Acantilado | Adam Kovacsics | 2017 | 304 págs.
#Narrativa #Hungría #1985
Contempló con tristeza aquel cielo que no auguraba nada bueno, los restos abrasados del verano recorrido por bandadas de langostas, y de pronto vio desfilar en una misma rama de acacia la primavera, el verano, el otoño y el invierno, como si percibiera la totalidad del tiempo que jugueteaba en la esfera inmóvil de la eternidad mostrando una infernal línea recta, la cual daba la impresión de atravesar el paisaje escabroso del caos y, al crear así la altura, alimentaba a la vez la ilusión de que el vértigo era algo necesario… Y se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd, se vio allí agitándose, atormentado hasta que finalmente una sentencia árida —que no conocía distintivos ni distinciones y sonaba como un chasquido— lo entregaba desnudo a los lavadores de cadáveres, a las risotadas de despellejadores afanados, en un lugar donde comprobaría sin piedad, fríamente, la verdadera medida de las cosas humanas, donde constataría que ni un solo sendero lo conducía de regreso, pues para entonces se habría enterado ya, además, de que había ido a parar a una partida cuyo resultado estaba decidido de antemano y en la que los tahúres lo despojarían incluso de la última arma que poseía: la esperanza de poder retornar algún día a casa.
Tango satánico, László Krasznahorkai
Confesar que me ha gustado «Tango satánico» es casi una obviedad, como decir que la lluvia moja o que los personajes de Krasznahorkai sufren. Por supuesto que me ha gustado. Como todo lo que escribe este húngaro obsesionado con la miseria humana, las frases larguísimas y los destinos sellados desde antes de empezar. Aun así —y esto lo digo con todo el respeto debido al genio de la penumbra—, «Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río» sigue siendo mi favorita. Será por ese título, que es casi un koan zen, o por ese lirismo desencantado tan delirio como sosiego, no lo sé. Pero volvamos al tango.
«Tango satánico» es, como su nombre indica, un baile con el diablo. Pero no con ese diablo de cuernos y tridente que uno podría esperar, sino con un demonio mucho más realista: el de la esperanza. La historia se desarrolla en un pueblo húngaro abandonado de la mano de Dios (y de todo lo demás), donde los pocos habitantes que quedan —una pandilla de miserables, cobardes, idiotas, borrachos y oportunistas— sobreviven como pueden entre la mugre, la lluvia incesante y una tristeza densa como el barro. De repente, aparece Irimiás. Y como si fuera un Mesías de saldo, un Cristo podrido, la comunidad empieza a ver en él una posibilidad de redención, de orden, de salvación. Qué error. Qué tontos. Qué humanos.
La estructura de la novela es uno de sus grandes encantos: está escrita como un tango, literalmente. Doce capítulos que avanzan seis pasos y luego retroceden seis, en una coreografía narrativa que recuerda que todo intento de progresar no es más que un rodeo hacia el mismo lodo de siempre. Y Krasznahorkai, con ese estilo suyo inconfundible —frases interminables, puntuación caprichosa, narradores que entran y salen como espectros maliciosos—, no se limita a contarnos una historia, sino que nos encierra en ella. Porque no se lee «Tango satánico», se sobrevive. Y al final, si uno sale con las ideas intactas, es porque probablemente no tenía muchas al comenzar.
Los personajes son puro esperpento, pero también profundamente humanos. Petrina, ese sabio de bar que lo mismo te habla de Dios que de insectos, tiene algunas de las mejores líneas del libro:
Pues grábatelo bien en esa mente tuya tan obtusa: un chiste es como la vida —declaró con tono solemne Petrina—. Empieza mal y termina mal. Entremedio es bueno.
Y también esta otra joya de existencialismo casero:
Porque Dios no se manifiesta con palabras, orejudo. No se manifiesta de ninguna manera. No se muestra. Ni existe. […] Estaba equivocado. Porque luego comprendí que no existe ninguna diferencia entre yo y un insecto, entre un insecto y un río, entre un río y el grito que lo cruza. Todo funciona de manera vacua e irracional, por la fuerza de una interdependencia y de una oscilación salvaje y atemporal, y sólo nuestra imaginación, y no nuestros sentidos condenados eternamente al fracaso, nos incita a creer en todo momento que podemos liberarnos de las zanjas de la miseria. No hay salida, orejudo.
Por supuesto, nadie escucha a Irimiás. Como tampoco nadie se escucha a sí mismo en esta novela. Todos están atrapados en una oscilación salvaje, en esa interdependencia absurda que el autor describe como quien señala una grieta en el techo sabiendo que es demasiado tarde para arreglarla.
Krasznahorkai no ofrece consuelo. Ni finales felices. Ni siquiera claridad. Lo suyo es el tormento que no desaparece sin dejar huella, el eco de los gritos antiguos que la lluvia levanta del barro como si fuera polvo:
Al cabo de unos minutos ya no estaba tan seguro de si realmente oía esas voces sufrientes o si simplemente era capaz, a raíz de los muchos y agotadores años de trabajo, de escuchar en medio del estruendo los antiguos aullidos que de alguna manera habían quedado registrados en el tiempo («El tormento no desaparece sin dejar huella», pensó confiado) y que la lluvia levantaba ahora como el polvo.
Esa es, quizá, la imagen que mejor resume la novela: un mundo en ruinas donde todo sigue ocurriendo aunque ya no haya esperanza de que algo cambie. Porque no hay salida, orejudo.
¿Recomendaría esta novela? Por supuesto. Pero no a cualquiera. Esto no es un libro para pasar el rato ni para leer con un cafecito en una tarde lluviosa, a menos que quieras que el café sepa a barro y empieces a sospechar que la lluvia golpeando el cristal te está juzgando. Es para lectores pacientes, masoquistas, con sentido del humor negro y una fe inquebrantable en la literatura como forma de tortura placentera. Y también, claro, para los que ya conocen a Krasznahorkai y saben que siempre vale la pena perderse en sus laberintos, incluso si uno termina exactamente donde empezó. O peor.
En definitiva, «Tango satánico» es una obra maestra del sufrimiento humano, una coreografía infernal perfectamente ejecutada, y otra prueba más de que Krasznahorkai es uno de los pocos autores capaces de hacerte reír, desesperar y pensar todo al mismo tiempo. Solo él puede convertir el apocalipsis rural en una experiencia estética tan intensa.
Y ahora, si me disculpan, voy a mirar por la ventana, a ver si ha dejado de llover.