Seix Barral | 2001 | 192 págs.
#Narrativa #España #1979
De todas formas, el problema carece de sustancia, ya que mi verdadero y completo nombre sólo consta en los infalibles archivos de la DGS, siendo yo en la vida diaria más comúnmente apodado «chorizo», «rata», «mierda», «cagallón de tu padre» y otros epítetos cuya variedad y abundancia demuestran la inconmensurabilidad de la inventiva humana y el tesoro inagotable de nuestra lengua.
El misterio de la cripta embrujada, Eduardo Mendoza
Choques culturales, mujeres imparables y europeos que no entienden nada.
I. Mi primer Mendoza
Siempre había escuchado hablar de Eduardo Mendoza como ese escritor que combina humor inteligente con crítica social, como una especie de mago de las palabras capaz de convertir lo cotidiano en un vodevil literario. Sin embargo, como suele ocurrir con los autores de los que «ya leeré algo, seguro», su fama llevaba años aparcada en mi lista de pendientes. Y, como todo en la vida, llegó el día de estrenarme con él. El elegido fue «El misterio de la cripta embrujada».
¿El resultado? Me ha gustado, me he divertido, he soltado más de una carcajada, pero tampoco me ha enamorado perdidamente. Digamos que Mendoza y yo hemos tenido una primera cita con química, pero no con fuegos artificiales. Eso sí, suficiente para querer verle de nuevo en otros títulos.
II. La trama: detectives, monjas y un internado que parece sacado de una pesadilla burocrática
La historia comienza con una desaparición en un colegio de monjas. Hasta ahí, podría sonar a novela policíaca clásica. Pero no: aquí entra en juego el «detective» —y pongo las comillas por algo— que la policía decide sacar del manicomio porque, según ellos, es el único capaz de resolver el asunto. Vamos, que en la Barcelona de los años setenta no había investigadores, pero sí internos con labia suficiente como para que alguien apostara por ellos.
Nuestro protagonista no tiene nombre, pero tiene mucho morro, y con eso le basta. Su investigación se convierte en una especie de tour guiado por los rincones más turbios y estrafalarios de la ciudad: desde ambientes portuarios hasta casonas decadentes, pasando por personajes de lo más variopinto que parecen competir por ser el más grotesco.
III. El protagonista: un Sherlock Holmes de saldo y retales
Lo primero que sorprende es que el narrador-detective no es precisamente un héroe clásico. Ni es brillante, ni guapo, ni honorable. Es un desecho humano, con delirios grandilocuentes y un ego que no cabe en su gabardina imaginaria. Pero tiene un arma letal: su verborrea inagotable. Puede hablar de cualquier cosa con una solemnidad tan ridícula que resulta irresistible.
Mendoza lo construye como un narrador poco fiable, alguien que nos confiesa sus miserias con tanta convicción que terminamos creyéndole. La evolución psicológica no es enorme (sigue siendo un pobre diablo de principio a fin), pero sí vemos cómo sus delirios de grandeza conviven con momentos de lucidez inesperada. Como cuando reflexiona:
Que no se acaba el mundo porque una cosa no salga del todo bien, y que ya habría otras oportunidades de demostrar mi cordura y que, si no las había, yo sabría buscármelas.
Con frases así, uno entiende por qué la policía pensó que un interno podía resolver un caso mejor que ellos.
IV. El estilo: parodia con traje de gala
Mendoza parodia la novela negra con descaro, y lo hace con un lenguaje que es, a la vez, muy culto y terriblemente cómico. No hay persecuciones espectaculares ni tiroteos, sino diálogos absurdos, situaciones que rozan lo esperpéntico y descripciones que desarman.
Ejemplo: hablando de la pobre Cándida, el protagonista suelta sin despeinarse:
Por lo demás, mi hermana solía reclutar de entre los hombres de mar a sus usuarios, ya que estos tomaban por exótica a la pobre Cándida y no por lo que en realidad era: un coco.
¿Quién necesita suspense cuando se puede tener esta mezcla de ternura, miseria y carcajada en una sola frase? Además, Mendoza no se corta en reflexiones tan absurdas como brillantes:
… sé que el subconsciente, además de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condición y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensación, hace las veces de despertador.
Uno lee esto y no sabe si está ante un tratado de psicología freudiana o un chiste disfrazado de epifanía.
V. Temas: entre la sátira social y el absurdo vital
El libro juega con varios frentes. Por un lado, está la crítica a la Barcelona del tardofranquismo: una ciudad desigual, oscura, llena de rincones incómodos que Mendoza retrata con ironía y cariño retorcido. Por otro, está la parodia del género detectivesco: la investigación es un caos, pero precisamente ese caos es lo que nos mantiene enganchados.
También hay una reflexión subterránea sobre la locura, la marginalidad y el papel del inadaptado en una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado. Pero, claro, todo dicho con tanto humor que casi se nos olvida la parte amarga.
VI. Los secundarios: caricaturas con chispa
La novela está poblada por personajes secundarios que parecen sacados de un desfile carnavalesco: monjas con secretos, policías incompetentes, delincuentes pintorescos… Cada uno exagerado hasta la caricatura, pero con el punto justo para que resulten creíbles dentro de este universo disparatado. Ninguno evoluciona demasiado, pero tampoco lo necesitan: su función es alimentar el absurdo y ponerle piedras (o mejor dicho, plátanos) en el camino al protagonista.
VII. Conclusión: una primera cita prometedora
En resumen, mi estreno con Mendoza ha sido divertido, irónico y refrescante. «El misterio de la cripta embrujada» no me ha enamorado —no he sentido mariposas en el estómago literario—, pero sí me ha arrancado risas y me ha dejado con ganas de seguir conociendo al autor. Y eso, para ser la primera cita, ya es bastante.
La próxima vez, quizá encuentre en sus páginas ese flechazo que aquí se me escapó entre carcajadas.