«En el corazón del corazón del país», William H. Gass

Puntuación: 3 de 5.

Y yo estoy jubilado del amor.

En el corazón del corazón del país, William H. Gass

Hay libros que llegan a tu mesita de noche precedidos de una fama tan rimbombante que no te atreves a abrirlos sin una copa de vino en la mano y la sensación de que estás a punto de enfrentarte a algo grande. Así me pasó con «En el corazón del corazón del país», de William H. Gass, un autor del que me habían hablado maravillas —como si fuera el secreto mejor guardado de la literatura norteamericana— y que, confieso, me hizo salivar con tan solo hojear sus primeras páginas. «Ah, esto va a ser una experiencia literaria de esas que te cambian», me dije, ingenuo y esperanzado. Pues no. Ha sido más bien como una cita a ciegas que el que te la ha preparado te ha hablado maravillas de ella, pero que, en persona, es una pedante enamorada de sí misma que solo quiere presumir de sus logros y al final te deja pagando la cuenta.

No me malinterpretéis: no me ha disgustado. El libro tiene momentos brillantes, destellos de genialidad que te hacen subrayar frases como si fueran oráculos. Pero no me ha enamorado. Y eso, en literatura, puede ser casi peor.

El título ya da pistas: aquí no hemos venido a divertirnos. Gass se adentra hasta las entrañas de una América desangelada, gris, mohosa, donde los personajes parecen arrastrarse por la vida como cucarachas con existencialismo.

El estilo: barroco, cerebral y a veces demasiado enamorado de sí mismo

Gass es, sin duda, un estilista. Uno de esos escritores que parecen esculpir las frases en mármol en vez de teclearlas. Cada oración tiene peso, textura, resonancia. Y, en ocasiones, eso es un deleite: la musicalidad de su prosa puede ser hipnótica. Pero, siendo sincero, también puede resultar agotador. Hay momentos en que uno siente que el autor está más interesado en demostrar lo bien que escribe que en contarnos algo que nos importe. Como un chef que pone más flores que comida en el plato.

La estructura de muchos relatos es deliberadamente desarticulada: fragmentaria, sin trama clara, sin clímax ni resolución. Lo cual puede funcionar… si uno está dispuesto a dejarse llevar. Pero a veces se siente como si estuvieras atrapado en la mente de alguien que piensa en voz alta mientras contempla una pared de gotelé.

Los relatos

«El chico de Pedersen» es, para mí, el más logrado. Un relato oscuro, cargado de una tensión subterránea que no termina de explotar pero que te mantiene incómodo y alerta. Es ambiguo, sí, pero en el buen sentido: te deja con preguntas inquietantes, no con ganas de cerrarlo por hastío.

«En el corazón del corazón del país», por su parte, es un collage lírico sobre la vida en un pueblo del Medio Oeste. Más que una narración, es un inventario emocional: fragmentos de pensamientos, observaciones, sentimientos dispersos que conforman un retrato colectivo. Aquí Gass brilla con luz propia. El lenguaje es afilado, amargo y bellísimo. Algunas frases se te quedan pegadas como moscas en miel.

«La señora Ruin» y «El orden de los insectos», por otro lado, ni fu ni fa. El primero intenta hablarnos del tiempo y el desgaste emocional, pero se siente como una conversación que se alarga demasiado sin llegar a ningún sitio. El segundo arranca con una premisa sugerente —una mujer obsesionada con los insectos en su habitación— pero no termina de cuajar ni como parábola ni como retrato psicológico. Mucho zumbido para poca picadura.

Y luego está «Carámbanos», que no me ha gustado. Lo siento, William. Es el típico relato que uno relee varias veces pensando que se le escapó algo esencial, hasta que acepta resignado que no, que simplemente no hay mucho ahí. O si lo hay, está tan envuelto en capas de autocomplacencia que no merece la pena pelarlas.

Temas: alienación, desesperanza y el sutil arte de odiar al prójimo

Gass disecciona con bisturí la podredumbre emocional de la clase media estadounidense, especialmente la del Medio Oeste. Sus personajes son gente que no habla, que no se ama, que no espera. Son monumentos al desencanto. Hay una tristeza callada que lo inunda todo, pero no la tristeza bonita de los poetas románticos, sino una tristeza mugrienta, oxidada, sin glamour. Una tristeza del tipo «me he sentado en el porche a ver morir el día y ya ni me importa».

Y entonces aparecen frases como estas, que funcionan como dardos venenosos contra la estupidez del entorno:

Deporte, política y religión son las tres pasiones de los ignorantes. Estas son las lacras del Medio Oeste. Desagradables a la vista, una fuente de descontento permanente, acaban con toda la fuerza del cuerpo. Se malgastan en ellos cantidades aterradoras de dinero, tiempo y energía. La mente rural es estrecha, apasionada e imprudente en estos asuntos. La codicia por sí misma, por muy miope y directa que sea, no lo explica todo. He conocido a hombres, por ejemplo, que han votado honradamente en contra de sus intereses durante años. No he tenido constancia de que sus severas creencias cristianas les hayan impedido clamar por que Rusia, China, Cuba o Corea desaparezcan del mapa. Y tienden a apoyar a su país igual que jalean a su equipo local: tienen un deseo insaciable de victoria, lo suyo es gritar, y si las cosas se ponen feas, piden la cabeza del entrenador. En definitiva, Birch es un nombre que les viene al pelo. Simboliza la vara del intolerante, el palo del domador de niños salvajes.

O este otro, que es poesía estado puro:

Quiero elevarme tan alto, dije, que cuando cague nadie esté a salvo de mi mierda.

Gass no deja títere con cabeza. Es como un Cioran con acento americano: misántropo, irónico, intelectualmente feroz. Hay una belleza perversa en su desprecio por todo, pero también un cansancio existencial que acaba contagiando al lector.

En resumen

«En el corazón del corazón del país» es un libro desafiante, denso y con momentos de lucidez deslumbrante. Pero también es frío, distante y a ratos pretencioso. Gass es sin duda un escritor brillante, pero de los que no hacen concesiones: estás dentro o fuera. Yo, con todo mi cariño, me quedo en la valla, observando el paisaje con una ceja levantada.

Una pequeña decepción, sí. Tal vez mis expectativas estaban demasiado altas. Tal vez no era el momento adecuado. O tal vez Gass y yo no estamos hechos el uno para el otro. Pero al menos nos ha quedado este puñado de frases afiladas y una confirmación más: que en el corazón del corazón de Estados Unidos, a veces, lo que hay es una piedra. Y lo peor es que ni siquiera brilla.

Eso sí, no me doy por vencido con Gass. A pesar de esta primera toma de contacto algo tibia, sigo creyendo que detrás de su estilo exigente y su mirada desencantada hay una voz literaria que merece ser escuchada con más atención (y quizás con menos expectativas). Tal vez este no era el libro adecuado para empezar, o quizá simplemente no era el momento. En cualquier caso, volveré a él. Tengo fichado «La suerte de Omensetter», y confío en que esa próxima cita —quién sabe si también con vino, pero con los pies más en el suelo— me convenza de que Gass tiene aún mucho que decirme.