«Conversación en la Catedral», Mario Vargas Llosa

Puntuación: 3 de 5.

¿En qué momento se había jodido el Perú?

Conversación en la Catedral, Mario Vargas Llosa

¿En qué momento se jodió mi paciencia?

I. Crónica de una lectura intensa

Bienvenidos a «Conversación en la Catedral», una de esas novelas que uno lee más por compromiso cultural que por placer inmediato, y de la que sale no necesariamente más sabio, pero sí definitivamente más agotado. Publicada en 1969 y considerada por su propio autor como su obra más ambiciosa, este novelón de Mario Vargas Llosa es un puzzle político, existencial y técnico que, como muchos puzzles, genera más ansiedad que satisfacción… al menos hasta que encajan las piezas.

La historia, en apariencia, se articula alrededor de una larga conversación entre dos hombres de clases sociales opuestas: Santiago Zavala (alias «Zavalita», joven periodista desencantado, hijo de un ministro del régimen) y Ambrosio, el antiguo chofer de su padre. Ambos se encuentran por casualidad y deciden sentarse a charlar en una cantina llamada «La Catedral». Hasta ahí, todo muy civilizado.

Pero no os engañéis: esa charla de borrachos no es una charla cualquiera. Es un disparador para reconstruir, a través de recuerdos entrecortados y flashbacks encadenados, todo un país en ruinas. Vamos pasando sin solución de continuidad del presente al pasado, del narrador omnisciente a la voz interior de un personaje, del pensamiento de Zavalita a una historieta paralela de un personaje terciario al que nunca pedimos conocer… en fin, un caos calculado.

II. Estructura narrativa: ¿novela o sudoku emocional?

Mario Vargas Llosa, inspirado por Faulkner y sus enredos narrativos en el sur gótico estadounidense, se lanzó aquí a experimentar con lo que podríamos llamar el arte de la desorientación. Cambios de tiempo verbales sin avisar, perspectivas que se alternan en el mismo párrafo (¡a veces en la misma frase!), diálogos cruzados que exigen un Master en multitarea neuronal…

Te prometo que hubo momentos en los que estuve a punto de sacar papel y boli y hacerme un croquis temporal-espacial de personajes. Porque que nadie se equivoque: el narrador no aclara nada, ¡joder! No, que va, eso sería demasiado corriente. Esto es un libro para premios Nobel, y lo sabe.

La estructura es tan ambiciosa que leerlo se vuelve más un acto de fe que de entendimiento. Mi relación con esta novela ha sido de amor-odio, de esos en que uno pasa del embeleso al bostezo en cuestión de párrafos. Me atrapaba el Zavalita joven, rebelde, metido en la disidencia política, haciéndose preguntas que todavía duelen; pero luego me perdía irremediablemente en los meandros narrativos de Amalia, Trifulcio, Trinidad, Carlitos, y el conchesumadre de turno. Un desfile de secundarios que pedían su novela aparte.

III. Estilo y técnica: cuando la forma se come al fondo

No seré tan injusto como para negar que hay momentos donde el estilo brilla. Los diálogos intercalados, cuando uno les pilla el hilo (con tiempo y café), logran un efecto coral poderoso: es como ver una pintura impresionista que, al principio, parece solo brochazos, pero de pronto toma forma.

Hay frases que me acompañarán siempre, como esta joya amarga:

—Con dogmáticos o con inteligentes, el Perú estará siempre jodido —dijo Carlitos—. Este país empezó mal y acabará mal. Como nosotros, Zavalita.

O esta:

Yo también detesto la política, pero qué quiere. Cuando la gente de trabajo se abstiene y deja la política a los políticos el país se va al diablo.

Y qué decir de esa sentencia que, en cualquier otra novela, sería la tesis central:

Aquí cambian las personas, teniente, nunca las cosas.

Y, sin embargo, entre perla y perla, hay páginas que se hacen eternas, párrafos que parecen una prueba de resistencia lectora, y un tono que, a ratos, se regodea en un cinismo un tanto excesivo. Uno puede admirar la técnica y a la vez desear que alguien le hubiese dicho al autor: Mario, menos es más.

IV. Temas y tropiezos: cuando el realismo se pasa de real

La novela trata muchos temas: el poder y su podredumbre, la frustración existencial, la lucha de clases, el desengaño político, la familia como campo minado, y sobre todo, el Perú como símbolo de lo jodido. Todo esto, lo admito, es poderosamente humano y terriblemente lúcido.

Ahora bien, también tengo que decirlo: hay pasajes en los que me cansaba —profundamente— de tanto comentario misógino, machista, homófobo y racista. Sí, ya sé que es el retrato de una época, que hay que contextualizar, que son los personajes quienes piensan así, blablablá… pero cuando llevas 500 páginas en ese tono, la excusa se desgasta y uno empieza a preguntarse si no hay un poco de regodeo innecesario.

V. Personajes: todos jodidos, cada uno a su manera

Zavalita es el epicentro: desencantado, lúcido, y completamente incapaz de reconciliarse con su pasado o con su familia. Es el testigo amargado de un país fallido. Ambrosio, por su parte, representa al pueblo silencioso, al testigo involuntario del poder y sus pecados.

Los personajes secundarios no son pocos (ni breves): Amalia, Carlitos, Fermín Zavala, Hortensia, Queta, Trinidad, etc. Algunos aparecen y desaparecen como sombras, otros nos regalan auténticos dramas humanos. Pero el denominador común es el fracaso, la frustración, el hastío. Aquí nadie se salva. Ni siquiera el perro.

VI. Premios, prestigio y… ¿expectativas frustradas?

Aunque «Conversación en la Catedral» no recibió premios inmediatos, su prestigio ha crecido con los años, y suele considerarse como la gran novela política de Vargas Llosa, incluso por encima de «La guerra del fin del mundo». Vargas Llosa ganaría el Premio Nobel en 2010, en parte gracias a obras como esta, que consolidaron su reputación de narrador total, heredero del Faulkner más ambicioso.

Ahora bien, si venías buscando entretenimiento ligero, te has equivocado de cantina. Esto no es la Catedral del reguetón. Esto es literatura seria, ¡coño!, de la que te hace sudar.

VII. Conclusión: ni entendí todo, ni me arrepiento de haberlo intentado

¿Volvería a leerla? Quizá no. ¿Me alegro de haberla leído? Sí, como quien sobrevive a un maratón: dolorido, pero orgulloso. Porque, dejando de lado mis expectativas previas y el desencanto, lo que permanece es la impresión de que Vargas Llosa se volcó tanto en su experimento estilístico que, en algunos tramos, descuidó el pulso narrativo de la historia.

Una novela exigente, laberíntica y despiadadamente lúcida, que no te da tregua ni explicaciones. Y que, como el Perú de Zavalita, empezó mal, siguió peor y aun así, no puedes dejar de mirar.

Sólo acepto lo que suena y se cuenta.

Pues eso: si lo que buscas es un cuento bonito, este no es tu sitio. Pero si te animas a entrar, quizá —con algo de esfuerzo, algo de paciencia y muchas tazas de café— descubras algo importante. Sobre Perú. Sobre el poder. Y sobre ti.

Y ahora, si me disculpan, voy a estirarme. Mis neuronas necesitan vacaciones.