Alfaguara | Miguel Sáenz | 2011 | 152 págs.
#Narrativa #Austria #1983
Pero, si soy sincero, la verdad es que tampoco hubiera podido ser jamás un virtuoso del piano, porque en el fondo no quise ser jamás un virtuoso del piano.
El malogrado, Thomas Bernhard
Una lectura que no me ha matado, pero casi
I. Bernhard y yo (una historia de amor no correspondido… al principio)
«El malogrado» ha sido mi primer encuentro con Thomas Bernhard, y debo admitirlo sin pudor: no ha sido una cita fácil. Más bien un paseo por un campo de minas literarias. Sus frases interminables, su tono monomaníaco, su desprecio por los signos de puntuación convencionales y su misantropía meticulosamente cultivada hicieron que al principio me sintiera como si alguien me estuviera gritando al oído durante horas. Y no alguien agradable. Alguien como… Bernhard.
Pero cuando logré sincronizarme con su frecuencia —más cercana a una fuga de Bach tocada con rabia que a una novela tradicional—, empecé a disfrutarlo. Mucho. El esfuerzo valió la pena, no sólo por la experiencia literaria, sino porque, como aficionado a la música clásica y en especial a la música de cámara, me ha fascinado descubrir detalles de la vida de Glenn Gould, ese pianista legendario que aparece en el centro del libro como un sol deslumbrante que quema a todo el que se le acerque.
II. Trama: tres pianistas entran en un bar (pero uno es Glenn Gould y arruina la noche)
La historia parte de una anécdota simple: tres jóvenes pianistas —el narrador, Wertheimer y Glenn Gould— estudian juntos en Salzburgo con el legendario Vladimir Horowitz. Y un día, Glenn Gould toca la «Variaciones Goldberg» de Bach de forma tan sublime que deja a los otros dos tan impresionados que sus vidas cambian para siempre. O más bien, se desmoronan.
Gould continúa su ascenso como figura mítica de la música, mientras que el narrador cuelga los guantes (o los dedos, supongo) y se convierte en escritor —porque siempre es más fácil hablar sobre los genios que intentar ser uno—. Y Wertheimer, el protagonista ausente, el verdadero «malogrado» del título, entra en una espiral de resentimiento y autodestrucción que culmina, cómo no, con su suicidio.
Ah, y todo esto nos lo cuenta el narrador en una sola tarde, mientras se aloja en la posada cercana a la casa donde Wertheimer se ha quitado la vida. Así que no esperes capítulos, ni descansos, ni pausas para respirar. Esto es Bernhard: si entras, no sales hasta el final. Y no ileso.
III. Estilo: una sinfonía del resentimiento (y de la puntuación creativa)
Bernhard escribe como quien toca el piano a martillazos, con frases larguísimas que giran sobre sí mismas como un pensamiento obsesivo, con reiteraciones constantes que son, curiosamente, hipnóticas. Su estilo no es fácil —yo diría que incluso es hostil—, pero hay algo profundamente auténtico y adictivo en esa voz que lo cuenta todo con sarcasmo, con furia contenida, con una especie de elegancia neurótica.
La estructura del libro es un gran monólogo interior, con pinceladas narrativas que se van desplegando mientras el narrador camina, recuerda, piensa y despotrica. Es como si te invitaran a tomar un café con alguien que te va a contar la historia de su vida y, sin darte cuenta, te encuentras cuatro horas después atrapado en un torbellino de filosofía, música, neurosis y desprecio por la humanidad. Un día normal en la mente de Bernhard, supongo.
IV. Los personajes: genios, fracasados y un narrador que no está tan bien como cree
Glenn Gould: el genio absoluto. Inhumano, puro, obsesivo, inalcanzable. Es un personaje fascinante, aunque no «protagoniza» en el sentido clásico. Es más bien una idea, un ideal, una fuerza gravitatoria que lo distorsiona todo. En sus propias palabras:
En el fondo, queremos ser un piano, dijo, no un ser humano, sino un piano, durante toda la vida queremos ser piano y no ser humano, huimos del ser humano que somos, para ser totalmente piano, lo que, sin embargo, tiene que fracasar, pero en lo que, sin embargo, no queremos creer, según él.
Wertheimer (el malogrado): nuestro Hamlet sin obra. El que no puede soportar no ser el mejor, ni siquiera el segundo. El que dedica toda su vida a rumiar su propia insignificancia hasta que ya no queda nada por digerir. Su descenso psicológico es fascinante y trágico, aunque el narrador lo disecciona con una mezcla de desprecio y compasión cruel.
Cuando un amigo ha muerto, lo clavamos con sus propias máximas y declaraciones, lo matamos con sus propias armas.
El narrador: un tipo que dice que no está mal, que él no es como Wertheimer, pero que lleva todo el libro caminando solo y hablando de su amigo muerto mientras recuerda los traumas de juventud. ¿Seguro que estás bien, amigo?
V. Temas: genialidad, fracaso, arte… y más fracaso
El gran tema de «El malogrado» es el fracaso ante lo absoluto. ¿Qué pasa cuando te das cuenta de que nunca serás el mejor? ¿Qué haces cuando el arte, en vez de elevarte, te aplasta? Wertheimer no soporta no ser Gould, y Bernhard aprovecha para explorar la angustia del perfeccionismo, el narcisismo artístico, la comparación como veneno existencial.
También hay espacio para la crítica social (familia, cultura, religión, instituciones…), la alienación del artista, el aislamiento voluntario y un buen montón de misantropía marca de la casa. Por ejemplo:
Sólo vemos, cuando miramos a los hombres, mutilados, nos dijo Glenn una vez, exterior o interiormente, o interior y exteriormente mutilados, no hay otros, pensé. Cuanto más miramos a un hombre tanto más mutilado nos parece, porque está tan mutilado que no queremos reconocerlo, como es sin embargo el caso. El mundo está lleno de mutilados.
¿Poético? Sí. ¿Lúgubre? También. ¿Cierta dosis de verdad incómoda? Sin duda.
VI. ¿Fue premiado? No, pero no le hizo falta
«El malogrado» no recibió premios importantes, aunque eso no impidió que se convirtiera en una de las novelas más influyentes de Bernhard. De hecho, todo el mundo que ha leído a Bernhard la menciona como una de sus obras imprescindibles, y no es raro que sea la primera puerta de entrada a su universo literario… una puerta que, como he descubierto, chirría, está oxidada y da a un abismo, pero oye, una vez entras, es difícil salir.
VII. Conclusión: Bernhard no es fácil… pero tampoco lo es el Bach bien tocado
Terminar «El malogrado» ha sido como completar una sonata difícil: al principio sientes que no vas a poder, que no entiendes nada, que todo suena disonante. Pero luego, poco a poco, las frases largas se convierten en música. El ritmo interno se impone. Y cuando cierras el libro, sabes que has leído algo grande. Incómodo, pero grande.
Como amante de la música clásica, me ha conmovido y fascinado todo lo relacionado con la figura de Glenn Gould. Saber de su vida, sus rarezas, su genialidad, me ha hecho apreciar más aún la novela. Es como si Bernhard hubiera conseguido escribir una biografía emocional del fracaso a través de la música.
¿Lo recomiendo? Sí, con la misma energía con la que advertiría a alguien antes de entrar a una cueva oscura y profunda: lleva linterna, paciencia y algo de humor negro. Porque Bernhard no perdona, pero tampoco se repite (bueno, sí, pero a propósito).