«Roma. La creación del Estado Mundo», Josiah Osgood

Puntuación: 4 de 5.

Roma. La creación del Estado Mundo, Josiah Osgood

Hay libros de historia que se leen como si te estuvieran tirando pergaminos a la cabeza: nombres imposibles, batallas que parecen todas la misma, y una lista de emperadores con mala suerte y peores decisiones. «Roma. La creación del Estado Mundo», por suerte, no es uno de esos. Josiah Osgood, que claramente sabe lo que hace (y probablemente también sabría cómo gobernar una provincia romana sin despeinarse), nos entrega una obra que consigue algo que parecería imposible: hacer entretenida y estimulante la evolución institucional de Roma. Y sí, he dicho «evolución institucional» y «entretenida» en la misma frase.

Osgood parte de una premisa muy sugerente: ¿cómo es posible que una ciudad perdida en la península itálica —una especie de Albacete con legiones— se convirtiera en el centro de un imperio que no solo dominó militarmente el Mediterráneo, sino que impuso un orden político que se extendió como una mancha de aceite (de oliva, claro está)? El autor nos cuenta cómo Roma construyó lo que él llama un «Estado Mundo», y lo hace sin perder el humor ni la ironía. Porque, seamos sinceros, hay algo profundamente cómico en ver cómo los romanos justificaban sus conquistas hablando de civilización mientras esclavizaban media Europa.

Lejos de pintar Roma como una máquina de guerra sin alma, Osgood muestra cómo el verdadero poder romano residía en su capacidad para integrar: concedían ciudadanía como si fueran descuentos del supermercado, adoptaban dioses ajenos sin despeinarse, y establecían redes administrativas tan eficaces que uno se pregunta si no podríamos traer a un cónsul para que organice un par de ministerios modernos. Roma no solo conquistaba, gestionaba, y eso —a falta de WhatsApp, Google Maps y Excel— tiene un mérito tremendo.

Lo mejor del libro es que Osgood no se anda con adornos. Es riguroso, sí, pero también sarcástico cuando toca, crítico sin ponerse pesado, y siempre con ese tono de profesor brillante que sabe que está hablando contigo, no encima de ti. Sabe cuándo reírse de las grandezas imperiales, cuándo mostrar las vergüenzas (hola, esclavitud y desigualdad), y cuándo señalar, con una ceja levantada, que muchas cosas que creemos modernas ya las habían inventado los romanos… a su manera.

Augusto, por ejemplo, es presentado como el gran maestro del marketing político: vendió una dictadura como si fuera una restauración de la república, y todos aplaudieron. Como si mañana alguien reescribiera la Constitución y nos convenciera de que es una mejora del sistema. (Y lo mismo te cuela hasta una ley para vestir túnica en los festivos).

El concepto de «Estado Mundo» es, por supuesto, una provocación. ¿No vivimos hoy en una especie de Roma 2.0? ¿No hay un orden global que pretende ser universal, integrador, civilizado… pero que también impone, excluye y concentra poder? Osgood no lo dice con esas palabras, pero te deja las pistas para que tú lo pienses mientras miras con otros ojos tu pasaporte y el mapa geopolítico. Porque si Roma duró siglos, fue porque sabía adaptarse. Y eso, en historia, es lo más parecido a la magia.

Conclusión (a la romana):
Este libro es historia del mejor tipo: la que no solo te informa, sino que te divierte, te hace pensar y te deja con ganas de contárselo a alguien. Si te interesa Roma, léelo. Si no te interesa, también léelo. Porque descubrirás que los romanos no están tan lejos como creías, y que el Imperio sigue vivo… aunque ahora se llame de otra forma y use trajes en vez de togas.

Y oye, si después de leerlo te da por saludar a tu jefe con un «Ave, César» yo no me hago responsable.