Edelvives | Ramón Buckley | Benjamin Lacombe | 2016 | 287 págs.
#Infantil #ReinoUnido #1865
— ¿Has visto alguna vez dibujar una magnitud?
— A decir verdad, ahora que me lo preguntas —dijo Alicia muy confundida— no pienso…
— Pues si no piensas, no hables —dijo el Sombrerero.
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll
Alicia en el país de las rarezas: un clásico para adultos disfrazado de cuento infantil
I. ¿Qué hace este libro en mis manos?
Debo confesarlo: tenía muchas ganas de leer «Alicia en el país de las maravillas». La fama lo precede. Es imposible no toparse con referencias a él en el cine, la moda, la música o incluso en memes de internet. Sí, el libro es un icono del pop global. Pero claro, una cosa es el mito, y otra muy distinta sentarse con el volumen en la mano (en mi caso, adornado con las ilustraciones de Benjamin Lacombe, que son tan impresionantes y hermosas que casi justifican la compra por sí solas).
Ya de pequeño había visto la película animada de Disney… y digamos que no fue de mis favoritas. De hecho, me aburría un poco, entre tanto té y tanta reina histérica. Ahora, de adulto, me he lanzado a leer el texto original y he descubierto algo curioso: «Alicia en el país de las maravillas» no es exactamente un libro para niños. Bueno, seamos sinceros: es un libro que un niño no entenderá más allá de lo superficial. Sus juegos de lógica, sus dobles sentidos y sus absurdos filosóficos solo hacen «clic» de verdad cuando uno ya tiene años de cinismo acumulado.
II. La trama: caer por un agujero y no volver a ser el mismo
La historia arranca con Alicia siguiendo a un conejo blanco con prisa (¿quién no lo haría?). Tras caer por un agujero interminable, se topa con un mundo en el que nada funciona como debería: las distancias se estiran, las identidades se tambalean y el sentido común queda en la puerta de entrada.
De ahí en adelante, la trama no es más que una sucesión de encuentros surrealistas: la Oruga filosofa entre bocanadas de humo, el Gato de Cheshire se ríe de las preguntas existenciales, y el Sombrerero y la Liebre de Marzo montan la peor merienda del mundo (y sin galletitas decentes, encima). Por supuesto, no podía faltar la Reina de Corazones, que soluciona todos sus problemas con un «¡Que le corten la cabeza!».
Lo curioso es que la trama no es lineal ni busca un desenlace claro. «Alicia en el país de las maravillas» es más bien un viaje por el subconsciente, un collage de escenas en las que lo único que se repite es la desconexión con la lógica.
III. Estilo y estructura: Carroll y su pasión por lo absurdo
Lewis Carroll (seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, matemático y reverendo, nada menos) se divierte retorciendo la lógica hasta hacerla un chicle mental. El estilo es juguetón, repleto de diálogos que parecen disparates pero que, si uno se detiene, contienen reflexiones profundas.
Por ejemplo, una de mis preferidas es cuando Alicia le pregunta al Gato de Cheshire qué camino seguir, la respuesta es tan absurda como certera:
— Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
— Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar —dijo el Gato.— No me importa mucho el sitio… —dijo Alicia.
— Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes —dijo el Gato.
—… Siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia como explicación.
— ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte —aseguró el Gato—, si caminas lo suficiente!
Ese es Carroll en estado puro: la aparente tontería que esconde una lección vital.
IV. Personajes: psicología de lo imposible
Alicia: Es el centro de la novela y, aunque parezca una niña perdida, en realidad es el personaje más cuerdo de todos. A lo largo del libro se enfrenta a una crisis de identidad:
Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿era la misma al levantarme esta mañana? Me parece recordar que me sentía un poco distinta. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿quién demonios soy?
La pobre sufre lo que hoy llamaríamos existencialismo precoz.
La Oruga: Una especie de terapeuta fumador de pipa que te hace dudar de tu propia existencia con un par de preguntas. Su célebre «¿Tú quién eres?» no es solo impertinente: es todo un reto filosófico.
El Gato de Cheshire: Mi favorito. Siempre sonriente, siempre irónico, siempre dispuesto a recordarnos que ningún camino lleva a ningún lado si no sabes lo que quieres. El gato es básicamente un coach existencial, pero con gracia.
— Ve a ver a quien quieras, los dos están locos.
— Pero yo no quiero andar entre locos —observó Alicia.
— ¡Ah!, no podrás evitarlo —dijo el gato—: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
— ¿Cómo sabes que yo estoy loca? —dijo Alicia.
— Tienes que estarlo —dijo el Gato—; de lo contrario no habrías venido aquí.
Alicia no creía que eso probara nada; sin embargo, continuó:
— ¿Y cómo sabes que estás loco tú?
— Para empezar —dijo el Gato—, un perro no está loco. ¿Estás de acuerdo en eso?
— Supongo que sí —dijo Alicia.
— Bien —continuó el Gato—: vemos que el perro gruñe cuando está enfadado, y que menea la cola cuando está contento. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento y meneo la cola cuando estoy enfadado. Por tanto, estoy loco.
El Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo: dos dementes que convierten el té en una experiencia digna de manicomio. Como dice la célebre frase:
Estás completamente loco, pero te diré una cosa: las mejores personas lo están.
La Reina de Corazones: Una parodia del poder absoluto. Su única herramienta de gobierno es el hacha, y sin embargo todos la obedecen. Aquí Carroll se permite una sátira deliciosa sobre la arbitrariedad de la autoridad.
V. Temas: identidad, lógica y un poco de amor (o no)
Aunque se presenta como un cuento para niños, «Alicia en el país de las maravillas» está plagada de temas adultos:
La identidad: Alicia cambia de tamaño constantemente, y con ello su percepción de sí misma. Carroll nos lanza la pregunta: ¿somos siempre los mismos, o cambiamos según el contexto?
El absurdo de la lógica: diálogos que parecen no llevar a ninguna parte nos recuerdan que el lenguaje puede volverse un laberinto.
El amor como chiste: Hay una escena en que Alicia escucha:
— Y la moraleja de esta historia es… ¡Oh, es el amor! ¡El amor hace girar el mundo!
— Alguien dijo —susurró Alicia— que el mundo sigue girando gracias a que cada quien se ocupa de sus asuntos.
Es difícil no reírse ante semejante bofetada al romanticismo barato.
VI. Conclusión: ¿un libro para niños? No exactamente
Después de leerlo, puedo decirlo sin miedo: «Alicia en el país de las maravillas» es un libro que disfrutas más de adulto que de pequeño. De niño, solo ves un desfile de rarezas; de adulto, entiendes los juegos de lógica, la sátira social y las preguntas existenciales que esconde. Es un libro para releer, subrayar, y discutir con una sonrisa irónica en los labios.
Eso sí, las ilustraciones de Benjamin Lacombe lo convierten en una experiencia visual maravillosa: un complemento perfecto para un texto que, más que leído, necesita ser mirado con los ojos bien abiertos… y con el cerebro dispuesto a aceptar que estar un poco loco puede ser, al final, lo más sensato de todo.