«Quebrada», Mariana Travacio

Puntuación: 4 de 5.

La única certeza que tengo hoy, padre, es que muy pronto nos iremos de esta tierra. Y me cuesta, porque esta tierra será poca cosa, pero acá nacimos y acá somos quienes somos. Si nos vamos, tendremos que ir por ahí explicando que de dónde venimos y para dónde vamos.

Quebrada, Mariana Travacio

Si Juan Rulfo y Cormac McCarthy se tomaran un mate con Mariana Travacio, probablemente se quedarían callados. No por timidez, sino porque «Quebrada» no necesita mucho ruido para decirlo todo. Esta novela —que a penas supera las 150 páginas, pero que pesa como un burro con dos féretros a cuestas— es un relato seco, doliente y poético, que se lee con el corazón encogido y una ceja permanentemente arqueada. Travacio no escribe: cincela. Palabra por palabra, golpe a golpe.

La historia sigue a Lina, una mujer que decide irse. ¿A dónde? Al mar. ¿Por qué? Porque su hijo desapareció y la esperanza tiene forma de agua salada. La acompaña (con reticencia y dos ataúdes) Relicario, su marido, que al principio se niega a dejar la tierra donde nacieron, crecieron, sufrieron y enterraron a los suyos. Porque ya se sabe:

Dice que la tierra no se abandona. Que si uno se va, los muertos se quedan sin nombre, y se acaban confundiendo, porque ya nadie se les acerca a recordarles ni quiénes eran, ni qué decían, ni qué les gustaba.

Y así, con ese aire de western existencialista, parten. ¿Hacia el mar? ¿Hacia el pasado? ¿Hacia un destino donde las cosas, por una vez, no duelan tanto? Bueno… no todo va a ser espóiler.

Personajes que respiran, aunque a veces quisieran no hacerlo

Lina es una de esas mujeres calladas pero inquebrantables. No se anda con rodeos ni declaraciones melodramáticas, pero todo en ella grita pérdida, coraje y obstinación. Es la que camina hacia el horizonte aunque el suelo le cruja debajo. Relicario, por su parte, empieza como ese típico hombre de campo terco que solo entiende de tierra, silencios y muertos, pero Travacio le da una evolución que (sin necesidad de redimirlo) lo vuelve humano, profundamente humano. Es él quien dice esa frase tan brutal y lúcida:

Y me cuesta, porque esta tierra será poca cosa, pero acá nacimos y acá somos quienes somos. Si nos vamos, tendremos que ir por ahí explicando que de dónde venimos y para dónde vamos. Y eso no da mucho aliento.

Luego, en la segunda parte, aparece Rulfino, que no es pariente ni vecino, sino el narrador que observa desde afuera y le pone un lente más colectivo y hasta legendario a esta odisea. Un acierto narrativo que puede descolocar un poco, pero que aporta una perspectiva diferente, menos íntima, más coral.

Estructura y estilo: lo que no se dice retumba

«Quebrada» se divide en dos grandes partes: una primera con voces alternadas de Lina y Relicario, íntimas y poéticas, y una segunda más coral y externa con Rulfino como narrador. El cambio es brusco, sí, pero también necesario: pasamos del dolor contenido al eco que deja ese dolor en el paisaje y en los otros.

El estilo de Travacio es puro silencio con filo. Las frases cortas, cargadas de sentido, te obligan a leer despacio, a releer, a quedarte pensando si esa frase tan sencilla no te acaba de partir un poco el alma. Casi no hay comas. Como si respirar fuera un lujo que sus personajes no pueden permitirse. A veces parece que cada línea estuviera escrita para ser leída en voz baja, lo cual es casi irónico, porque como dice uno de los personajes:

…ya sabemos cómo son las cosas: cuánto más bajo se habla más escucha la gente.

Temas: la muerte, la tierra, la espera… y las cosas que no se arreglan

Si tuviera que resumir los temas de esta novela en tres palabras, serían: pérdida, pertenencia y obstinación. Pero como soy de los que no se callan tan rápido, agrego: la memoria, el duelo, el abandono, la familia, el silencio, la dignidad, los fantasmas que no se van (aunque no den miedo), y esa terca esperanza de que caminar hacia algo —aunque no sepamos qué— ya es mejor que quedarse inmóvil.

En un mundo que romantiza el viaje como epifanía, «Quebrada» recuerda que a veces se camina con los pies llenos de tierra y el corazón lleno de muertos. Que no siempre se busca un futuro, sino que se escapa de un pasado que no deja respirar. Y que, como dice Lina:

A veces me da por pensar que tener una familia es volver a casa y saber que alguien te espera.

Aunque esa casa sea una carreta polvorienta, y ese «alguien» ya no esté.

¿Y entonces? ¿Vale la pena?

Sí. Mil veces sí. Pero con advertencia: no es una novela para leer con prisa. Es para quienes gustan del susurro en lugar del grito, de las emociones contenidas que revientan en el pecho, del polvo narrativo que se mete en los ojos y arde. No esperes giros argumentales ni redenciones hollywoodenses. Esto es literatura que confía en tu inteligencia y en tu sensibilidad.

«Quebrada» no te da respuestas. Pero te deja una voz en la cabeza, como un eco seco, que te acompaña mucho después de haber cerrado el libro. Y esa, en mi opinión, es la mejor señal de que Mariana Travacio ha escrito algo poderoso.