«Los girasoles ciegos», Alberto Méndez

Puntuación: 5 de 5.

Severa, prematuramente encanecida y sin la ternura de las madres, enlutada y triste, parecía un remedo del dolor posando para alguien que retratara la venganza. Y, sin embargo, la ansiedad de su mirada, la indiferencia por todo lo que distrajera la memoria de su hijo, la perversidad con la que buscaba la mentira, la convertían en algo muy parecido a una madre destrozada.

Los girasoles ciegos, Alberto Méndez

Cómo la derrota también puede ser literatura de primera categoría.

I. Cuando los girasoles no giran

Este libro llegó a mis manos por accidente, como los mejores descubrimientos. «Los girasoles ciegos», un título poético y desconcertante, como si a las flores se les hubiera olvidado seguir al sol o se hubieran rendido a la sombra. Y eso, básicamente, es lo que pasa en estas páginas: todos pierden. Pero pierden con una dignidad y una intensidad que te deja con los ojos como platos y el corazón hecho un ovillo.

Alberto Méndez, quien publicó este libro a los 63 años (sí, por fin una historia donde la carrera literaria no empieza a los 20 con un premio de una editorial), nos dejó este único volumen antes de morir poco después. Una sola obra, cuatro relatos, y sin embargo, menudo legado. El libro recibió el Premio Setenil, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Y lo mejor de todo: los premios, por una vez, se los dieron a alguien que de verdad lo merecía.

II. Estructura: cuatro derrotas y ninguna redención

La estructura es simple en apariencia pero rotunda: cuatro relatos entrelazados, todos ambientados al final de la Guerra Civil Española o en sus dolorosos días posteriores. Cada uno es autónomo, pero juntos conforman un fresco devastador de lo que significa perder una guerra… y seguir vivo. Como dice uno de los personajes:

¿Cómo se corrige el error de estar vivo? ¡He visto muchos muertos pero no he aprendido cómo se muere uno!

Cada historia es una «derrota», no solo militar, sino emocional, espiritual, moral. Y Méndez las cuenta con una elegancia sombría que te aprieta el pecho sin necesidad de subir el volumen. Nada de dramatismos gratuitos, aquí hay sutileza, silencios, y ese tipo de frases que uno se encuentra subrayando sin darse cuenta.

III. Estilo: precisión quirúrgica, lirismo seco y frases que te atraviesan

Méndez escribe con una prosa contenida, pero no fría. Es más bien una mezcla entre lirismo melancólico y crudeza de puñetazo. A veces parece que no está pasando nada… hasta que te das cuenta de que todo se está desmoronando. Tiene un oído impecable para los pensamientos humanos más íntimos, especialmente los que preferiríamos no tener.

Y también tiene esa cualidad tan rara de escribir frases que parecen susurrarte al oído algo profundamente triste, pero de forma tan bella que no puedes evitar seguir leyendo. Como esta:

Tengo la sensación de que todo terminará cuando se me termine el cuaderno. Por eso escribo solo de tarde en tarde. Mi lápiz también debió de perder la guerra y probablemente la última palabra que escribirá será «melancolía».

¿No es gloriosamente deprimente?

IV. Los relatos: mis favoritos y por qué te van a doler igual

El libro se divide en cuatro relatos independientes pero conectados temáticamente, todos ubicados en los últimos coletazos de la Guerra Civil y los oscuros comienzos de la posguerra. Lo que tienen en común: no esperes finales felices. Lo que los diferencia: cada uno te rompe de forma distinta. Aquí van:

Si el corazón pensara (1939)

Un capitán franquista decide rendirse justo cuando la guerra ya está ganada. Sí, como lo oyes. Justo cuando a todos se les llena la boca de «victoria» y «honor», él decide bajarse del barco, con la mala suerte de que ese barco no perdona deserciones. Es un relato sobre la conciencia, la lucidez y la (im)posibilidad de actuar éticamente en medio del desastre. Muy kafkiano todo, si Kafka hubiese escrito sobre fascistas con uniforme y mala leche.

Manuscrito encontrado en el olvido (1940)

Una joya devastadora. Aquí conocemos a un joven republicano que huye a la montaña con su pareja embarazada. Ella muere dando a luz y él, congelado por fuera y por dentro, escribe en un cuaderno lo que parece ser su último testimonio antes de desaparecer bajo la nieve. Es un relato profundamente íntimo, crudo y desolador.

Lo que más me impresionó fue la forma en que se narra la soledad sin aspavientos, con una delicadeza brutal. Como cuando escribe:

Y mientras estaba allí, observando, sentía algo que no lograba identificar, algo que ni siquiera sabía si era bueno o malo. Ahora que ya he encontrado mi lápiz, sé lo que era: soledad. Tengo la sensación de que todo terminará cuando se me termine el cuaderno. Por eso escribo solo de tarde en tarde. Mi lápiz también debió de perder la guerra y probablemente la última palabra que escribirá será «melancolía».

No sé tú, pero yo tuve que cerrar el libro un momento y mirar al techo.

El idioma de los muertos (1941)

Volvemos a una cárcel franquista (lugar habitual de la época, casi como los AirBnB de hoy) donde un preso republicano sobrevive gracias a su ingenio. Dice cosas que los carceleros quieren oír, aunque no sean ciertas. Es un relato sobre la mentira como forma de vida, el lenguaje como trinchera, y la dignidad que se esconde hasta en la manipulación.

Tiene una tensión muy bien construida, y plantea una pregunta inquietante: ¿es peor morir como un mártir o sobrevivir diciendo lo que no piensas? Spoiler: no hay respuesta buena.

Los girasoles ciegos (1942)

El relato que da nombre al libro, y con razón. Este fue uno de los que más me tocó, y no precisamente con delicadeza. La historia gira en torno a una familia rota por la guerra: el padre, dado por muerto, vive escondido en un armario; la madre finge viudez para protegerlo; y un diácono perturbado —mezcla de fanático religioso y acosador profesional— se obsesiona con ella.

El relato tiene un tono claustrofóbico y perversamente tierno. Y es, sin duda, una crítica feroz a la represión moral y religiosa de la época.

Lo espeluznante es cómo todo transcurre en la superficie de la normalidad. La amenaza no es un dragón ni un ejército, sino alguien que se cree con el derecho de salvarte, aunque tengas que morir para ello.

En resumen: Cada relato es una pieza cuidadosamente tallada que encaja en el gran mosaico de la derrota. A mí, particularmente, «Manuscrito encontrado en el olvido» y «Los girasoles ciegos» me sacudieron el alma. El primero por su delicadeza brutal; el segundo por su intensidad psicológica. Ambos me recordaron que la buena literatura no te acaricia: te lanza una piedra al pecho… y luego te explica por qué era necesario.

V. Temas: la derrota como acto de resistencia

Lo fascinante de este libro es que la derrota no se presenta como algo vergonzoso, sino como una forma de resistencia íntima. La derrota, aquí, es un acto de lucidez en un mundo enloquecido. Hay mucho de reflexión sobre la identidad, la mentira, el silencio, la muerte (y la imposibilidad de morir en paz), la moralidad retorcida de los vencedores… y la historia que no se cuenta.

Uno de los personajes afirma:

Cuando algo es inexplicable, aventurar una razón plausible es lo mismo que mentir.

En efecto, «Los girasoles ciegos» no intenta explicar ni justificar. Solo mostrar, desde un lugar ético y humano, lo que quedó oculto bajo el ruido de los vencedores.

VI. Conclusión: cuando la literatura tiene memoria

Leer «Los girasoles ciegos» ha sido como abrir una ventana a una historia que muchos prefieren no mirar. No es un libro cómodo, pero es profundamente necesario. Si te gustan las historias dulces y esperanzadoras… bueno, este no es tu libro. Pero si aprecias la literatura honesta, bella y dolorosamente lúcida, aquí tienes una joya.

Y lo más increíble: fue la primera y única obra de su autor. Menuda forma de entrar —y salir— del mundo literario.

En resumen: un libro de relatos sobre la Guerra Civil que, lejos de ser otro dramón manido, consigue hacerte pensar, llorar un poco, y admirar profundamente el poder que puede tener la palabra escrita cuando se usa con verdad.