«Acerca del robo de historias y otros relatos», Georgi Gospodínov

Puntuación: 3.5 de 5.

Son demasiado breves esos años tempranos de lectura feliz, cuando todavía somos lectores en el jardín del Edén.

Acerca del robo de historias y otros relatos, Georgi Gospodínov

Cómo me dejé robar por un escritor búlgaro y encima le di las gracias.

Confieso sin pudor que llegué a este libro con una mezcla de entusiasmo y temor. Entusiasmo, porque Gueorgui Gospodínov ya me había volado la cabeza con «Las tempestálidas» —una novela que, como su propio título medio inventado sugiere, es una tormenta lingüística y emocional de la que uno no sale ileso. Y temor, porque enfrentarse a una colección de relatos después de una obra maestra suele ser como pedir tapas después de un festín: uno no sabe si va a disfrutar o solo a empacharse.

Pero, ay, Gospodínov lo vuelve a hacer.

«Acerca del robo de historias y otros relatos» es un libro breve —delgado, como si no quisiera hacer mucho ruido— pero lleno de trampas. El título ya es una advertencia: aquí no se viene solo a leer, se viene a ser cómplice o víctima (o ambas cosas) de un robo literario. Porque, según Gospodínov, las historias no se crean; se roban. Se escuchan al pasar, se capturan en una mirada de reojo, se rescatan de la basura o se desentierran de la memoria ajena. Y claro, después uno va y las publica con su nombre en la portada, como si fueran propias. Y lo peor es que uno se siente orgulloso de ello.

La prosa de Gospodínov es escurridiza, como si cada frase tuviera la intención secreta de deslizarse hacia otro sitio. Uno empieza leyendo un cuento y de pronto se encuentra dentro de una reflexión filosófica, una anécdota de infancia, una melancolía prestada o una broma literaria que no sabes si reír o subrayar. No hay giros espectaculares ni clímax hollywoodenses: hay pliegues, ecos, espejos rotos y piezas que no encajan… pero encajan.

Uno de los relatos reflexiona sobre el tipo de personas que llevan una historia dentro pero nunca la escriben. Es decir, el 98% de la humanidad. Otro plantea la idea de que hay relatos que huelen. Sí, literalmente. Como la abuela que olía a compota de manzana con polvo. O como los domingos por la tarde, que huelen a infancia perdida, desesperación existencial y croquetas recalentadas. La ironía en estos relatos no es punzante, sino seductora: Gospodínov no escribe para epatar, escribe para arrastrarte con suavidad a ese lugar donde lo cotidiano se vuelve raro y lo raro, de pronto, parece lo más lógico del mundo.

Pero dejemos algo muy claro: este no es un libro para leer de corrido en la sala de espera del dentista. No porque sea denso —que no lo es—, sino porque exige cierta complicidad. Hay que leer con pausa, con una ceja levantada y el subrayador en la otra mano. Y luego quedarse pensando si eso que acabas de leer era realmente un relato o una confesión disfrazada. ¿Y si Gospodínov no está inventando nada? ¿Y si somos nosotros los que le estamos prestando nuestros recuerdos?

Y ahora, hablemos del final. El último relato, «Gaustín», es un regalo para los que ya hemos leído «Las tempestálidas» y no hemos podido dejar de pensar en ella desde entonces. Es como reencontrarse con un viejo amigo que nunca fue del todo real, pero cuya presencia te dejó una cicatriz luminosa. Gaustín es ese personaje que no sabes si existe o si lo soñaste, pero cuya sombra se queda contigo más allá de la página. Que este relato cierre el libro no es casual: es una llave maestra, una grieta en el papel por donde se cuela el universo mayor de Gospodínov. Si «Las tempestálidas» es un océano, Gaustín es la ola que todavía te salpica mucho después.

En resumen: este librito me hizo reír en voz baja, detenerme a pensar cosas innecesarias, anotar frases como si fueran verdades universales, y preguntarme si alguna de mis historias favoritas no será, en realidad, una que Gospodínov me robó mientras dormía. Pero, oye, si así escribe con mis historias… que se las lleve todas.

Recomendadísimo si te gustan los libros que no se leen, sino que se escuchan como si te hablaran al oído en medio de una tormenta suave. Y si aún no has leído «Las tempestálidas», no sé qué haces aquí: vete ya mismo a por ella. Luego vuelve y entenderás por qué «Gaustín» es el final perfecto para un libro que se parece mucho a la vida: a ratos absurdo, a ratos tierno, y casi siempre robado.