«El sueño de la aldea Ding», Yan Lianke

Puntuación: 4 de 5.

Quien roba una tumba roba un tesoro.

Cuando en el mundo no quede oro,

busca en el ataúd oculto en su tumba,

que bajo la tierra abunda.

El sueño de la aldea Ding, Yan Lianke

Hay libros que uno lee con el corazón en la garganta. Otros, con la sonrisa en los labios. Y luego está «El sueño de la aldea Ding», que uno lee con el estómago encogido, el alma hecha un ovillo y una sensación persistente de que la realidad, cuando se cuenta bien, da más miedo que cualquier novela de terror. Yan Lianke no escribe para entretener: escribe para incomodar, para sacudir, para que uno se sienta culpable incluso de vivir en un lugar donde hay antibióticos y transfusiones seguras.

La historia transcurre en la ficticia aldea Ding, pero bien podría llamarse Cualquier Pueblo Olvidado Por El Sistema. En este rincón perdido de la China rural, los aldeanos son víctimas de una catástrofe que ellos mismos han provocado (bueno, con un empujoncito del gobierno y otro de la codicia): vendieron su sangre a cambio de dinero sin saber que en el proceso estaban comprando algo más, algo llamado VIH. Y lo hicieron en masa. Porque si uno lo hace, ¿por qué no todos?

Lo que sigue es un relato donde la tragedia y el absurdo van de la mano, como dos viejos amigos que se ríen mientras pisan un cementerio. Yan Lianke construye una novela que parece una fábula escrita con fuego y escombros. El narrador es nada menos que el espíritu de un niño muerto, que observa desde el más allá los últimos coletazos de su aldea moribunda. Con este punto de vista, que le da un tono lírico, espectral y profundamente melancólico a la narración, el autor consigue una mezcla prodigiosa entre el realismo sucio y el realismo mágico. ¿Milagro o pesadilla? A estas alturas da lo mismo.

Una tragedia entre grillos y ataúdes

Pocas veces he leído una descripción tan cruda y hermosa de la muerte colectiva como esta:

Parecía que estuvieran todos sepultados y sobre la superficie no quedaran más que la tierra, los cultivos, el viento, los insectos habituales de una noche de verano y el resplandor de la luna. Y bajo ese resplandor, el canto ahogado de las cigarras y de los grillos parecía colarse entre las rendijas del ataúd hasta helar la sangre y calar los huesos, como una fina corriente de aire gélido que alcanzará la médula y desencadenara un temblor incontenible.

Aquí no hace falta que los muertos hablen: el silencio, el canto de las cigarras y el viento se encargan de narrar el apocalipsis rural. La epidemia no arrasa de golpe; avanza como una marea silenciosa. Uno a uno, los vecinos van cayendo, pero nadie reacciona. Como dice Yan en una frase tan brutal como poética:

Morían, y no importaba. ¿Quién llora las hojas que caen de un árbol, la luz que se extingue al atardecer?

Hay una aceptación de la muerte que resulta casi obscena. Como si el dolor, cuando se vuelve demasiado común, perdiera todo su peso.

Personajes que se pudren por dentro

El protagonista es el padre del hombre que trajo la muerte a la aldea, y ahí empieza el verdadero drama. Este anciano —el bedel de la escuela, jubilado y con más dignidad que salud— arrastra una vergüenza silenciosa por su hijo, el verdadero responsable de haber promovido la venta de sangre entre los aldeanos. Mientras su hijo huye del problema como rata de un barco hundido (aunque con trajes mejores), él se queda. Se queda para cuidar a los enfermos, enterrar a los muertos, preparar funerales, y sobre todo, para tratar de mantener algo parecido a una humanidad en un lugar donde ya solo quedan ataúdes por llenar.

Su evolución es la de un hombre decente que asume el castigo de otro. Es como si quisiera compensar, en silencio, los pecados de su linaje. No habla mucho, pero actúa. Y en cada acción —dar comida a los moribundos, limpiar llagas, consolar a los que ya no tienen consuelo— hay una dignidad feroz, una especie de ética rural que se opone al olvido y al abandono.

Los demás personajes —los vecinos, las viudas, los viejos, los niños moribundos— no están tan claramente dibujados, pero eso no importa. Porque la aldea en sí es el personaje. Y se descompone en cámara lenta ante nuestros ojos. Hay algo casi teatral en la forma en que todos se preparan para su final. Algunos hacen balances vitales, otros ensayan su muerte como quien prepara un discurso. Como se dice en el libro:

Un funeral es la forma de poner en orden la fachada de una vida.

Qué fachada, me pregunto yo.

Estilo: entre la poesía y el bofetón

Yan Lianke tiene un estilo que baila entre la belleza lírica y la violencia del dato crudo. Te seduce con frases que parecen haikus mortales, y luego te golpea con escenas que ojalá pudieras olvidar. No ahorra en detalles morbosos, pero tampoco abusa del dramatismo. Todo tiene un tono seco, casi burocrático, que intensifica aún más la tragedia: como si narrar lo impensable con frialdad fuera la única manera de soportarlo.

Hay también humor negro, por supuesto. No del tipo que te hace reír a carcajadas, sino de ese que te deja incómodo, preguntándote si acaso estás volviéndote insensible. Porque cuando todo el pueblo está organizando su propio cementerio comunitario, y algunos aldeanos se pelean por el mejor sitio para su tumba, uno no sabe si llorar o aplaudir por la honestidad de esa locura.

Temas: sangre, muerte y un país que mira hacia otro lado

«El sueño de la aldea Ding» es una novela sobre el silencio institucional, la miseria humana, el miedo a morir y la vergüenza de haber vivido mal. Es una crítica feroz al Estado, a la colectividad y a esa mentalidad que prefiere mirar para otro lado con tal de no perder unos yuanes. Pero también es una meditación sobre la culpa, la memoria, la dignidad, el cuidado del otro… y sobre cómo se puede seguir adelante cuando el futuro no existe.

No es casualidad que el libro fuera censurado en China. Yan Lianke se atrevió a hablar del escándalo del «sangrado de plasma» (un negocio real del que nadie quería oír hablar), y lo hizo con una fuerza literaria que solo tienen los que están dispuestos a asumir el precio de escribir la verdad. Esta novela no es solo literatura: es testimonio, denuncia y acto de resistencia.

En resumen…

«El sueño de la aldea Ding» es una novela incómoda, terrible y bellísima. Es una fábula política, un poema fúnebre y un puñetazo en el estómago. No es fácil de leer, pero tampoco se puede dejar. Es como mirar un accidente en cámara lenta, pero con la prosa de un autor que sabe exactamente qué tecla emocional tocar para que uno no olvide nunca lo que ha leído.

Una historia sobre gente que murió en silencio, contada por alguien que decidió gritar.