«El misterio de la mosca dorada», Edmund Crispin

Puntuación: 4 de 5.

Otra vez el maldito suspense novelesco. Lo sé, lo sé: no puedes revelarlo hasta el último capítulo.

El misterio de la mosca dorada, Edmund Crispin

Cómo resolver un asesinato entre académicos pedantes y actores dramáticamente insoportables.

Hay libros que empiezan con una explosión. Otros con una muerte. «El misterio de la mosca dorada» empieza con un suicidio… que no lo es. Aunque a decir verdad, ni siquiera eso es lo más llamativo de esta ópera prima de Edmund Crispin (alias Bruce Montgomery, compositor y escritor británico con una afición notable por meter latinajos entre cadáveres).

Publicada en 1944, esta novela marca el debut de uno de los detectives más extravagantes y encantadores (o irritantes, depende de la tolerancia del lector a los juegos de palabras): el profesor Gervase Fen. Imaginen a un Sherlock Holmes pasado por el filtro de Monty Python y criado en Oxford con un diccionario de citas literarias en el bolsillo. Así de peculiar.

Trama: El crimen no descansa… ni en el teatro

La historia se desarrolla en Oxford, ese bastión del saber donde la gente se mata por el conocimiento… o literalmente. Un grupo de actores (todos con sus egos más inflados que un dirigible) llega para ensayar una obra nueva escrita por un joven dramaturgo prometedor. En medio de este ambiente denso de egocentrismo, sarcasmo y vino barato, aparece muerta Yseut Haskell, una actriz cuya simpatía estaba por debajo de cero y cuya capacidad de hacerse enemigos solo era superada por su narcisismo. Alguien ha tenido el mal gusto de dispararle en una habitación cerrada desde dentro. O eso parece.

Enter Fen, el detective aficionado y profesor universitario, que decide resolver el crimen mientras lanza citas de Milton, discute con la policía y hace observaciones brillantes entre taza y taza de té. Lo acompañan personajes secundarios que parecen salidos de una obra de Wilde pasada de tragos: un dramaturgo melancólico, una joven idealista, un crítico teatral que da miedo y un elenco de académicos capaces de debatir sobre Shakespeare durante horas sin pestañear… ni percatarse de que hay un cadáver en la sala.

Estilo: Entre la parodia culta y el asesinato clásico

El estilo de Crispin es tan peculiar como encantador (o desesperante, si buscas algo directo). Su narrador omnisciente es tan irónico que parece reírse del lector, de los personajes y, ocasionalmente, de sí mismo. Hay constantes digresiones, metacomentarios («Si esto fuera una novela seria, ahora ocurriría un giro dramático», dice en algún momento), y un regodeo delicioso en la cultura literaria británica.

Pero no todo es broma. La estructura es sólida: plantea el crimen con precisión matemática, dosifica las pistas con habilidad y llega a una resolución ingeniosa. En otras palabras: no solo te ríes, sino que también te rompes la cabeza tratando de resolver el misterio… y luego te das cuenta de que Fen ya lo sabía hace 100 páginas pero no te lo quiso decir. Típico académico.

Personajes: Un zoológico de egos y rarezas

Gervase Fen

El corazón (y el ego) del libro. Profesor de Oxford, detective aficionado y experto en meter la pata con elegancia. Habla como si estuviera dando una clase incluso cuando inspecciona una escena del crimen. Su evolución psicológica es más bien una montaña rusa de sarcasmo: empieza como un excéntrico y termina como… un excéntrico satisfecho. No cambia, pero entretiene muchísimo.

Yseut Haskell

La víctima. Hermosa, manipuladora, y tan querida como una picadura de avispa. Su muerte genera alivio en varios personajes, lo cual, como pista, no ayuda nada.

Nigel Blake

El narrador, en gran parte, y alter ego de Crispin. Escritor, sensible y algo insulso, sirve como contraste para los personajes más extravagantes. Está enamorado, por supuesto, porque siempre hay un romance latente en estas novelas.

Los demás

Todos están tan estereotipados que acaban siendo entrañables: el comisario que va siempre un paso por detrás, el dramaturgo torturado, la joven inteligente pero callada, el bufón sabiondo… Oxford en su máxima expresión caricaturesca.

Temas: Arte, muerte y egos desbordados

La novela toca varios temas con guantes de seda (o de ironía), pero están ahí: el ego artístico: todos creen ser genios, lo que los hace ciegos a todo… incluso al asesinato. La fragilidad de las apariencias: los personajes actúan —literal y figuradamente—, ocultando pasiones, celos y venganzas detrás de un té bien servido. La inteligencia como trampa: todos son tan listos que no ven lo obvio… excepto Fen, claro. Él lo ve todo y se lo guarda para después.

Y luego está el teatro como metáfora de la vida: todos representan un papel, algunos mueren fuera de guion, y todos quieren ser protagonistas.

Psicología de los personajes (por si buscabas profundidad entre las risas)

Aunque la novela no es precisamente un tratado freudiano, hay destellos de complejidad. Blake, el narrador, experimenta una leve transformación: empieza tímido y termina, al menos, con cierta determinación. Algunos personajes secundarios revelan traumas, deseos reprimidos o inseguridades que justifican —más o menos— su comportamiento (y en un caso, su motivación para matar).

Eso sí, la mayoría son caricaturas deliciosas: construidas no para el realismo, sino para el entretenimiento. Como piezas de ajedrez en una partida jugada por alguien que claramente prefiere el ajedrez de palabras.

Conclusión: ¿Vale la pena leerla?

Sí, absolutamente, si sabes a lo que vas. Si buscas un misterio sombrío, atmosférico y lleno de tensión al estilo de P.D. James, «El misterio de la mosca dorada» puede parecerte una broma privada entre literatos británicos. Pero si te gustan las novelas policíacas que se ríen de sí mismas, que hacen malabares con las convenciones del género y que están llenas de diálogos brillantes, personajes excéntricos y crímenes bien tramados, entonces aquí tienes un festín.

Brillante, ingeniosa, culta y muy divertida. Es como asistir a una obra de teatro escrita por Agatha Christie y dirigida por Oscar Wilde.