Reino de Cordelia | Susana Carral | 2013 | 456 págs.
#Narrativa #ReinoUnido #1924
¡Levántate! ¡Sal! ¡Haz algo! Pero… ¿qué?… ¿qué valía la pena hacer? ¿Qué tenía algún sentido? Se vio a sí misma haciendo… cosas extravagantes, cuidando enfermos, atendiendo niños consumidos, pronunciando un discurso en el parlamento, disputando una carrera de saltos con vallas, azadonando nabos, de pantalón corto… decorativa. Y estaba tendida, inmóvil, amarrada por los filamentos de su visión de sí misma. Mientras se viera a sí misma no haría nada… lo sabía… ¡porque no valía la pena hacer nada! Y le parecía, mientras estaba tendida allí, tan inmóvil, que no verse a sí misma sería lo peor de todo.
El mono blanco, John Galsworthy
Una comedia moderna… pero no tanto
I. El regreso de los Forsyte (porque no sabíamos que los echábamos tanto de menos)
Después de cerrar con broche de oro su famosa «Saga de los Forsyte», ese folletín de lujo con tintes de Shakespeare y aroma a té con hipocresía victoriana, John Galsworthy no pudo resistirse a volver. Y así nació «El mono blanco», primer volumen de la trilogía «Una comedia moderna».
Galsworthy, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1932 (con justicia, no como otros), nos trae a los Forsyte unos años más viejos, más ricos y, en el fondo, igual de perdidos. La acción se sitúa tras la Primera Guerra Mundial, cuando Inglaterra todavía está intentando recordar quién era, mientras sus hijos modernos ya están bailando charlestón, leyendo Freud y fumando con pose.
II. Trama: Entre el arte moderno, los celos y los cócteles
La historia se centra ahora en Fleur Forsyte, hija de nuestro ya cansado y algo patético Soames. Fleur se ha casado con Michael Mont, un joven de buena familia, más progresista que útil, que decide meterse en política, tal vez porque no se le ocurre nada mejor. Fleur, por su parte, se debate entre su amor al arte moderno (algo snob) y sus emociones no del todo resueltas hacia Jon Forsyte, el gran amor imposible del pasado (sí, ese drama sigue coleando).
Mientras tanto, Soames —nuestro viejo conocido— observa el nuevo mundo con la resignación de quien ha sido criado para regatear en Sotheby’s y no para entender por qué su hija cuelga cuadros abstractos en el salón.
Y aquí entra el mono blanco, esa metáfora enigmática que sobrevuela toda la novela como símbolo del deseo insatisfecho, del vacío existencial de una clase que lo tiene todo… menos propósito.
III. Estilo: Entre la pluma elegante y el suspiro melancólico
Galsworthy escribe como quien lleva guantes de terciopelo: con cortesía, pero sin ocultar el puñetazo. Su prosa es clara, sobria y profundamente irónica. No necesita escándalos estrambóticos; basta con una cena en silencio o una mirada desde el sofá para desnudarnos el alma de sus personajes.
Hay frases que son puñales envueltos en papel de regalo. Por ejemplo, cuando escribe sobre Soames:
Parecía muy vivaz y arrogante. La despreocupación le inspiraba recelos a Soames: generalmente había algún motivo para ello.
Ese es Soames: el hombre que sospecha de la felicidad ajena por deporte. En él, Galsworthy logra una evolución fascinante. Ya no es el ogro posesivo de la primera trilogía. Es, ahora, un hombre triste, solitario, que busca refugio en el arte y los libros:
Y, sin embargo, en los libros había consuelo y pasatiempo; ¡y hacían falta!
¡Y vaya si hacían falta! Especialmente cuando vives rodeado de personas que creen que una escultura de un cubo invertido representa «la angustia de la posguerra».
IV. Personajes: El síndrome de los herederos confundidos
Uno de los grandes logros de la novela es que todos los personajes creen saber lo que quieren, hasta que lo consiguen. Fleur quiere independencia y emoción, pero se aburre. Michael quiere servir al país, pero no sabe por qué. Y Soames quiere… bueno, ya ni él sabe lo que quiere, salvo que el arte moderno desaparezca y que su hija no vuelva a mencionarle a Jon nunca más.
Hay una descripción genial sobre su estado mental:
En realidad, sólo esa tendencia, heredada de su padre James, de desvelarse entre las tres y las cuatro, cuando la crisálida de una débil desconfianza se trueca tan fácilmente en la mariposa del pánico, había acrecentado su malestar.
¿Quién no ha sido Soames alguna madrugada de domingo, víctima de su propia cabeza?
V. Temas: El ocaso de una clase (y la confusión de la siguiente)
Los temas son muchos y finamente entrelazados:
- El declive del mundo victoriano, al que Soames pertenece, con su dignidad rancia y sus reglas inamovibles.
- El ascenso de lo moderno, con su arte incomprensible, sus nuevos valores y su tendencia al aburrimiento elegante.
- El matrimonio, que Galsworthy retrata no como un paraíso ni una trampa, sino como una jaula decorada según el gusto del momento.
- El vacío emocional de los privilegiados, ese malestar sin nombre que parece surgir, paradójicamente, cuando no falta nada esencial.
Y por supuesto, el tema de la insatisfacción vital, encarnado en ese misterioso mono blanco que nadie puede atrapar.
VI. Estructura: Capas como una cebolla (británica y refinada)
La novela no es de acción rápida. Es introspectiva, envolvente, tejida como una alfombra persa. Cada capítulo revela pequeñas tensiones, gestos, silencios cargados de significado. La estructura sigue varios puntos de vista, aunque predomina Soames —quien, curiosamente, se convierte en el alma melancólica de la novela— y Fleur, ese torbellino moderno con aspiraciones artísticas y dudas existenciales.
VII. Conclusión
¿Es «El mono blanco» una comedia moderna? Sí, pero de las que duelen un poco. No esperes carcajadas ni enredos ridículos. La «comedia» de Galsworthy es más bien la ironía cruel de ver a una familia —y a toda una clase social— intentando sobrevivir en un mundo que ya no entiende.
«El mono blanco» no es una novela «fácil», ni pretende serlo. Pero si te gustan los personajes complejos, la ironía elegante, las cenas donde se dicen más cosas con los cubiertos que con la boca, y el drama emocional que no necesita fuegos artificiales, entonces este libro es para ti.
Y si te sientes identificado con ese insomnio entre las tres y las cuatro de la mañana, cuando el leve desasosiego se convierte en pánico existencial… entonces Galsworthy te ha pillado.