Impedimenta | Marian Ochoa | 2019 | 256 págs.
#Narrativa #Rumanía #2019
Le dije que ese cuadro iba a venderse… porque los seres humanos están destrozados y buscan cosas destrozadas. Porque los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben, pero fingen sólo por miedo estar sanos y ser buenos.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, Tatiana Ţîbuleac
Una novela como un bofetón emocional… pero en verano
I. Dolor, familia y mala leche
Hay libros que acarician. Este no. «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» es de esos libros que primero te golpean con una piedra (metafórica, claro… aunque casi se siente física), luego te acarician un poco, y después te vuelven a pegar con otra piedra más grande, pero esta vez lloras mientras agradeces el golpe.
Tatiana Ţîbuleac escribe con una brutalidad emocional tan sincera que uno se siente leído, rasgado y a ratos violentado. Pero como con las mejores historias, lo haces sonriendo entre dientes. Y llorando. A menudo al mismo tiempo.
II. Trama: lo que pasa, lo que duele
La historia es sencilla en apariencia (y solo en apariencia): Aleksy, un pintor joven y amargado hasta las entrañas, recuerda un verano que pasó de adolescente con su madre enferma. Solo eso. Unos meses en el campo, lejos de todo, madre e hijo juntos, por última vez.
Y sin embargo, ese verano lo cambia todo. O quizás no cambie tanto, pero deja ver lo que había debajo del barro. Lo que el resentimiento había cubierto. Porque Aleksy y su madre no son precisamente un modelo de familia funcional. Se odian. Se hieren. Y en ese proceso de herirse se aman, quizás como nunca antes supieron hacerlo.
III. Estructura y narrador: desorden y sinceridad brutal
La narración es una especie de collage emocional. Fragmentaria, saltando adelante y atrás como si la memoria de Aleksy estuviera borracha o fuera demasiado dolorosa como para seguir un orden lógico. Lo cual tiene todo el sentido del mundo. Así funciona la mente cuando recuerda lo insoportable: a saltos, con cortes, con frases que duelen antes de entenderlas.
Y eso se agradece. Porque, aunque al principio uno podría desorientarse, pronto entiendes que este es el único modo en que esta historia podía ser contada.
Aleksy, el narrador, es grosero, cruel, malhablado, ególatra, insoportable… y por eso lo amamos. Porque detrás de su muro de sarcasmo y agresión hay un niño herido, un adolescente perdido y un adulto que necesita, desesperadamente, perdonar y ser perdonado.
IV. Estilo: poesía con cuchillo
Si hay algo que distingue a Ţîbuleac es su prosa. Es afilada, pero también profundamente lírica. Puede hacerte reír con una frase cínica y al siguiente párrafo desarmarte con una imagen poética tan triste que duele físicamente.
Tomemos, por ejemplo, esta joyita que parece escrita con una sonrisa torcida:
Cuando tienen mucho dinero, a los enfermos psíquicos se les llama excéntricos.
Y otra, más profunda y casi filosófica, que condensa uno de los temas clave del libro:
La imposibilidad de morir cuando tenía la necesidad absoluta de hacerlo fue la injusticia más grande que se ha cometido conmigo, y conmigo se han cometido muchas injusticias.
Todo en esta novela está dicho con una crudeza que, lejos de alejar al lector, lo hace acercarse. Porque nadie habla así si no es verdad.
V. Personajes: madre, hijo, y los fantasmas del pasado
Aleksy no es el típico hijo pródigo. Es más bien un hijo resentido, mordaz y lleno de veneno. Y aun así, a lo largo del libro, su voz se transforma. La rabia da paso a la fragilidad. La burla al amor. Lo vemos cambiar, sin que se lo proponga, simplemente por estar allí, frente a su madre, viéndola morir.
La madre, por su parte, es un personaje que empieza como una figura gris, casi odiada, pero que va creciendo hasta volverse descomunal. No por su grandeza, sino por su ternura callada. Su humanidad. Su manera de enseñarle a Aleksy que, incluso cuando todo está roto, uno puede cuidar, cocinar, reír, nadar en el mar, y vivir un poco.
Como le dice ella en uno de los momentos más luminosos del libro:
Solo piensas en la muerte cuando te mueres, Aleksy, solo cuando te mueres, y eso es una tontería, una inmensa tontería. Porque, en lugar de todos tus sueños, la muerte es lo más probable que va a sucederle a un individuo. De hecho, lo único que le va a suceder con toda certeza. Por eso Aleksy, no hagas nunca las cosas a lo tonto pensando que tendrás tiempo de enderezarlas, porque no lo tendrás. El tiempo de después lo utilizarás para ser más tonterías y para morir más deprisa.
Qué mujer. Qué personaje. Qué madre.
VI. Temas: amor, culpa, arte y otras cosas que nos destruyen
Esta novela trata de la familia, sí. Pero no de la que se da besos en Navidad. Trata de la familia real: la que hiere, la que decepciona, la que te marca. Trata de la culpa que no se dice, de las palabras que no se pronunciaron, del perdón que a veces llega tarde.
También trata del arte como salvación, de la enfermedad como revelación, de la infancia como cicatriz. Y sobre todo, del tiempo. Ese que creemos tener y no tenemos. Como dice el propio Aleksy:
… una decisión estúpida es producto de otra decisión estúpida. Una chaqueta fea y barata atrae más ropa fea y barata. Un sopapo perdonado acarreará un puñetazo y una mentira admitida se transformará en un cementerio de verdades.
Lo que no se cura, se pudre. Lo que no se habla, se enquista. Ţîbuleac lo sabe y lo escribe sin piedad.
VII. Premios y reconocimiento
No es de extrañar que «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» haya sido galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea y haya ganado una legión de lectores en todo el continente. Porque esta historia, aunque tiene nombre de melodrama estival, es una de las novelas más honestas y literariamente brutales que se han escrito en la última década.
VIII. Conclusión personal: léelo, aunque te duela
Este no es un libro para cualquiera. No es cómodo. No es amable. No te dejará una sensación de calidez en el pecho ni ganas de abrazar a tu madre… o quizás sí, pero después de llorar un buen rato y maldecir media vida.
Pero si tienes el estómago (y el alma) para leer algo que habla de la muerte sin melodrama, de la familia sin adornos, y del perdón sin sermones, entonces «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» es una lectura obligatoria.
Lo terminarás con un nudo en la garganta, un agujero en el pecho y una necesidad absurda de llamar a alguien a quien no has hablado en años.
Y eso, aunque duela, es pura literatura.