Es más bien esa sensación incómoda de llegar a una fiesta donde todos están fascinados con la música y tú solo oyes ruido. Algo no terminó de encajar. Quizá no era el momento adecuado, quizá no me captó su estilo, o quizá (más doloroso admitirlo) el problema sea yo.

II. Doce relatos y una atmósfera (demasiado) asfixiante

«Los peligros de fumar en la cama» reúne doce cuentos de terror, o al menos de incomodidad profunda. No hay sustos fáciles ni monstruos clásicos: el horror de Enríquez se esconde en lo cotidiano, en lo urbano, en los cuerpos y las mentes dañadas. Buenos Aires, sus barrios pobres y su calor pegajoso son tan protagonistas como los fantasmas que los habitan.

Enríquez escribe sobre adolescentes perturbadas, madres ausentes, hombres fracasados y niñas muertas que siguen pidiendo cariño desde el más allá. Cada cuento parece oler a humedad, a calle, a desesperanza. El realismo sucio se mezcla con el gótico latinoamericano, y el resultado es una especie de fiebre literaria. Por momentos funciona de maravilla. Por otros, confieso que me dejaba un poco agotado.

III. El estilo: entre la crudeza y la poesía (y mi desconexión)

Hay que reconocer que la prosa de Enríquez tiene una cualidad: es directa, sucia, y a la vez tremendamente poética. Tiene frases que uno quiere subrayar aunque el contexto sea siniestro. Por ejemplo:

Siempre estuvo cerca, un conocido que aparecía en las fiestas aunque nadie sabía quién lo había invitado, pero recién me hice su amiga ese verano en que todos mis amigos decidieron convertirse en imbéciles, o el verano en que decidí odiar a todos mis amigos.

Así arranca uno de los relatos, y es imposible no sonreír ante esa mezcla de hastío adolescente y lucidez emocional. Enríquez tiene un talento especial para esa primera línea que te agarra del cuello. El problema, para mí, es que a veces no me soltaba para arrastrarme al fondo: me quedaba en la superficie de su estilo, admirando la frase, pero sin sentir la historia.

IV. Corazones podridos, tatuadores enfermos y el amor como herida

Los temas que recorre el libro son, en esencia, los del horror más humano: la muerte, el deseo, la culpa, la locura y el abandono. Pero sobre todo, la obsesión.

Hay cuentos donde una joven colecciona corazones humanos (“¡Tantos latidos diferentes, todos hermosos!”) y otros donde una adolescente se convierte en objeto de deseo de un hombre adulto:

No podía permitirse llorar por un hombre de treinta años que se había enamorado de una nena de catorce. No debía sentir lástima por él. La quería, cierto, pero era un enfermo.

Enríquez retrata el deseo y la enfermedad con una frialdad quirúrgica. Su mirada no busca morbo, sino incomodar. Y vaya si lo logra: en más de una ocasión tuve que cerrar el libro un momento para tomar aire.

Sin embargo —y aquí viene mi pequeña disonancia—, mientras admiraba su valentía y su crudeza, no lograba conectar del todo. La oscuridad estaba ahí, sí, pero no me atrapaba emocionalmente. Como si el libro me invitara a mirar un incendio sin dejarme sentir el calor.

V. La estructura: un mosaico desigual pero coherente

Los doce relatos no forman una unidad narrativa, pero sí una atmósfera. Se leen como fragmentos de una misma pesadilla: distintos escenarios, mismos fantasmas.

Algunos cuentos me resultaron poderosos y memorables —«Carne», «El patio del vecino», «Bajo el agua negra»— mientras que otros se me desdibujaron al poco tiempo. Pero incluso en los más flojos, Enríquez mantiene una coherencia de tono admirable.

Es una escritora que sabe lo que hace, que construye con precisión quirúrgica, aunque a veces su bisturí parezca cortar más de lo necesario.

VI. Premios, crítica y el eterno «será que soy yo»

El libro fue finalista del Premio Man Booker International 2021, junto a «Nuestra parte de noche», lo que consolidó a Enríquez como una de las voces más importantes del terror contemporáneo en español. La crítica la adora, los lectores la veneran y los académicos la estudian.

Y yo… sigo intentando entender por qué a mí me ha dejado tan frío.

Quizá su universo sea demasiado denso, o su estilo demasiado cortante para mi gusto. Quizá no logré entrar del todo en ese Buenos Aires espectral donde los muertos conviven con la basura y los vivos son casi tan monstruosos como los fantasmas. O quizá necesito darle otra oportunidad, con otro libro, otro momento y menos expectativas.

VII. En resumen: respeto sin flechazo

«Los peligros de fumar en la cama» es un libro poderoso, oscuro y singular. Entiendo perfectamente por qué Mariana Enríquez fascina a tantos: su mirada sobre el horror es profundamente humana y su pluma, afilada como una hoja de bisturí. Pero, al menos en mi caso, la operación fue limpia… y el corazón no latió más rápido.

Tal vez, como dice una de sus protagonistas, «todos los latidos son diferentes, todos hermosos». El mío simplemente no coincidió con el suyo.