Anagrama | Esther Benítez | 2014 | 184 págs.
#Narrativa #Francia #1986
Ninguna razón del mundo podía justificar semejante historia, a la vez absurda e irrecuperable. Ninguna razón, salvo la de la locura, que no necesita razones, o bien que tiene sus propias razones, y precisamente porque él no estaba loco, esas razones se le escapaban.
El bigote, Emmanuel Carrère
Hay novelas que comienzan con un crimen, un desastre natural o una traición inconfesable. Y luego está «El bigote», que empieza con un hombre que decide afeitarse el bigote. Sí, así de simple. Un día, nuestro protagonista —un parisino anodino, sin nombre, como si ni siquiera Carrère quisiera comprometerse demasiado con su identidad— toma la decisión más trascendental de su existencia: afeitarse el bigote. Espera que su esposa lo note. No lo hace. Ni al día siguiente. Ni nunca. Y no solo eso: asegura que jamás ha llevado bigote.
Lo que sigue es una de las novelas cortas más perturbadoras y brillantes que he leído en mucho tiempo, y todo nace, insisto, de un rasurado facial. Me parece sencillamente maravilloso que desde una premisa tan banal se pueda construir una historia tan magnífica, tan retorcida y tan inquietante. Emmanuel Carrère, con una prosa sobria y afilada como una cuchilla nueva, logra llevarnos desde la sonrisa escéptica al desconcierto absoluto en apenas cien páginas.
El argumento, que empieza casi como una anécdota digna de sobremesa, va girando, en espiral descendente, hacia la locura. Lo que parece al principio una broma pesada o una conspiración doméstica se transforma rápidamente en una exploración angustiosa sobre la identidad, la memoria y la fragilidad de la realidad. El protagonista, cuyo único delito fue querer probar algo distinto con su rostro, termina dudando de su esposa, de sus amigos, de su pasado y, por supuesto, de sí mismo. ¿Y quién no lo haría cuando ni tu pareja recuerda tu cara?
Hay un punto en el que ya no estamos seguros de nada. Y ahí es donde Carrère brilla: no da respuestas, no aclara el enigma, no desenmascara la supuesta broma. Solo aprieta el tornillo hasta que el protagonista —y el lector— pierde el juicio. El resultado es una novela que se lee en un suspiro, pero que deja una resaca existencial de varios días.
Carrère escribe como un cirujano con buen pulso: sin florituras, sin grasa, directo al nervio. Su estilo seco, casi clínico, contrasta maravillosamente con el creciente caos mental del protagonista. Y de vez en cuando, entre tanta angustia, se cuela una ironía tan fina como malintencionada. Por ejemplo, cuando el protagonista razona con desesperación:
¿Para qué limpiar los instrumentos del crimen cuando el cadáver se ve a la legua?
La frase es genial, un intento de mantener la lógica en medio del delirio, como si pudiera haber orden cuando ya no hay ni puntos de referencia. O esta otra:
Es más inteligente el que primero cede.
Una máxima de sabiduría conyugal que, en el contexto de la historia, suena casi como un chiste cruel. Ceder, sí, pero ¿ante qué? ¿Ante la negación de tu rostro? ¿Ante la disolución del pasado?
El gran tema de «El bigote» es la identidad. No esa identidad grandilocuente de las novelas de formación, sino la que se construye con los detalles mínimos: cómo te vistes, cómo hablas, qué llevas en la cara. Carrère muestra cómo dependemos de los otros para ser quienes creemos que somos. En el momento en que los demás niegan tu historia, tu pasado, tu cuerpo, tú mismo te vuelves borroso.
También se explora la memoria, esa trampa cruel que puede volverse en contra. En uno de los momentos más inquietantes del libro, el narrador reflexiona:
No falsear, no olvidar, sino no tener ya nada que falsear ni olvidar, porque si no el recuerdo volvería.
Es una frase que hiela la sangre. Aquí, la memoria no es refugio, sino amenaza. Recordar es peligroso. Olvidar, también. Entonces, ¿qué queda?
Lo más fascinante del protagonista es que no tiene nombre, ni historia, ni mayor ambición en la vida que afeitarse. Y, sin embargo, su evolución psicológica es vertiginosa. Pasa de ser un hombre tranquilo, funcional y algo pasivo, a convertirse en un paranoico que huye de su vida como si escapara de un crimen (otro guiño a la cita del cadáver). El punto fuerte de Carrère no está en construir grandes personajes, sino en desmantelarlos con una elegancia cruel.
A medida que se desmorona, el lector lo acompaña en esa caída; primero con escepticismo, luego con empatía, y finalmente con el mismo terror que él siente al mirar el mundo y no reconocerlo.
En conclusión, «El bigote» es una joya que juega con lo absurdo y lo filosófico sin alardes. Es una lectura tan breve como profunda, capaz de despertar carcajadas nerviosas y preguntas incómodas. ¿Qué pasaría si las personas que más te conocen empezasen a borrar partes de ti? ¿Cómo de sólida es tu identidad cuando depende de la mirada de otros? ¿Y qué hay más escalofriante que perderse a uno mismo… por culpa de un afeitado?
Carrère, con esta pequeña obra maestra, nos recuerda que lo cotidiano es terreno fértil para la locura, y que lo banal —un bigote, por ejemplo— puede ser el hilo del que pende toda nuestra cordura.