Siruela | Raquel García | 2022 | 436 págs.
#Narrativa #ReinoUnido #1956
—No me gusta la gente que lee quince libros de un tipo que solo ha escrito tres que merezcan la pena.
—Pero si a uno le gusta leer, tendrá que resignarse a sufrir muchas decepciones.
—Decepciones sí, claro. Pero si lees un libro y te decepciona, es porque te proponías disfrutar con ello.
Una mirada larga, Elizabeth Jane Howard
El arte de mirar hacia atrás sin perder el alma
I. ¿Y si este fuera el libro? (Espóiler: no lo fue, otra joya más)
Siempre que empiezo un libro de Elizabeth Jane Howard, lo hago con un miedo ridículo, pero muy real: el miedo a que este sea ese libro. Ya sabes, ese con el que por fin diga «pues vaya, este no me ha gustado». Porque, admitámoslo, nadie puede escribir maravilla tras maravilla sin que en algún momento escriba una chapuza. Pero no. Con «Una mirada larga», como con los demás, ese momento no ha llegado. Y si sigue así, voy a tener que resignarme a la posibilidad de que Elizabeth Jane Howard simplemente no supiera escribir un mal libro.
Este, en particular, es una pequeña obra maestra que parece sencilla, como un piano cerrado que esconde una orquesta entera de emociones esperando ser tocada.
II. La estructura: hacia atrás, como quien rebobina la memoria
Lo primero que uno nota —y que a mí me provocó un ligero temblor de ceja— es que «Una mirada larga» está escrita hacia atrás. Literalmente. Comienza en 1950 y cada capítulo retrocede una década o más, hasta 1926. Lo que parece un experimento narrativo o una excentricidad estilística, pronto se revela como una jugada brillante y profundamente humana.
Esta estructura hace que conozcamos a Antonia, nuestra protagonista, en su versión más desgastada y resignada. Y luego, como en un desmontaje emocional, asistimos al deshielo de su vida: la vemos más joven, más viva, más ingenua, más llena de posibilidades (y, por tanto, más vulnerable al desastre). Es como abrir un reloj y ver cómo se desmonta cada engranaje, hasta encontrar el muelle inicial de todo el mecanismo.
III. Antonia y Conrad: matrimonio, esa trampa sutil
Antonia Fleming es una de esas mujeres que parecen tenerlo todo bajo control: casa perfecta, hijos (bueno, ya hablaremos de ellos), un marido atractivo e influyente. Y, sin embargo… ¡ay! ¡Qué soledad más silenciosa la de esta mujer! Howard nunca levanta la voz, pero en cada página se siente el crujido del hielo bajo los pies.
Conrad, su marido, es un espécimen fascinante: no es un monstruo. Es mucho peor. Es encantador, educado, y absolutamente indiferente a las emociones ajenas. Manipula con la naturalidad con la que otros respiran. Nunca levanta la voz porque nunca ha necesitado hacerlo. Howard no lo retrata como un villano de bigote retorcido, sino como un producto perfecto de su época: culto, exitoso y completamente hueco por dentro.
Y Antonia… Antonia evoluciona hacia atrás. Lo cual, paradójicamente, hace que su viaje emocional tenga aún más fuerza. Cada paso atrás nos muestra lo que fue, lo que soñó, lo que nunca se atrevió a decir en voz alta. Como ella misma reflexiona:
Resultaba absurdo dejarse llevar por rebuscadas ideas preconcebidas: las expectativas eran algo insustancial, condenadas a competir con el inevitable y convincente peso de la realidad. El problema era que había que afrontar la realidad sin saber de antemano y con precisión cómo iba a ser. De algún modo había que encontrar y recorrer el camino de tierra firme entre los cenagales de temer lo peor y esperar lo mejor.
Y es que eso es lo que hace Howard: ponerle peso a la realidad, pero sin perder nunca la finura.
IV. Los hijos, esas pequeñas loterías emocionales
¡Ah, los hijos! En esta novela, Howard también se toma su tiempo para retratar la maternidad no como un edén glorioso, sino como una apuesta a ciegas que a menudo termina en desconcierto. Antonia, con la resignación de quien ya ha pasado por el ciclo completo de pañales, deberes y decepciones adolescentes, piensa en un momento:
Uno quería hijos, los tenía y los criaba y luego, a pesar de cualquier cálculo de tiempo y atención, te defraudaban con un resultado que parecía, cuando menos, casi matemáticamente incorrecto.
Y yo, sinceramente, me reí en voz alta. Porque es tan exacto, tan mordaz, tan verdadero. No hay idealización en Howard, pero sí comprensión. El amor maternal está ahí, pero no es ciego ni edulcorado.
V. Temas: posibilidades, disyuntivas y renuncias
Si tuviera que resumir los grandes temas del libro en una palabra, sería esta: renuncia. A los sueños, a la juventud, a la ilusión de ser comprendida por completo. Pero sería injusto dejarlo ahí, porque «Una mirada larga» también habla de las posibilidades que una mujer tiene —o no tiene— en una sociedad que le asigna un papel antes de que haya empezado a leer el guion.
Y Howard, con su agudeza habitual, no se conforma con una crítica evidente. No. Ella va más allá, se mete en las grietas del alma femenina. En un momento especialmente lúcido, escribe:
Las disyuntivas reducen la propia perspectiva y petrifican la imaginación de un modo que las posibilidades jamás pueden hacerlo. Las posibilidades, innumerables y abigarradas, podían llover como esporas de hongos entre disyuntivas como estar aquí o allí, vivo o muerto, ser viejo o joven.
La novela es, en buena parte, el mapa de esas posibilidades sofocadas. Howard no juzga a Antonia por haberse dejado atrapar; simplemente nos muestra cómo sucede, poco a poco, entre vestidos de noche, cenas perfectas y silencios que duelen más que los gritos.
VI. El estilo Howard: precisión quirúrgica, sin perder la elegancia
Howard no escribe con florituras innecesarias. Es una narradora elegante, sí, pero también afilada. Su prosa tiene algo de bisturí emocional: corta sin hacer sangre visible. No hay un adjetivo de más, ni una metáfora impostada. Todo en ella es verdad, y además, está bien escrito. ¿Qué más se puede pedir?
Y aunque el tono sea sobrio, hay destellos de humor, ironía fina, y una capacidad envidiable para atrapar contradicciones humanas en una sola frase.
VII. ¿Premios? No los suficientes
No, «Una mirada larga» no fue premiada con los grandes galardones literarios de su época. ¿Por qué? Bueno, probablemente porque es una novela escrita por una mujer, protagonizada por una mujer, sobre los sentimientos y pensamientos de una mujer, en un mundo literario donde eso se consideraba «literatura doméstica». Es decir, secundaria.
Pero el tiempo —ese gran justiciero— ha hecho que lectores y lectoras redescubran a Howard como lo que es: una narradora brillante, capaz de retratar el mundo interior con más precisión que muchos de sus contemporáneos masculinos con medallas.
VIII. Conclusión: otra joya más (maldita sea, Howard, no fallas nunca)
«Una mirada larga» es una novela inteligente, emocionalmente devastadora y estilísticamente impecable. Es la historia de una mujer que empieza donde otras terminan, y cuya vida —leída al revés— cobra un sentido más profundo.
Si alguna vez has amado en silencio, si alguna vez has sentido que te deslizabas hacia una vida que no elegiste del todo, si alguna vez has querido gritar durante una cena elegante, este libro es para ti.
Y yo, por mi parte, seguiré empezando cada novela de Elizabeth Jane Howard con miedo. Pero, comienzo a pensar que ese miedo va a seguir siendo completamente infundado.