«La conjura de los necios», John Kennedy Toole

Puntuación: 4.5 de 5.

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

La conjura de los necios, John Kennedy Toole

Una tragicomedia moderna con olor a salchicha rancia, mostaza seca y filosofía medieval

I. Un Quijote con flatulencias y teorías cosmológicas propias

Ignatius J. Reilly es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más infames, entrañables, irritantes y descacharrantes de la literatura moderna. Es, en esencia, un Don Quijote del siglo XX con barriga de tonel, bigote grasiento, gorro de cazador y una cruzada no contra molinos de viento, sino contra todo lo que huela a modernidad, capitalismo, televisión, jazz, decencia, decoro y sentido común.

Si Cervantes creó al caballero andante enloquecido por los libros de caballería, Toole nos regala a Ignatius, un cruzado de la teología medieval y la salchicha caliente, obsesionado con Boecio y convencido de que el mundo está podrido desde que se inventaron las latas de conserva:

—La comida enlatada es una perversión —dijo Ignatius—. Sospecho que en el fondo es muy dañina para el alma.

La comparación con El Quijote no es gratuita: ambos personajes están fuera de su tiempo, se aferran a ideales caducos y navegan por un mundo que no solo no los comprende, sino que los castiga con brutal indiferencia. La diferencia es que Ignatius no tiene un Sancho fiel, sino una madre alcohólica, una exnovia revolucionaria y una ciudad entera (Nueva Orleans) que no sabe muy bien si debería meterlo en prisión, en una fábrica de salchichas o en una celda acolchada.

II. La trama (o el cúmulo de catástrofes organizadas por el destino)

La historia se inicia cuando Ignatius, tras provocar un accidente automovilístico y un escándalo familiar, se ve forzado por su madre —Irene Reilly, una señora que bebe cerveza y llora por el hijo que fue y ya no es— a buscar trabajo.

—Ignatius era un niño tan lindo. No sé lo que le hizo cambiar. Me acuerdo cuando me decía: mami, te quiero mucho. Ya no lo dice nunca.

A partir de aquí, comienza una cadena de intentos laborales fallidos, desde su paso por la decadente Levi Pants hasta su inverosímil incursión en el activismo social (sí, Ignatius intenta liderar una revolución entre strippers y porteros). Cada paso es un desastre. Pero un desastre narrado con un ritmo endiablado y un humor grotesco, a lo Swift o Rabelais.

Ignatius escribe en secreto su Magnum Opus, un cuaderno de reflexiones donde vierte su odio al mundo moderno y su amor por la Edad Media, mientras sueña con restablecer el orden teológico-universal desde su habitación, rodeado de almohadas sucias, gaseosas y constantes eructos filosóficos.

III. La estructura: caos meticulosamente orquestado

La novela se estructura como una comedia coral, donde los capítulos alternan los puntos de vista de diversos personajes excéntricos que orbitan alrededor del cataclismo emocional y social que es Ignatius:

  • Irene Reilly, su madre, una mezcla de candidez sureña, codependencia emocional y desesperación alcohólica.
  • Myrna Minkoff, la exnovia judía de Nueva York, feminista, progresista y absolutamente opuesta a Ignatius, pero igual de delirante.
  • Mr. Levy y su esposa, dueños neuróticos de la fábrica de pantalones.
  • Lana Lee, la dueña de un club de striptease y traficante de material obsceno.
  • Mancuso, el agente de policía peor vestido del planeta, que intenta probar que puede mantener el orden vestido de pirata, de viejo o de payaso.
  • Y un largo etcétera de freaks entrañables y caricaturescos que terminan tejiendo una red de caos perfectamente entrelazado.

Cada uno de ellos aporta un tono, una perspectiva, y una cuota de locura que convierte a la novela en un pequeño universo en sí mismo. La forma en que las tramas se cruzan y resuelven rozando lo absurdo y lo divino es una muestra del talento literario de Toole… que, lamentablemente, nunca llegó a ver publicada su obra.

IV. Estilo: barroquismo cómico con olor a cebolla frita

El estilo de Toole es una maravilla de precisión cómica y riqueza lingüística. Su prosa está llena de ironías, adjetivos excesivos, diálogos brillantes y descripciones que combinan lo grotesco con lo lírico. Ignatius, por ejemplo, no solo dice tonterías: también lanza perlas incendiarias con una sintaxis pomposa y grandilocuente. Como cuando afirma con toda convicción:

Sólo me relaciono con mis iguales, y como no tengo iguales, no me relaciono con nadie.

Toole maneja el ritmo de la comedia como un experto. Hay páginas que provocan carcajadas, pero siempre con una base amarga, existencial. Bajo el humor, hay una tristeza espesa: la de las vidas desperdiciadas, los fracasos acumulados, los sueños torcidos. Todo esto hace que la risa se atragante a veces.

V. Temas: soledad, locura, mediocridad y el absurdo de existir

Bajo la carcajada constante, «La conjura de los necios» esconde temas hondos: la incomunicación entre generaciones, la presión social por encajar, el fracaso de los ideales, el vacío de la rutina moderna, y, sobre todo, la lucha entre el individuo y una sociedad que no tiene lugar para él. Ignatius es un hombre que no quiere adaptarse, pero tampoco sabe vivir aislado. Desprecia a todos, pero en el fondo está desesperado por ser comprendido.

Cuando Ignatius le escribe a Myrna (su ex, su némesis y su amor platónicamente retorcido), uno percibe una mezcla de odio y necesidad, como si estuviera intentando provocar una respuesta que le confirme que sigue existiendo para alguien más.

Y sí, a veces sus ideas son tan radicales que rayan en la misantropía sin retorno:

También le dije a los estudiantes que, en bien del futuro de la humanidad, esperaba que todos fueran estériles.

Pero el lector, a pesar de todo, le toma cariño. Porque en Ignatius hay algo profundamente humano: un niño atrapado en un cuerpo de adulto que no supo crecer, que usa la arrogancia como escudo, que se ha encerrado en una armadura de sarcasmo para no enfrentarse a sus propios miedos.

VI. Conclusión: rían, malditos, rían… y lloren un poco también

«La conjura de los necios» no es solo una novela divertida. Es una novela necesaria. Nos muestra lo absurdo de nuestras rutinas, lo ridículo de nuestros convencionalismos y lo patético de nuestras pretensiones. Pero lo hace con humor, con brillantez, y con una ternura desquiciada.

John Kennedy Toole se quitó la vida a los 31 años sin saber que había escrito una obra maestra. Su madre, empecinada y convencida del genio de su hijo, logró que la novela viera la luz. El resultado: un clásico moderno, un espejo deformado pero veraz de nuestras neurosis, y el testimonio más dolorosamente divertido de lo que significa no encajar.

Lean «La conjura de los necios». Abracen a su Ignatius interior. Y ríanse, aunque sea con la boca torcida.