Random House | José Óscar Hernández | 2013 | 304 págs.
#Narrativa #EstadosUnidos #2013
La gente cree que el primer amor es dulce. Sin embargo, ese primer corazón roto es siempre el que más duele, el que más tarda en curarse, el que deja la cicatriz más visible. ¿Qué tiene eso de dulce?
Joyland, Stephen King
El parque de atracciones como terapia post-ruptura
I. Primera impresión
Stephen King decidió en «Joyland» que lo mejor para curar un corazón roto no era terapia ni chocolate (que funciona, lo digo por experiencia), sino mandar a un joven universitario a trabajar de mascota en un parque de atracciones de mala muerte en Carolina del Norte. Y vaya si funciona. Devin Jones, nuestro protagonista, empieza el verano con el alma hecha trizas y acaba con un traje de perro verde, bailando al sol, rodeado de forasteros y con un fantasma de compañera. Casi como un Erasmus, pero con más algodón de azúcar y menos alcohol barato.
II. La estructura: misterio en modo «King ligero»
Si eres de los que buscan litros de sangre y bichos que comen niños cada tres páginas, aquí te vas a llevar un chasco. «Joyland» no es «It», ni «Cementerio de animales». La estructura narrativa se asemeja más a un diario nostálgico: Devin, ya adulto, recuerda ese verano como quien recuerda su primera resaca, pero con cariño. Lo hace desde un «yo narrador» que sabe lo que pasó y que, por tanto, filtra los recuerdos con una mezcla de melancolía y sarcasmo. Como él mismo dice:
Nada adultera tanto la memoria como la repetición.
King aprovecha esta idea para jugar con nosotros: ¿cuánto de lo que leemos es memoria fiel y cuánto es un truco del propio Devin para darle sentido a su vida?
III. Estilo: Stephen King, versión «café descafeinado»
El estilo de King aquí es más relajado. Menos gore, más nostalgia. Piensa en él como un King en zapatillas, escribiendo con la radio puesta en los 70. Se detiene en detalles costumbristas, en las rutinas del parque, en el calor que aplasta a los trabajadores, en el olor a fritanga y serrín. Y claro, entre tanta normalidad, de pronto ¡zas!: un asesinato sin resolver y un fantasma en la Casa del Terror. No es tanto para asustar, sino para recordarte que incluso en los lugares más alegres hay sombras.
IV. Personajes: carne y hueso, y alguna sábana blanca
Devin Jones: empieza como un chico bueno, ingenuo y un poco melancólico (vamos, el prototipo de universitario recién abandonado por su novia). Lo interesante es cómo evoluciona: encuentra propósito, amigos y hasta un sentido medio filosófico de la vida. Un verano en Joyland lo convierte en alguien más fuerte, más humano.
Mike y Annie Ross: probablemente lo mejor del libro. Mike, un niño enfermo con un don especial (sí, ese tipo de «don Kingiano» que huele a escalofríos), y Annie, su madre protectora y áspera como papel de lija, que poco a poco se va suavizando gracias a la insistencia de Devin. Su arco emocional es conmovedor, sin caer en lo empalagoso.
El fantasma de Linda Gray: está más en las sombras que en primer plano, pero cumple la función de recordarnos que la vida no es solo luces de neón y ruedas de la fortuna.
V. Temas: crecer duele, pero con palomitas es más llevadero
King toca varios temas que, aunque parezcan envueltos en globos de feria, pesan como un yunque. La memoria y su fragilidad:
En lo que concierne al pasado, todo el mundo escribe ficción.
La cita es oro. Porque, al final, ¿qué es Joyland sino la ficción que Devin se cuenta a sí mismo para entender su vida?
Otro tema importante en el libro es el poder de la diversión:
Nosotros no vendemos muebles… nosotros vendemos diversión.
Una frase que parece inocente, pero que encierra toda una filosofía: la alegría, aunque pasajera, es un negocio serio. Y King, a través del parque, nos lo recuerda constantemente.
La pérdida y la transición: El libro es un rito de paso disfrazado de thriller. Devin deja atrás la adolescencia, el amor ingenuo y la visión inocente de la vida para entrar en la adultez, con todo lo que eso implica.
VI. Conclusión: un paseo en la montaña rusa de la nostalgia
«Joyland» no es una novela que te quite el sueño, pero sí que te lo llena de imágenes: un parque olvidado junto al mar, un chico vestido de perro haciendo bailar a los niños, un crimen que todavía huele a pólvora, y un verano que cambia vidas. Es King en su versión más íntima y melancólica, un recordatorio de que la diversión y la tragedia siempre viajan juntas, como vagones en la misma atracción.
¿Merece la pena leerla? Sí, sobre todo si te apetece descubrir a un King más humano y menos monstruoso. Y si no, siempre puedes quedarte con esta máxima: nunca subestimes el poder de un parque de atracciones barato para arreglarte la vida.