«El tambor de hojalata», Günter Grass

Puntuación: 2 de 5.

El amor es una ilusión que nos hace creer en falsas promesas.

El tambor de hojalata, Günter Grass

«El tambor de hojalata» de Günter Grass, es un libro que primero te sacude, luego te marea, y finalmente te mira desde sus últimas páginas como diciendo: «¿a que no pensabas que esto iba a durar tanto?». Y no, no lo pensaba. Porque empezar esta novela es como subirse a una montaña rusa brillante y absurda, pero terminarla se parece más a correr una maratón cuesta arriba con un tambor colgado del cuello. Aun así, aquí estamos, con agujetas mentales y unas cuantas reflexiones en la mochila.

La historia la cuenta Oskar Matzerath, un niño que decide a los tres años que ya ha visto suficiente del mundo adulto como para querer formar parte de él, así que se planta (literalmente: deja de crecer) y se refugia en su tambor de hojalata, que no suelta ni para dormir. Desde el manicomio en el que está encerrado (una pista sutil de lo que nos espera), Oskar nos narra su vida, sus traumas, sus desvaríos y la historia reciente de Alemania, todo al mismo tiempo y con una mezcla brillante de humor negro, sátira política y surrealismo desbocado.

La primera parte del libro es, sin exagerar, una genialidad. Grass crea un universo desquiciado pero lleno de vida, en el que los adultos son más infantiles que los niños y el protagonista, un pequeño dictador con voz aguda capaz de romper cristales, parece el único con una pizca de lucidez (aunque sea dudosa). Hay capítulos que son una auténtica delicia, como ese inolvidable en el que cada párrafo empieza con «Érase una vez…», un experimento literario que funciona como una caja de cuentos torcidos y deslumbrantes. Ese momento me pareció simplemente brillante: irónico, juguetón y hasta poético.

Pero luego… ay, luego viene la segunda parte.

Aquí la novela se alarga, se dispersa, se enreda en sí misma. Oskar sigue tocando el tambor, sí, pero también nos cuenta con todo lujo de detalles (y sin prisa alguna) cosas que, si me lo preguntáis, no necesitábamos tanto saber. La historia sigue teniendo momentos de lucidez narrativa, pero empieza a dar vueltas como si estuviera buscando una salida que nunca llega. Y luego llegamos a la tercera parte, donde ya todo me pareció innecesariamente estirado, como si Grass no supiera cómo terminar la función y decidiera improvisar con un redoble de tambor tras otro, sin cesar. El resultado: un cierre que no solo me sobró, sino que me hizo mirar el libro con cierta amargura, como quien ama la pizza… pero le sirven la misma pizza durante seis horas seguidas.

Eso sí, hay que reconocerle a Grass su originalidad y su estilo. Su prosa es exuberante, detallista hasta el delirio, a veces hipnótica, otras veces abrumadora. Tiene frases memorables como:

Solo los auténticos perezosos son capaces de hacer inventos para ahorrar trabajo

Una frase que resume perfectamente el tono irreverente del narrador: mezcla de lucidez, ironía y nihilismo doméstico.

Y no faltan los momentos en los que el erotismo, lo grotesco y lo absurdo se dan la mano, como cuando Grass nos suelta, con total naturalidad:

A Greff le gustaba lo tenso, lo muscular, lo duro. Greff abría agujeros en el hielo con un pico

Hay simbolismo por doquier, desde el propio tambor —símbolo de la resistencia, la memoria, el narcisismo, el trauma y la cabezonería— hasta el mundo animal, los cristales rotos, las cebollas y una inolvidable araña que espera en su red no rubíes, sino una presa:

¿Y dónde estaba la araña, qué esperaba? Sin duda no más rubíes, sino más bien a alguien para quien los rubíes de la red relucieran como gotas de sangre coagulada, cautivando sus ojos…

Una frase que parece sacada de un cuento gótico, pero encaja perfectamente en este carnaval de imágenes perturbadoras.

En cuanto a los personajes, todos giran en torno a Oskar, que no es precisamente simpático, pero sí fascinante. Es egocéntrico, manipulador, teatral, y aun así logra despertar compasión. Su evolución —si es que se puede hablar de evolución en alguien que físicamente no crece— es más bien psicológica, y a ratos inquietante. Los demás personajes (Jan, Matzerath, María, incluso la propia madre de Oskar, que come pescado crudo hasta desaparecer del mapa) son tan excéntricos como entrañables, aunque a veces uno tenga la sensación de que están más al servicio del absurdo que del desarrollo real.

¿Y entonces? ¿Recomendaría leer «El tambor de hojalata»?
Pues sí, pero con advertencia previa. Es un libro genial en su planteamiento, potentísimo en su arranque, y con momentos de verdadera maestría. Pero también es excesivo, caótico, y en su tramo final, agotador. Si el tambor representa la memoria, llega un punto en que lo que uno quiere es que alguien se lo quite a Oskar de las manos y le diga: «Ya está, muchacho, ya hemos entendido el mensaje».

En resumen: «El tambor de hojalata» es un plato fuerte. Muy fuerte. Puede que te deje lleno, o puede que acabes indigesto. Yo terminé algo empachado, pero no niego que el primer bocado fue glorioso.