Acantilado | Núria Petit | 2025 | 112 págs.
#Narrativa #Francia #1933
El humor sexual del hombre es una corta estación cuyo incierto retorno jamás constituye un nuevo inicio.
La gata, Sidonie-Gabrielle Colette
Una historia de amor, celos… y bigotes
I. Cuando la tercera en discordia tiene cuatro patas y ronronea
Hay novelas de amor, novelas de desamor y luego está «La gata» de Colette, una novela sobre cómo un hombre puede preferir a su gata antes que a su esposa. ¿Exagero? En absoluto. En apenas unas 110 páginas, Sidonie-Gabrielle Colette disecciona el alma humana —y la felina— con una precisión quirúrgica, mientras nos hace reír, incomodar y, en mi caso, mirar a mi gato con desconfianza.
Publicada en 1933, «La gata» es una obra corta, pero no por ello ligera. Más bien al contrario: es densa en simbolismo, afilada en su psicología y deliciosa en su estilo. Como una de esas galletas de té que parecen inofensivas pero esconden una sorpresa amarga.
II. Estructura y estilo: la brevedad no es enemiga de la profundidad
Colette no pierde tiempo. En vez de enrollarse con tramas paralelas o descripciones eternas, va al grano. La novela comienza cuando Alain y Camille, recién casados, se instalan en un nuevo piso. Podría parecer el inicio de una comedia romántica, pero no. Desde el primer párrafo, la atmósfera huele a problema. ¿El motivo? Alain no ha llevado solo sus maletas: ha traído a Saha, su adorada gata siamesa, que representa todo lo que Camille no es ni será.
El estilo es delicado, irónico, sensorial. Colette tiene una capacidad envidiable para retratar ambientes con pocos trazos: un mueble, una luz, un gesto, y ya tienes el escenario montado. Su prosa no busca el efectismo, sino la insinuación. Y en eso es maestra.
III. Personajes: tres, contando a la gata
Alain: el Peter Pan emocional
Alain es guapo, culto, inteligente y absolutamente inútil para la vida adulta. A sus 25 años, sigue emocionalmente amarrado a la casa de su madre, al mundo de la infancia y, por supuesto, a su gata. La gata es, literalmente, el único ser con el que ha desarrollado una intimidad profunda. ¿Su esposa? Un estorbo amable.
Eres como el perfume de las rosas —le dijo un día a su mujer—, quitas el apetito.
Una declaración de amor, supongo, si eres un sociópata elegante. ¿Se puede ser más encantadoramente mezquino? Colette, con su pluma afilada, nos deja una advertencia: el amor no siempre es lo contrario de la soledad. A veces, es su forma más elegante.
Alain no evoluciona; más bien, retrocede. Se esconde, se ausenta, se refugia en la contemplación y el recuerdo, como si el presente le diera urticaria. Y cada vez que Camille se acerca, él se aleja… hacia Saha, claro.
Camille: la mujer moderna que llegó tarde a la fiesta
Camille, por su parte, es un personaje que genera compasión y, a veces, lástima. Es enérgica, sensual, segura de sí misma, pero no puede competir con una gata que ha sido criada como una extensión del alma de su marido. Intenta acercarse, intenta seducir, intenta incluso tolerar. Pero la frustración se acumula, y ya sabemos qué pasa cuando reprimes demasiado. (Sí, hay una escena… y Saha acaba volando por la ventana. Espóiler: no se muere).
Camille no entiende el juego. No comprende que ha sido invitada a una relación de dos donde el tercero sobra, y la tercera ronronea. Colette la dibuja con una mezcla de ironía y ternura, como diciendo: «No tienes ninguna posibilidad, querida, pero gracias por intentarlo».
Saha: la emperatriz del drama
La gata no habla, pero está en todas partes. Es elegante, distante, perfectamente amaestrada y, al mismo tiempo, absolutamente libre. Saha no es un animal: es un símbolo. Representa la infancia perdida, el amor puro, el hogar idealizado, la madre ausente. Es todo lo que Alain no quiere soltar y lo que Camille no puede reemplazar.
¿Y lo mejor? Que ni siquiera hace falta que Saha haga nada. Solo con su presencia, pone en jaque toda la relación matrimonial. Ni Voldemort logró tanto con tan poco.
IV. Temas: amor, inmadurez, celos y felinos
«La gata» trata de muchas cosas, pero sobre todo de la imposibilidad de amar si uno no ha cortado el cordón umbilical. Alain es un hombre incapaz de dar lo que no ha aprendido a perder: la seguridad infantil, el amor incondicional, el egoísmo del afecto sin exigencias.
La novela también habla del deseo y su frustración, del rol de la mujer en el matrimonio burgués (Camille es fuerte, sí, pero no puede escapar al sistema que la desarma), y de la manipulación pasiva. No hay grandes gritos ni peleas: hay frases suaves, gestos sutiles, pequeñas traiciones cotidianas.
Y, por supuesto, habla de la rivalidad entre lo humano y lo animal, entre lo instintivo y lo social, entre lo que se domestica y lo que no. ¿Quién gana? La respuesta está en los bigotes de Saha.
V. ¿Fue premiada? ¿Es importante?
Aunque «La gata» no recibió premios en su momento, forma parte del corpus más valorado de Colette, quien fue nominada al Nobel de Literatura y se convirtió en una de las primeras mujeres admitidas en la Academia Goncourt. Su influencia en la literatura francesa del siglo XX es indiscutible.
Esta novela, en particular, es estudiada hoy en muchas universidades por su retrato del deseo, la feminidad y los vínculos emocionales. Además, no ha perdido ni una pizca de vigencia. Basta leerla tras convivir con una mascota (o una suegra) para entender que los celos vienen en todas las formas.
VI. Conclusión
«La gata» no es una novela para quienes buscan finales felices ni amores redentores. Es un retrato sin adornos de las limitaciones del afecto humano, de las trampas del matrimonio y del peligro que supone idealizar a alguien… incluso si tiene cuatro patas.
Es un libro breve, pero muerde. Como una gata asustada. Como una verdad que no quieres oír.
¿La recomiendo? Sí. Pero con una advertencia: después de leerla, nunca volverás a mirar igual a tu gato. O a tu pareja.