«Keyle la pelirroja», Isaac Bashevis Singer

Puntuación: 2 de 5.

Un hombre y una mujer, sentenció Berta, son como una llave y un cerrojo. Cuando encajan bien es perfecto, y cuando no, muy amargo.

Keyle la pelirroja, Isaac Bashevis Singer

Si tuviera que ponerle un subtítulo a esta reseña, sería: «Cómo me perdí entre rabinos, putas y remordimientos». Creo que con eso lo digo todo. Pero si aún queda alguien que no lo ha pillado, seré más claro: «Keyle la pelirroja», de Isaac Bashevis Singer, es una de esas novelas que uno empieza con ilusión y termina por puro compromiso moral… o porque ya ha llegado demasiado lejos como para abandonarla sin culpa. El libro se me ha hecho largo, reiterativo y, en más de un momento, insoportablemente cargado de un judaísmo omnipresente, que lo envuelve todo como una alfombra pegajosa que se niega a despegarse del suelo, por más que uno tire de las esquinas.

Un mundo saturado de culpa, sexo y barbas sabias

La historia, ambientada entre Varsovia y Nueva York a principios del siglo XX, sigue a Keyle, una prostituta judía de pelo rojo y pasado complicado (por no decir trágico), y a Yarme, su compañero de infortunio y también de cama, un tipo rudo, impulsivo, que ha salido de la cárcel y tiene menos estabilidad emocional que una escoba mágica sin licencia.

En realidad, podríamos resumir el libro como el relato de una serie de huidas: de Varsovia a América, de la miseria a la decencia, de uno mismo al otro, y sobre todo, del pasado… aunque este se empeñe en ir siempre sentado en el asiento de atrás, rumiando frases del Talmud.

Estilo narrativo: entre el sermón jasídico y el melodrama de telenovela

Singer escribe bien, nadie lo niega. Tiene un talento notable para la escena pequeña, para la introspección, para esas frases que mezclan crudeza con espiritualidad como quien mezcla pepinillos con miel (y que a veces, sorprendentemente, funcionan). Pero en «Keyle la pelirroja», esa habilidad se ahoga en su propio peso. La narración es densa, obsesiva, repetitiva. Hay momentos en que uno siente que está escuchando al mismo rabino dar la misma lección una y otra vez, solo que disfrazado de otro personaje.

Y hablando de rabinos: ¿cuántos puede soportar una novela antes de que uno empiece a preguntarse si, en lugar de ficción, está leyendo una guía espiritual encubierta? En este libro, la cifra claramente se ha superado. A cada paso hay un rabino, o el hijo de un rabino, o alguien que quiere dejar de serlo, pero no puede. Leyendo, no podía evitar que me viniera a la cabeza —con un pequeño giro— aquella célebre frase: «Con el judaísmo hemos topado, amigo Sancho».

Personajes: todos tienen conflictos, pero ninguno evoluciona como debería

Keyle, la pelirroja que da título al libro, es quizá lo más interesante del texto. No porque sea simpática (no lo es), ni porque sea especialmente compleja, sino porque representa bien el caos moral del mundo que habita. Una mujer que quiere dejar de ser lo que ha sido, pero que siempre encuentra una excusa —o un hombre o una botella de vino— para seguir igual. Su evolución es más un bucle que una curva. Y de tanto bucle, la historia se hace repetitiva.

Yarme es un personaje agotador. Un hombre que no sabe lo que quiere, pero lo quiere con vehemencia. Pasa del arrebato sexual a la violencia, del amor a la fe, de la pasión a la paranoia, como quien cambia de ropa interior. Lo más frustrante es que su crisis personal nunca se resuelve realmente: solo se repite, como si estuviera atrapado en una novela de Kafka escrita por un moralista jasídico.

Max, que aparece al principio como un tercero en discordia, desaparece de forma un tanto anticlimática, y cuando crees que el triángulo amoroso va a explotar… ¡pum!, se desinfla como un globo olvidado en una fiesta de bar mitzvá.

Luego aparece Búnem, un joven hijo de rabino (¿cómo no?) que se enamora de Keyle y se convierte en el nuevo elemento dramático, pero para entonces uno ya está demasiado cansado como para emocionarse. Otro judío conflictuado más, con citas religiosas al desayuno.

Estructura narrativa: dos partes, dos climas, mismo tedio

La novela está dividida en dos mitades: una en el gueto de Varsovia y otra en Nueva York. La primera es sucia, claustrofóbica, llena de personajes secundarios que parecen salidos de una colección de estampas del folclore judío más deprimente. Prostitutas, rufianes, rabinos, viejas lloronas, todos lamentándose por los pecados del mundo.

La segunda parte, en teoría más luminosa —el sueño americano, la tierra prometida, todo eso—, resulta igual de opresiva. América no redime a nadie. Solo cambia el escenario: de los callejones húmedos de Varsovia a los tugurios de Brooklyn. La culpa sigue, la tristeza también. Keyle y Yarme no se salvan, no mejoran, no aprenden. Y el lector tampoco.

Temas: identidad, culpa, redención… y otra vez culpa

La novela está obsesionada con la redención, el castigo, el deseo y la religión. Todo está atravesado por un judaísmo omnipresente que no permite ni un respiro. Incluso el sexo —que podría ser lo más terrenal— está cargado de espiritualidad, de contradicción, de remordimiento. Es como si cada orgasmo viniera con un salmo de penitencia. ¡Déjenlos disfrutar, por favor!

Singer trata de ofrecernos un retrato honesto del alma humana, sí, pero lo hace desde un lugar tan denso, tan cargado de moral, que uno acaba deseando que alguien le tire un hechizo de silencio a todos sus personajes.

En resumen: una lectura extenuante

¿Recomendaría «Keyle la pelirroja»? Sinceramente, no. A menos que seas un devoto del realismo religioso judío, o un estudioso de la culpa como motor narrativo, lo más probable es que acabes —como yo— agotado, aburrido y preguntándote si era realmente necesario tanto rabino, tanta prostituta, tanto remordimiento y tan poca evolución emocional.

Singer tiene novelas extraordinarias. Esta no lo es. Aquí parece como si se le hubiera ido la mano con el vinagre emocional, y el resultado es una ensalada de angustias donde todos lloran, sufren, rezan, y nadie se salva.