Impedimenta | Fernando Borrajo | 2014 | 320 págs.
#Narrativa #ReinoUnido #1979
— Yo no resistiria la vida si tuviera que que trabajar de escribiente, le dijo Fritz —. No debería existir ese tipo de trabajo.
— Ni una revolución acabaría con él, le dijo Coelestin Just —. Habría escribientes al pie de la guillotina.
La flor azul, Penelope Fitzgerald
Cuando el idealismo romántico te deja frío (literalmente).
Confieso que empecé «La flor azul» con una mezcla de entusiasmo y reverencia. Después de haber disfrutado mucho «La librería», con su mezcla tan bien calibrada de humor seco, crítica social y ternura contenida, pensé que estaba ante otra pequeña joya de Penelope Fitzgerald. Pero no. Esta vez, me he quedado mirando la dichosa flor azul sin entender por qué todo el mundo suspira frente a ella, mientras yo me preguntaba si me había perdido algo esencial en la traducción… o en la vida.
Trama: Mucho polvo del siglo XVIII y muy poca acción
La novela narra (más o menos) la juventud de Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis, poeta romántico alemán y, al parecer, un genio precoz con una vida familiar un tanto disfuncional. El «más o menos» no es gratuito: Fitzgerald no se preocupa demasiado por contarte una historia tradicional con planteamiento, nudo y desenlace. De hecho, a veces uno tiene la impresión de que ni siquiera hay una historia. Solo momentos, escenas, pinceladas, pequeñas viñetas sueltas unidas por el tenue hilo de la fascinación de Fritz (así le llaman) por Sophie von Kühn, una niña de doce años a la que decide amar con una intensidad casi cósmica.
Sí, has leído bien: doce años. Él tiene veintidós. Ella tose mucho y dice cosas triviales, y sin embargo se convierte en musa, en símbolo, en flor azul. Y tú, lector contemporáneo, oscilas entre el escalofrío y el desconcierto mientras Fitzgerald parece susurrarte: «Shhh, no lo juzgues, es el siglo XVIII».
Estructura: Más esbozo que novela
El libro avanza (o no) a través de capítulos breves, casi escenas teatrales, que rara vez duran más de dos o tres páginas. Esto podría ser una virtud —precisión, economía de medios, contención británica, etc.— si no fuera porque, como lector, a veces uno siente que está hojeando las notas de una novela que Fitzgerald podría haber escrito, pero que en algún momento se cansó de desarrollar.
Se salta de un personaje a otro sin grandes ceremonias, y el tiempo pasa de forma brumosa: de pronto Sophie está enferma, de pronto no, luego otra vez sí. No hay una construcción dramática clara, ni un desarrollo narrativo que te atrape. Es como si todo el peso del libro estuviera en su atmósfera, esa niebla romántica alemana donde todos se preguntan por el alma y nadie parece tener mucha prisa.
Estilo: Minimalismo lírico con efecto sedante
Fitzgerald es, sin duda, una gran estilista. Eso no está en discusión. Su prosa es limpia, elegante, casi quirúrgica, y tiene momentos de ironía sutil que uno agradece como oasis. Pero en «La flor azul» esta contención se convierte en un arma de doble filo. A veces es tan sobria, tan discreta, que resulta invisible. La emoción, que uno espera que explote en un libro sobre el primer amor, la enfermedad, la muerte y la poesía, apenas susurra. Y no en plan «menos es más», sino en plan «menos es… ¿dónde está todo lo que esperaba sentir?».
Temas: Romanticismo, muerte y el misterio de enamorarse de una niña que apenas habla
Los temas de la novela son, en teoría, fascinantes: el amor idealizado, la muerte como tránsito espiritual, el poder de la imaginación, el dolor convertido en belleza. En teoría. En la práctica, a mí me ha costado sentirme implicado. Tal vez sea cosa mía, pero me resulta difícil conmoverme cuando el gran poeta alemán pierde la cabeza por una criatura que, más allá de alguna ocurrencia insólita, parece no tener ninguna profundidad emocional ni psicológica. Quizá esa es la gracia, que Sophie representa lo inasible, lo inexplicable, lo más allá de la razón. Pero también cabe la posibilidad de que, sencillamente, no hay mucho personaje ahí.
Personajes: Mucha excentricidad, poca evolución
Hay una galería de personajes que podrían ser entrañables… si estuvieran más desarrollados. Está el padre de Fritz, un racionalista severo que cree en la administración doméstica como forma de vida; los múltiples hermanos de Novalis, cada cual con su pequeña rareza; y por supuesto, Fritz, que pasa de estudiante entusiasta a filósofo místico sin apenas transición ni conflicto interno.
Pero el problema principal es que no hay evolución real. Sophie está ahí como símbolo desde el principio. Fritz la ama desde el principio. Y al final… bueno, sigue amándola, ahora con más énfasis trascendental. Es como si todo el arco emocional del protagonista estuviera ya escrito en piedra desde la página veinte.
Conclusión: Una flor muy bonita, pero sin aroma para mí
En resumen: «La flor azul» me ha parecido una novela más admirable que disfrutable. Es refinada, inteligente, cultivada, escrita con un dominio absoluto del lenguaje… y, sin embargo, me ha dejado frío. Entiendo por qué algunos la consideran una obra maestra, pero también entiendo por qué, en mi caso, se me ha atragantado como una infusión de tilo mal servida.
Si has leído y amado «La librería», no des por sentado que esta también será para ti. Mientras que aquella novela tenía una ternura cáustica y una trama bien delineada (aunque sutil), «La flor azul» es más una meditación abstracta vestida de novela, y hay que estar en el humor adecuado para apreciarla.
Yo, francamente, no lo estaba.