De Conatus | Javier Calvo | 2022 | 280 págs.
#Narrativa #EstadosUnidos #2022
Este es el valor que le doy a América: ninguno. El valor que les doy a los judíos americanos: ninguno. A vuestra democracia, a vuestra educación inclusiva, a vuestro excepcionalismo: ningún valor. A vuestras esperanzas de sobrevivir: cero. Tú, Ruben Blum, estás fuera de la Historia; estás completamente acabado; dentro de un par de generaciones habrá muerto el recuerdo de quién era tu gente, y América no les dará a tus irreconocibles descendientes nada real con lo que reemplazar el sentido de la pertenencia que les robó; el aburrimiento de tu mujer —que está rompiendo su programa en pedacitos blancos de papel pequeños como pildoritas, que le encantaría tragarse como si fueran Percodan— no es simplemente un aburrimiento de ti, ni de su trabajo, ni de la insuficiencia de opciones que tienen las mujeres cultas de este país; es más bien la sensación de no haber vivido plenamente en una era relevante; y la locura de tu hija no es la simple locura de una adolescente llevada a la fuerza de la ciudad al campo y sometida a una presión excesiva para triunfar académicamente; es más bien un resentimiento furioso por el hecho de no haber encontrado ninguna actividad en la vida que signifique nada para ella, y de que todos los desafíos que se le han planteado —como la universidad y la carrera a elegir— han sido pequeños; nada comparado con los desafíos que tendrán que afrontar un día mis hijos, por ejemplo —a quienes se ha visto condenada a hacer de canguro—, como por ejemplo cómo conseguir que un pueblo nuevo en una tierra nueva forje una historia viva. Vuestra vida aquí es rica en posesiones pero pobre de espíritu, banal y olvidable, con vuestras neveras y televisores en color, frente a los cuales podéis comeros vuestras cenas de microondas, reíros de un chiste y atragantaros, conscientes de haber canjeado vuestro derecho de nacimiento por un cuenco de lentejas de plástico…
Los Netanyahus, Joshua Cohen
Empecé a leer «Los Netanyahus» por dos motivos: uno, por haber ganado el Pulitzer; y dos, por pura curiosidad. ¿Quién puede resistirse a una novela inspirada libremente en un extraño episodio real sobre el padre de Netanyahu, el actual presidente de Israel? El libro es una mezcla entre sátira política, memoria judía, teatro del absurdo y comedia de situación. Todo al mismo tiempo. Ambientado en un campus universitario estadounidense de los años 50, con un narrador neurótico y judío-no-practicante, una familia invasiva llegada de Israel, y un desfile de reflexiones culturales tan brillantes como desquiciantes.
¿De qué va «Los Netanyahus»?
La premisa es tan simple como excéntrica: Ruben Blum, un anodino profesor judío-no-practicante de historia en una pequeña universidad de provincias, es elegido —por el simple hecho de ser el único judío del claustro— para recibir y evaluar a Benzion Netanyahu, un erudito israelí candidato a un puesto docente. Hasta aquí podría parecer una típica novela de campus, pero el verdadero corazón del libro es lo que ocurre cuando Netanyahu y su familia llegan a casa de los Blum para pasar un fin de semana. Lo que sigue es un descenso hacia el caos doméstico, el conflicto cultural y la incomodidad institucional.
La estructura de la novela se sostiene sobre dos ejes: por un lado, el relato en primera persona de Blum, con su voz cáustica, irónica, siempre al borde del colapso emocional; por otro, la disección despiadada del choque entre dos formas de entender la historia, la identidad y el judaísmo. Y en el fondo, como un eco incómodo, la sombra de lo que está por venir: el futuro político de Israel encarnado, aún sin saberlo, en los niños Netanyahu que corretean por el salón destrozando la alfombra.
Una comedia tan inteligente que duele
Joshua Cohen escribe con el filo de un bisturí. Su estilo es hiperdenso, abigarrado, lleno de juegos de palabras, sarcasmo y erudición. No hay aquí una sola frase que no esté calculada para provocar una reacción: risa, incomodidad, o las dos cosas a la vez. Blum el protagonista y narrador, recuerda a Roth en sus mejores momentos: neurótico, brillante, contradictorio, inseguro hasta la médula. Un hombre que se sabe insignificante, pero no puede dejar de narrar con una voz desbordante.
Cohen no tiene miedo de lanzar parrafadas filosóficas en mitad de una escena familiar ni de interrumpir una anécdota cómica con una reflexión académica. Y sin embargo, todo funciona. Parte del encanto —y del reto— de «Los Netanyahus» es precisamente ese: no intenta ser accesible. Te obliga a ponerte a la altura de su inteligencia. O al menos a intentarlo.
¿Y los temas? Todos. Y ninguno.
La novela parece hablar de una visita académica, pero en realidad habla de historia, de herencia, de exilio, de asimilación, de privilegio, de burocracia universitaria, de las muchas formas que tiene el antisemitismo de esconderse detrás de una sonrisa educada. Habla de lo judío, sí, pero también de lo americano. De cómo la identidad puede ser una carga y un refugio, un punto de orgullo y una excusa para la marginación.
Cohen no escatima en ideas provocadoras. En una cita memorable, Ruben se lamenta de la cultura de la queja en los campus modernos:
… es un hecho que la juventud de hoy en día se muestra más sensible que nunca. Admito que no sé cómo entender este fenómeno, y que he intentado abordarlo «económicamente», formulando la pregunta de si es el aumento de sensibilidad lo que ha causado un descenso en la discriminación, o bien si es el descenso de la discriminación lo que ha causado un aumento de la sensibilidad a las circunstancias y maneras en que se produce. O quizás debería decir a las circunstancias y maneras en que percibe discriminación un cuerpo estudiantil cuya loable inclinación a la aceptación se ha transformado en una cultura de la queja que me resulta anatema.
¿Es una crítica a la cultura woke? ¿Un lamento conservador? ¿Una sátira de la nostalgia académica? Todo eso y, al mismo tiempo, una provocación meticulosamente ambigua.
O qué decir de este retrato demoledor del doctor Morse:
Este era el aspecto que más me desconcertaba del doctor Morse: que conocía sus limitaciones pero no se avergonzaba de ellas. No le importaban. Se tomaba su propia medianía a la ligera, casi con orgullo, como si llevara una toga de académico transparente bajo la cual su condición de administrador estaba desnuda. Su complacencia blanca, anglosajona y protestante era asombrosa, por lo menos para alguien perpetuamente nervioso como yo, un hijo del Garment District. Hoy en día a su condición la llaman algo así como privilegio, imagino. La tranquilidad total, el desahogo total, esa capacidad completamente despreocupada de relajarse dentro del envoltorio dérmico blanqueado en seco que viene del hecho de estar forrado desde nacimiento de dinero, bonos y certificados de acciones, un patrimonio posteriormente refinado en Groton, Yale y Harvard. No quiero dar la impresión de estar hablando mal de él, sin embargo, porque el doctor Morse, con toda su comodidad, con su simplicidad y su comodidad, me enseñó una lección importante.
La frase es larga, brillante, venenosa y perfecta. Como casi todas en esta novela.
Los personajes: más complejos que simpáticos
Ruben Blum no es un héroe. Ni siquiera es especialmente agradable. Es un académico frustrado, un padre inseguro, un marido ligeramente resentido, y un judío que no sabe muy bien qué hacer con su identidad. Pero es precisamente su constante incomodidad lo que lo vuelve fascinante. A lo largo de la novela, Blum no evoluciona en el sentido tradicional: no se transforma ni encuentra una epifanía. Más bien, se hunde un poco más en su escepticismo, en su sensación de desplazamiento. Su viaje no es de redención, sino de toma de conciencia de su insignificancia dentro de un sistema que no sabe qué hacer con él.
Y los Netanyahus —padre, madre, hijos salvajes— no son exactamente personajes, sino fuerzas de la naturaleza. Benzion es frío, arrogante, y completamente desinteresado en complacer a nadie. Representa una visión del judaísmo radical ligado al sacrificio, a la historia trágica, a una nación por construir. En contraste con la vida de comodidades incómodas de Blum, Benzion es la encarnación de un judaísmo sin espacio para la integración:
La Historia de todos los pueblos también es la Historia de su locura, y cuanto más se convierte la ciencia en religión, más tiene que fingir la religión que es una ciencia, desesperada por encontrar todas las explicaciones lógicas.
Dice Benzion, y uno siente que está hablando tanto de los judíos como del lector.
En resumen: una novela tan buena que molesta
«Los Netanyahus» no es una lectura fácil. A ratos te hace reír, a ratos te obliga a releer la misma frase tres veces, y a ratos te incomoda tanto que quieres tirarlo por la ventana. Pero como en toda buena literatura, la incomodidad es el punto. Joshua Cohen no quiere que te sientas cómodo. Quiere que te rías, que te sientas culpable por reírte, que cuestiones lo que sabes sobre historia, judaísmo, América y tú mismo. Y, de paso, que admires lo bien que escribe.
Una novela absolutamente singular, cargada de ideas, tensión, rencor y brillantez. Tan llena de capas que uno podría dar clases enteras solo sobre el prólogo. Y que, para colmo, está basada en un episodio real.