Página Indómita | Luis González | 2022 | 512 págs.
#Ensayo #Francia #1989
Cada hombre se inclina a pensar que su causa, política, religiosa o idelógica, justifica moralmente todos los engaños. Pero utilizar la ciencia para esta estafa, abusando de la ignorancia de la mayoría, es aniquilar la autoridad del único procedimiento que el hombre ha inventado hasta hoy para someterse a sí mismo a criterios de verdad independientes de sus preferencias subjetivas.
El conocimiento inútil, Jean-François Revel
Si alguna vez te has preguntado por qué, teniendo toneladas de datos, informes, estadísticas y evidencia objetiva al alcance de la mano, seguimos votando mal, repitiendo errores históricos y cayendo en las mismas trampas ideológicas de siempre… Jean-François Revel tiene una respuesta: porque el conocimiento, cuando no se usa, se vuelve inútil. Y de eso va su ensayo «El conocimiento inútil», un libro que me ha gustado bastante, aunque —no nos engañemos— se le ve bastante el plumero.
Revel, que se define como liberal —ni de derechas ni de izquierdas— dedica más de 500 páginas a poner en su sitio a los intelectuales, los periodistas y los opinadores profesionales que, según él, prefieren abrazar ideologías como si fueran religiones antes que enfrentarse a la incómoda tarea de pensar. La tesis es potente: tener datos no garantiza actuar con sensatez, porque la gente (y los gobiernos, y los medios) no siempre quieren la verdad; quieren tener razón. Tal y como dice:
No podéis conseguir que alguien abandone por el razonamiento una convicción a la cual no ha sido conducido por el razonamiento.
Hasta ahí, muy bien. El problema —y aquí empieza la parte irónica— es que Revel, con su aguda pluma y su declarado escepticismo, a veces cae justo en aquello que tanto critica: el dogmatismo. Dice que no hay que dejarse llevar por ideologías, pero su obsesión con desenmascarar a la izquierda lo delata. El libro está tan repleto de ejemplos de los desastres de la izquierda (el comunismo, los intelectuales progresistas, los periodistas revolucionarios de salón…) que uno acaba preguntándose si de verdad es tan imparcial como presume. Espóiler: no.
Su crítica es tan feroz que a veces cruza la frontera del sarcasmo para aterrizar en el insulto. Un ejemplo inolvidable:
Bertrand Russell puede ser un eminente filósofo en su especialidad, pero no deja de ser un imbécil en el punto tratado…
¡Zas! Revel no se anda con rodeos ni con cortesías académicas. El que no esté preparado para leer a un polemista afilado (y a ratos vengativo) mejor que no se acerque. Ahora bien, si te gustan los autores que no piden permiso ni perdón, aquí vas a disfrutar.
¿Estoy de acuerdo con todo lo que dice? Ni de lejos. Hay momentos en que el ataque es tan desequilibrado que uno tiene que recordarse a sí mismo que esto es un ensayo, no una vendetta personal. Pero incluso en sus excesos, Revel obliga a pensar, y eso es mucho más de lo que se puede decir de muchos libros. Tiene esa cualidad de los buenos provocadores: aunque no estés de acuerdo con él, te hace afinar tus argumentos. Leerlo es como discutir con ese amigo brillante y cargante que siempre te lleva la contraria, pero que te ayuda a ver las cosas desde otro ángulo.
En resumen, «El conocimiento inútil» me ha gustado. Pero también me ha irritado, me ha hecho reír, y me ha obligado a subrayar frases con entusiasmo… y otras con rabia. No siempre convence, pero nunca aburre. Y en estos tiempos de opinadores en serie, tertulianos sabelotodo, redes sociales y bulos constantes, conviene recordar que tener información no sirve de nada si no estamos dispuestos a usarla sin manipulaciones… aunque sea para estar en desacuerdo con Revel. Así que me quedo con esto: si no somos capaces de cambiar de opinión —o al menos de dudar de nuestras convicciones— cuando los hechos nos llevan la contraria, entonces sí —Revel tiene razón— el conocimiento acaba siendo inútil.