«El guardiamarina Hornblower», C. S. Forester

Puntuación: 3.5 de 5.

Era un día del mes de enero. Se había levantado una fuerte tormenta en el canal de la Mancha y soplaba un viento huracanado que arrastraba ráfagas de lluvia de grandes goterones que chocaban estrepitosamente contra las capas de los oficiales y marineros que permanecían en cubierta.

El guardiamarina Hornblower, C. S. Forester

Voy a empezar diciendo que «El guardiamarina Hornblower» me ha entretenido, que conste. Me ha hecho pasar buenos ratos y me ha dado ganas, en más de una ocasión, de alistarme en la Marina Real británica del siglo XVIII… o bueno, al menos de comprarme un sombrero con pluma y aprender a gritar «¡al abordaaaaje!» con convicción. Pero también tengo mis quejas, así que vamos por partes, como diría un buen cirujano naval de la época con una sierra en la mano.

La novela nos presenta al joven Horatio Hornblower, un muchacho con más nervios que carisma, que entra a servir como guardiamarina (es decir, cadete o aprendiz de oficial) en el glorioso navío Indefatigable, en plena época de las guerras napoleónicas. Hasta ahí, todo bien. Hornblower tiene 17 años, no sabe nada del mar más allá de lo que ha leído en los libros, y es tan inseguro como uno puede imaginarse en la peor de las pesadillas sociales. Su primera hazaña es vomitar nada más subir al barco. Ídolo.

Forester construye un personaje que está lejos del típico héroe infalible: Hornblower es tímido, torpe, inseguro, constantemente preocupado por su honor, y con una autoestima tan frágil que uno quiere abrazarlo y decirle que todo va a salir bien (aunque probablemente te respondería con una reverencia incómoda y una cita sobre la disciplina naval). Y sin embargo, precisamente por eso, resulta entrañable. Lo vemos crecer poco a poco, capítulo a capítulo, enfrentándose a duelos, naufragios, tormentas, batallas, prisiones, traiciones, hambre y frío… lo normal para un adolescente de otra época.

Ahora bien, hablemos de la estructura. La novela no tiene una trama lineal al uso. Cada capítulo funciona como una especie de micro-relato independiente, como si Forester hubiera ido escribiendo episodios sueltos y luego hubiera dicho: «Bueno, esto me da para un libro, ¿no?». Así que sí, tienes un episodio donde Hornblower naufraga, otro donde se enfrenta a un oficial cruel, otro donde se queda atrapado en un barco francés con una tripulación hambrienta… y así sucesivamente. Lo malo es que, como lector, uno echa en falta una trama que te lleve de la mano de principio a fin. Aquí no hay un gran objetivo, una misión clara, ni un conflicto que atraviese toda la historia. Más bien es como una serie de «Hornblower contra el mundo», con capítulos autoconclusivos y mucho salitre.

Eso, para mí, ha sido un punto flojo. Me gusta cuando una novela me promete una historia completa, con sus giros, sus clímax, su resolución. Aquí, en cambio, es como si te sirvieran una bandeja con muchas tapas, algunas muy sabrosas y otras algo repetitivas, pero sin un plato principal. Y yo venía con hambre de novela.

Dicho eso, el estilo de Forester es muy eficiente. No se recrea en florituras innecesarias ni se pierde en descripciones eternas del cordaje del barco (¡gracias, Forester!), pero tampoco escatima en detalles cuando tiene que situarte en medio de una tormenta o una batalla. Hay una sequedad británica en su prosa que combina muy bien con el humor sutil, la ironía, y el constante subtexto emocional de Hornblower, que es un adolescente que sufre en silencio porque cree que mostrar emociones es poco viril. A veces dan ganas de decirle: «Horatio, relájate un poco».

En cuanto a los temas, la novela aborda cuestiones como el honor, la madurez, el miedo, la obediencia ciega, la soledad y el sacrificio. Pero no lo hace con grandes discursos ni reflexiones pretenciosas. Todo va surgiendo en la acción, en los gestos, en los silencios. Hornblower vive en una época donde un fallo puede significar la horca, y donde hay que tragarse el orgullo (y las náuseas) mientras se obedece al superior de turno, incluso si es un imbécil. Y en medio de todo eso, el chico trata de encontrar su sitio, crecer, y no morir en el intento. Espóiler: lo consigue, más o menos.

Los personajes secundarios, por cierto, cumplen su función, pero no brillan especialmente. Hay marineros rudos, capitanes severos, enemigos franceses que a veces son más simpáticos que los propios ingleses, y compañeros de barco que parecen salidos de una novela de aventuras clásica. Pero todo gira en torno a Hornblower. Es su historia, su punto de vista, su evolución. Y eso está bien, porque el muchacho lo merece.

En resumen: «El guardiamarina Hornblower» es una novela entretenida, con momentos muy buenos, un protagonista entrañablemente neurótico, y un mundo naval bien construido. Si te gusta el mar, la historia, y los héroes que sufren en silencio mientras calculan mentalmente la deriva de un navío a vela bajo tormenta, este libro es para ti. Si lo que buscas es una historia con una trama sólida, arco narrativo claro y una resolución climática… bueno, quizás este no sea tu puerto.

Pero en cualquier caso, merece la pena zarpar con Hornblower. Solo recuerda llevar una bolsa para el mareo. Por si acaso.