De Conatus | Javier Calvo | 2023 | 360 págs.
#Narrativa #EstadosUnidos #2021
La muerte nunca es forastera. Por eso le tenemos miedo.
Los árboles, Percival Everett
Nunca empiezo una reseña comentando la puntuación que le he puesto a la novela, pero en este caso me gustaría hacerlo. Te habrás fijado que le he puesto un 9 sobre 10, así que lo más seguro es que pienses que es una obra maestra, una gran novela con una narrativa única, y blablablá. Pero no es así.
«Los árboles» de Percival Everett tiene cosas muy buenas y cosas muy malas. Cosas que me han hecho reír en voz alta, cosas que me han escandalizado, y otras que me han hecho cerrar el libro y mirarlo con cara de: «¿en serio?». Sin embargo, lo que me ha llevado a puntuarlo alto es otra cosa: me ha hecho pensar; me ha puesto incómodo; me ha obligado a reflexionar sobre preguntas espinosas, de esas que no tienen respuestas fáciles. Y eso, en este mundo de lecturas de usar y tirar, ya es bastante.
Trama: Muertos que vuelven, blancos que caen, negros que observan
Todo empieza en Money, Mississippi, que sí, se llama «Money», y ya eso te da una idea de por dónde va el tono. Allí aparece muerto un hombre blanco (racista, por supuesto), y a su lado… el cadáver de un hombre negro. Pero este segundo cuerpo desaparece. Luego otro blanco muere al lado del mismo hombre negro muerto. Y otro. Y otro. Y siempre hay un cadáver negro al lado, como una especie de firma macabra.
A partir de ahí, entran en escena dos detectives del MBI (la policía estatal) que hablan como si acabaran de salir de una buddy movie de los 90, una agente del FBI que parece tener más cerebro que todos los demás juntos, y una camarera negra que despacha sarcasmos como quien sirve café. El caso se complica, los asesinatos se multiplican, y la historia deriva en algo que ya no es un thriller policial, sino una especie de ajuste de cuentas histórico narrado entre lo grotesco y lo brillante.
Estructura: capítulos como balas
108 capítulos. Cortos. Brevísimos. Diálogo, diálogo y más diálogo. Parece más a un guion de una miniserie, más que una novela. Everett se mueve rápido: sin tiempo para introspección, sin descripciones densas, sin detenerse a pensar si lo que está escribiendo tiene sentido desde un punto de vista legal, narrativo o incluso lógico.
Y sin embargo, funciona. Por momentos. Porque esa velocidad, esa forma de disparar frases como si fueran puñetazos, le da un ritmo extraño pero adictivo.
Estilo: mezcla de Tarantino y Faulkner (con resaca)
¿Recuerdas esas pelis de Tarantino en las que los personajes hablan mucho, a veces de nada, justo antes de un baño de sangre? Pues eso. Everett combina violencia brutal, chistes incómodos y un absurdo tan bien calculado que parece improvisado. Hay escenas que parecen escritas para ser leídas con una ceja levantada. Y eso, curiosamente, se disfruta.
Lo que hace de forma magistral es darle la vuelta a los estereotipos. Los blancos pobres del sur hablan como los negros incultos en las novelas de hace un siglo: «m’an enseñao», «pa qué», «usté sabrá». En cambio, los personajes negros son listos, irónicos, inteligentes, complejos. Y eso, aunque chirría un poco, tiene una intención muy clara: dar un giro mordaz al imaginario literario de siempre.
Temas: justicia, venganza y otras cosas incómodas
Racismo histórico y memoria: al dramatizar venganzas contra los descendientes de los linchadores, Everett nos obliga a mirar el eco violento del pasado en el presente.
Poder simbólico de la violencia: las apariciones y desapariciones de cuerpos, las mutilaciones, y la resonancia histórica de Till se convierten en símbolos de un pasado silenciado que no deja de manifestarse.
Crítica social mordaz: la novela ridiculiza la ignorancia y la amnesia colectiva del sur profundo, al mismo tiempo que ofrece una reflexión sin concesiones sobre justicia, culpa y memoria colectiva .
Estos temas sobrevuelan toda la novela. A veces en forma de diálogo. A veces como fantasmas literales. Y otras veces con frases que te sacuden:
Todo el mundo habla de los genocidios del mundo, pero cuando se cometen despacio y a lo largo de cien años, nadie los ve.
Aquel que cava un foso, ha de caer en él, y aquel que manda una piedra a rodar, ha de ver como esa piedra vuelve.
El problema es que «Los árboles» no pretende responder a esas preguntas. Ni siquiera discutirlas abiertamente. Las lanza. Las deja ahí. Y tú, lector, te las comes con patatas.
Personajes: del estereotipo a la caricatura, y de ahí al icono
Detectives Morgan y Davis: dos tipos duros, cínicos y sarcásticos. Parecen una parodia de los policías de manual, pero su resignación irónica ante el horror les da un encanto inesperado.
Mama Z: un personaje que aparece a mitad del libro y que merecería su propia novela. Tiene 105 años, una lista de todos los linchamientos en EE.UU. y la voluntad de hacer justicia con sus propias manos. Un cruce entre abuela sabia y vigilante letal.
La camarera Gertrude: brillante, sarcástica, afilada. Sus diálogos podrían enseñarse en talleres de escritura. El típico personaje secundario que eclipsa a los protagonistas.
¿Su evolución psicológica? Escasa. La novela no se detiene a explorar sus traumas ni sus pasados. No hay monólogos internos, ni pensamientos. Solo acción, ironía y movimiento.
Cosas buenas
- Narración ágil. Como ver una película de acción con trasfondo político.
- Mucho diálogo. Lo que la hace ideal para leer en voz alta o imaginar como guion de cine.
- Estilo Tarantino. Sangre, humor negro y conversaciones absurdas que funcionan.
- Giro en los estereotipos. Los blancos como caricatura de sí mismos; los negros, como personajes interesantes, irónicos, atractivos. Aunque este punto es un arma de doble filo (ver apartado «Cosas malas», personajes planos).
- Thriller sin concesiones. Va hasta el final con su planteamiento. No se detiene. No pide perdón.
Cosas malas
- Todo diálogo, poca psique. Cuesta conectar emocionalmente con los personajes.
- Poco rigor. ¿Dónde están los jueces? ¿Las órdenes? ¿La lógica procesal? Desaparecida.
- Prosa mediocre. No destaca por la belleza de la escritura, sino por el concepto.
- Personajes planos. Todos los blancos son idiotas, analfabetos o malvados. Los negros son inteligentes e irónicos. Aunque esto tiene su parte caricaturesca y ayuda a entender el libro y explicar el punto de vista de Everett, el problema es que tiene cero matices. Los personajes no evolucionan.
- Nombres chinos como chiste. ¿Ho, Chi y Minh? En serio, Percival.
- ¿Racismo inverso? Tema delicado, pero el retrato de los blancos raya lo ofensivo.
- Repetitivo. Llega un momento en que ya sabes lo que va a pasar… y pasa.
Reflexiones que me dejó
El infierno es esto, señor Thruff. ¿No has prestado atención? Los bebés son más listos que nosotros. Parece que siempre se estén intentando matar. Por eso los tenemos que vigilar en todo momento, para que no se traguen monedas ni beban herbicida ni traguen analgésicos como caramelos. Luego nos volvemos tontos y queremos vivir.
Este libro me hizo pensar en cosas incómodas. Me pregunté:
- ¿El racismo se combate con más racismo? Para combatir a los racistas blancos, ¿hay que ser racista negro? ¿Es posible combatir el racismo sin convertirse en su espejo?
- ¿Es legítimo matar a los hijos de quienes mataron a otros? O dicho de otra manera, ¿los hijos deben pagar los pecados de los padres?
- ¿Hay que mirar al pasado con sed de justicia o con voluntad de perdón? ¿La justicia histórica puede hacerse con venganza? ¿Ojo por ojo y diente por diente?
- ¿La violencia se hereda? ¿Se expía?
- ¿Hay blancos buenos en el sur profundo? Porque Everett parece que no conoce ninguno. No sé, mientras leía pensaba: «qué país tan maravilloso es Estados Unidos» (entiéndase la ironía).
- ¿La violencia es una solución o solo un nuevo problema? ¿La violencia tiene justificación? Es decir, ¿el fin justifica los medios?
- ¿Algún día podríamos dejar de mirar nuestras diferencias y mirar más lo que nos une?
Y, sinceramente, me quedo con la visión de Martin Luther King. Prefiero la lucha pacífica a la proclama violenta, aunque venga envuelta en sarcasmos y chistes. Hay mucho por hacer para librarnos del racismo y de aquellos que creen en la supremacía blanca, pero no creo que la violencia y el resentimiento que desprende este libro sea la solución.
En resumen
«Los árboles» no es una novela perfecta, pero tampoco lo intenta. Y en eso —en su rabia, su desparpajo y su incomodidad— está su fuerza. Tiene fallos evidentes, decisiones discutibles y un estilo que no será del gusto de todos. Pero tiene algo mucho más valioso: te sacude. Te hace pensar. Te incomoda. Y cuando una novela consigue eso, aunque sea entre chistes crueles, con situaciones con las que no estás de acuerdo, cadáveres que se levantan y policías que parecen sacados de un cómic… algo está haciendo bien.
¿Recomendada? Sí, mucho. Una lectura impactante, necesaria y difícil de olvidar.