Destino | 2019 | 232 págs.
#Narrativa #España #1950
Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-Uca le viese. Y cuando empezó a vestirse, le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin.
El camino, Miguel Delibes
Cualquier libro de Miguel Delibes se empieza sabiendo que no va a salir ileso. Pero con «El camino», Delibes te agarra por los tobillos, te arrastra al mundo de la infancia y, cuando te das cuenta, estás llorando por una cabra que ni conoces. Y todo, claro, ambientado en un pueblecito castellano donde el tiempo parece haberse detenido, o al menos, camina muy despacito, como la burra de la señora madre de Daniel, el Mochuelo.
Porque sí, el protagonista de esta historia tiene ese apodo entrañable —el Mochuelo—, lo cual ya te da una idea de lo peculiar del universo Delibes: aquí nadie se llama Javier o Carlos, no señor. Aquí hay Moñigos, Tiñosos y Uca-Ucas, como debe ser en la vida real.
Trama y estructura narrativa: una noche para la eternidad
La historia transcurre en una sola noche, pero no se dejen engañar: en estas pocas horas, Daniel repasa toda su vida como quien no quiere la cosa. A la mañana siguiente debe marcharse a la ciudad para estudiar —horror de los horrores, irse del pueblo es peor que el fin del mundo— porque su padre, el quesero del pueblo, ha decidido que no quiere que su hijo acabe vendiendo quesos toda la vida. ¡Como si eso fuera poca cosa!
Y así, entre la tristeza, la incertidumbre y el miedo a lo desconocido, Daniel se tumba en la cama y empieza a recordar. Y nosotros, pobres lectores sin defensa, nos metemos con él en un mundo donde las cosas huelen, crujen, duelen y, sobre todo, se sienten con una intensidad brutal.
La estructura del libro es un flashback prolongado, pero Delibes lo maneja con tal naturalidad que nunca se siente forzado. Es más: uno empieza a desear que esa noche no se acabe nunca, para seguir escuchando historias de gallinas rebeldes, padres estrictos y amigos tan llenos de vida como Roque el Moñigo y Germán el Tiñoso.
Personajes: entre santos con halitosis y niños con alma de filósofos
Hablemos de los personajes. ¡Qué galería! Cada uno tiene su rincón en la memoria del Mochuelo, y por ende, en la nuestra.
Daniel el Mochuelo, como protagonista, representa al niño que ya no es del todo niño, pero que todavía no entiende del todo cómo funciona eso de hacerse mayor. Su evolución psicológica es silenciosa pero profunda: empieza siendo un muchacho resignado ante la decisión de su padre, y acaba siendo un ser humano que, a pesar del dolor, empieza a comprender la complejidad del mundo adulto.
Roque el Moñigo es fuerza bruta y lealtad incondicional. El amigo que todos hemos tenido y que siempre te cubre las espaldas… incluso si eso implica lanzarte una piedra sin querer.
Germán el Tiñoso, por su parte, es el filósofo trágico del grupo. El chico enfermo, sabio antes de tiempo, que lanza verdades con una ternura que desarma. Es con él con quien el lector más sufre, y con razón. Su figura está cargada de simbolismo: la muerte, la conciencia precoz, la fragilidad de la vida. Cuando se va, se va algo dentro del lector también.
Y luego están los adultos. Maravillosos, grotescos, entrañables, insoportables… humanos. Como don José, el cura del pueblo, es tan piadoso como maloliente. Como dice uno de los personajes con más sensatez que reverencia:
Eso es un decir. No creas que los santos huelen a colonia. Para Dios, sí, pero para los que olemos con las narices, no. Mira don José. Creo que no puede haber hombre más santo, ¿eh? ¿Y no le apesta la boca? Don José será todo lo santo que quieras, pero cuando se muera olerá mal, como la Mica, como tú, como yo y como todo el mundo.
Gracias, Delibes, por poner las cosas en su sitio. Ni los santos se salvan de la halitosis.
Estilo: sobrio, directo… y demoledor
El estilo de Miguel Delibes es una lección de economía literaria. No hay florituras innecesarias ni adjetivos de más. Es un narrador que no necesita gritar para que lo escuches. Su prosa es limpia como el agua del río donde los chicos se bañan, pero no por ello menos intensa.
Una de las frases más hermosas del libro es también una muestra de su poder evocador:
Hubo, primero, un revuelo y, luego, un silencio hecho de cien silencios…
No hace falta más. Uno lo ve. Lo siente. Lo recuerda.
Delibes logra algo muy difícil: retratar el alma de un pueblo sin caer en la idealización ni en el desprecio. Es capaz de mostrar lo arcaico, lo duro, lo injusto, pero también lo tierno, lo bello, lo que se pierde y no vuelve.
Temas: el camino, la pérdida y el aprendizaje
Como sugiere el título, la novela trata del «camino» de la vida. Pero no de uno con baldosas doradas y aventuras épicas, sino de ese camino real, cotidiano, a veces absurdo y muchas veces doloroso. Como dice Don José:
Hijos, en realidad, todos tenemos un camino marcado en la vida. Debemos seguir siempre nuestro camino, sin renegar de él – decía Don José -. Algunos pensaréis que eso es bien fácil, pero, en realidad, no es así. A veces el camino que nos señala el Señor es áspero y duro…
Y vaya si es duro. Abandonar el hogar, decir adiós a la infancia, descubrir que los adultos no tienen todas las respuestas (y algunos ni siquiera las preguntas correctas), y que incluso los amigos se van… todo eso es parte del aprendizaje de Daniel.
El tema del ahorro emocional también aparece, disfrazado de crítica social:
El ahorro, cuando se hace a costa de una necesidad insatisfecha, ocasiona en los hombres acritud y encono.
Y sí, puede que esté hablando de dinero, pero uno sospecha que Delibes se refiere también a lo que pasa cuando reprimimos afectos, palabras y ternura.
Conclusión: una joya rural que huele a pueblo, a leche recién ordeñada y a nostalgia pura
«El camino» es una obra maestra silenciosa. No necesita grandes giros de trama ni frases rimbombantes para llegar al lector. Le basta con mostrarnos la vida tal como es: contradictoria, áspera, entrañable, fea y hermosa al mismo tiempo. Uno termina el libro con ganas de abrazar al Mochuelo, de decirle que todo irá bien, aunque no lo sepa con certeza.
Porque en el fondo, todos somos Daniel el Mochuelo la noche antes de salir de casa por primera vez. Y por eso, «El camino» no es solo la historia de un niño, sino la de todos nosotros.