Plaza&Janés | Cristina Macía | 2023 | 800 págs.
#Fantasía #EstadosUnidos #1996
Todos los pasillos llevan a alguna parte. Si hay una entrada, hay una salida.
Juego de tronos, George R. R. Martin
El invierno se acerca… ¡Pues que llegue de una vez y se los lleve a todos por delante!
Confesión: no he terminado «Juego de tronos». Me he quedado en la página 600. ¿Por qué? Porque tengo dignidad. Porque tengo otras cosas que hacer. Porque tengo ojos. Y, sobre todo, porque creo que mi cerebro merece algo más que leer cómo un señor describe una capa ondeando al viento por trigésima vez.
Debo reconocer que lo intenté. Con el libro y con la serie. En ambos casos, el resultado fue el mismo: aburrimiento, hartazgo y una sensación de estar asistiendo a un gigantesco fraude cultural. Porque «Juego de tronos», tanto en su versión de papel como en su versión con carne (desnuda, en lo posible), no es más que humo. Humo carísimo, eso sí, y lleno de nombres ridículos. Pero humo al fin y al cabo.
Empecemos por la serie (porque sí, también caí en la trampa audiovisual): vi dos, quizás tres capítulos. En ese tiempo, presencié más posturas sexuales que en una clase intensiva de yoga tántrico, con menos historia y más jadeos. ¿Qué motor mueve esta historia? ¿La ambición, la magia, la lucha del bien contra el mal? No. El sexo. El sexo en todas sus formas, edades y emparejamientos posibles. Aquí se acuesta todo el mundo con todo el mundo, al parecer porque sí, porque es un martes cualquiera en Poniente.
Ahora bien, el libro tiene otros motores, un poco menos lubricados. La cosa aquí se pone… ¿más «seria»? Vamos, no me hagas reír. ¿Más «literaria»? Estás hoy graciosillo, eh. «Juego de tronos» es, básicamente, una colección de clichés disfrazados de épica. Hay reyes borrachos, princesas con complejo de guerrera, brujos misteriosos, tipos con espadas gigantes, profecías que no van a ninguna parte, lobos que aúllan al atardecer y un montón de frases como «El invierno se acerca» que parecen profundas hasta que te das cuenta de que es una predicción meteorológica.
Martin no escribe mal, pero escribe demasiado. La paja en este libro podría abastecer a un caballo durante el invierno entero… y eso que aún no llega. Cada vez que aparece un personaje nuevo (cosa que ocurre cada dos páginas), viene acompañado de una genealogía, un escudo heráldico, una descripción de su capa (cómo no) y la crónica completa de sus últimas tres generaciones. Todo muy útil si planeas escribir tu propia tesis doctoral sobre el linaje Tully, pero completamente innecesario si lo que quieres es, no sé, avanzar en la historia.
Porque ese es otro problema: no pasa nada. La fantasía en este libro es ver cómo Martin ha convertido la paja en un bestseller mundial. A ver, entendedme: pasar, pasan cosas, sí, eso es verdad. Pero nada de eso tiene verdadero peso. Se matan personajes, sí, y Martin lo hace como si tirara nombres al azar de una bolsa: «Uy, ¿quién muere hoy? Ah, este. Que el lector lo quiera o no me da igual». Y claro, eso genera shock. Pero una vez te das cuenta de que nadie está a salvo, pues tampoco te importa nadie. Lo mismo da si muere Ned o un tabernero sin nombre. Total, todos acabarán igual: decapitados, envenenados, traicionados o muertos de aburrimiento.
Los personajes, por cierto, tienen cierta apariencia de profundidad, hasta que rascas un poco. Ned Stark, por ejemplo, parece honorable, pero en realidad es un señor muy tonto con un sentido de la justicia tan rígido y ridículo que uno no sabe si admirarlo o gritarle «¡espabila, hombre!». El rey Robert es un borracho caricaturesco, Cersei una villana de opereta, Joffrey… bueno, Joffrey es directamente una excusa para que odies a alguien. Y así sucesivamente. Solo se salvan, quizás, Tyrion, porque tiene cerebro y cinismo, y Daenerys, aunque su desarrollo sea un desfile de tópicos (por favor, no me hagáis hablar de su hermano).
¿Y el estilo? Ay, el estilo. Martin escribe como si le pagaran por palabra (probablemente sea así). El resultado es una narrativa hinchada, llena de repeticiones. Los lobos de los Stark deben estar hartos de que los describan. Las trenzas de Khal Drogo merecen su propia novela. Y no me hagas hablar de las cenas. Hay más listas de comida que en un recetario medieval. Lo cual, ojo, estaría bien si esto fuera «MasterChef: Poniente Edition». Pero no, se supone que es una historia épica y oscura. Y no lo es.
Porque a pesar de toda la sangre, los giros y los funerales, «Juego de tronos» no tiene fondo. Tiene muchas formas, muchas palabras, muchos personajes, muchas muertes, pero poco que decir realmente. La historia es un círculo: la lucha por el poder que nunca se resuelve, los bandos que siempre están ahí, las traiciones que no cambian nada. Como una telenovela con capas y espadas. Porque si lo analizamos fríamente, ¿de qué va todo esto, al final? ¿De que unos cuantos señores y señoras con nombres impronunciables se matan por una silla incómoda? Genial. Ya lo hacían antes de que empezara la historia y, sorpresa, lo seguirán haciendo hasta el infinito. ¿Y qué pasa con eso? Pues… nada. ¿Nada? Nada. Pero nada de nada. ¿Que hay muertes inesperadas? Sí, claro. Pero más allá del impacto inicial, todo sigue igual, porque los bandos están tan marcados desde el principio que uno ya sabe quién apesta a traición, quién va a ser mártir y quién es candidato fijo a sufrir una muerte «trágica» entre comillas. No hay matices, no hay ambigüedades, no hay sorpresa real: hay un guion que grita lo que va a pasar desde la página uno, y luego se disfraza de giro inesperado. Lo siento, pero no cuela.
Así que no, no he terminado «Juego de tronos». Y no lo lamento. Bueno, lamento no haberlo dejado antes (casi me provoca una crisis lectora). Llegué hasta donde me pareció justo y me retiré con la conciencia tranquila. Tampoco pienso seguir con el resto de la saga, ni mucho menos volver a la serie. Que Martin se quede con sus capas, sus lobos, sus casas nobles y sus frases huecas. Yo me bajo aquí. Y si el invierno viene… pues que venga, hace demasiado calor y algo de fresquito sería bienvenido. Además, yo ya estoy a salvo, bien lejos de Poniente.