Nórdica | Marta Rebón | 2022 | 480 págs.
#Narrativa #Rusia #1842
La soledad en que habitaba ofreció pasto en abundancia a su avaricia, la cual, como todo el mundo sabe, tiene un hambre de lobo, y a medida que devora más va creciendo. Los sentimientos humanos, que ya por naturaleza no eran en él demasiado profundos, decrecían constantemente, y cada día que pasaba se perdía algo en aquella ruina.
Las almas muertas, Nikolái Gógol
Tengo que empezar esta reseña con una confesión: «Las almas muertas» es una novela que respeto profundamente… pero con la que he tenido una relación bastante complicada. Como esas personas que uno admira por su inteligencia, su cultura y su profunda mirada crítica sobre el mundo, pero con las que nunca logra mantener una conversación agradable más de diez minutos. A pesar de su indiscutible valor literario y su importancia dentro del canon ruso (Tolstói, Dostoyevski y hasta Nabokov se quitan el sombrero ante ella), debo decir que la he leído con una mezcla de curiosidad, asombro y… resignación.
Y no porque sea un mal libro, en absoluto. «Las almas muertas» es una obra extraordinaria, satírica, extravagante, llena de ironía y profundidad. El problema, quizá, es que Gógol te lleva por los caminos de Rusia con tanta digresión, tanto rodeo, tanta anécdota sobre la grasa de los caballos, la forma de los muebles o el color de los bigotes de los terratenientes, que uno termina preguntándose si había olvidado cerrar el gas antes de empezar a leer.
La historia gira en torno a Chíchikov, un personaje tan misterioso como absurdo, que viaja por las provincias rusas comprando «almas muertas», es decir, siervos fallecidos que todavía figuran en los censos oficiales. ¿Por qué lo hace? Para aparentar riqueza y, con ello, alcanzar una posición social más elevada. Como idea literaria, no se puede negar que es brillante: una crítica feroz al sistema burocrático y a la obsesión por las apariencias. Comprar muertos para parecer más vivo. Rusia, siempre tan literal en sus metáforas.
A través de este rocambolesco plan, Gógol nos presenta a un desfile de personajes que parecen salidos de una novela cómica, una pesadilla kafkiana o, con perdón, un programa de variedades ruso del siglo XIX. Están Manílov, el soñador inútil; Sobakévich, el bruto pragmático; Nozdrióv, el mentiroso compulsivo; y la viuda Koróbochka, una mezcla entrañable entre la abuela del campo y una contable de almas muertas. Cada uno de ellos representa un tipo social, y cada encuentro con ellos es una pequeña obra teatral de hipocresía, ignorancia y codicia.
Lo que más me ha desconcertado es la estructura narrativa. «Las almas muertas» avanza, pero no hacia ningún sitio claro. Parece una carretera rusa llena de baches, donde cada pueblo es una parada absurda y cada conversación es un laberinto que no lleva a ningún centro. Esto tiene su encanto… hasta que llevas cien páginas preguntándote si Gógol planea llegar a algún lado. Espóiler: no llega. La novela está inconclusa. El propio Gógol quemó la segunda parte, frustrado por no poder escribir la redención espiritual de Chíchikov. Así que uno termina el libro con la extraña sensación de haber estado observando una sátira brillante desde una ventana empañada… y que alguien cerró la cortina justo cuando empezaba a ponerse interesante.
Eso sí, en medio de tanta digresión hay joyas que valen la pena. Gógol, cuando acierta con una frase, no falla. Por ejemplo, cuando dice:
Por estúpido que sea lo que dice el necio, en ocasiones es más que suficiente para confundir al hombre inteligente.
Una frase que parece escrita para las redes sociales del siglo XXI, o para describir alguna tertulia política actual. O cuando reflexiona sobre nuestra capacidad para juzgar a los demás con precisión quirúrgica, pero naufragamos miserablemente cuando se trata de entendernos a nosotros mismos:
Quedó claramente de manifiesto cómo es el ser humano: es inteligente, sabio, sensato en todo cuanto se relaciona con los demás, pero no en lo que atañe a su propia persona.
Gógol no solo se burla del sistema ruso, sino también de todos nosotros, los lectores que fingimos no reconocernos en esos personajes ridículos, cuando en realidad… nos parecemos bastante más de lo que nos gustaría.
En cuanto al estilo, hay que estar preparado: no es ágil ni moderno. Gógol no te lleva de la mano, sino que te arrastra por el barro con entusiasmo. Le encanta la digresión, se pierde en descripciones minuciosas, se burla de sus propios personajes y hasta del lector. Su humor es sarcástico, exagerado, y muchas veces absurdo. A ratos uno se ríe, a ratos se desespera, y a ratos se pregunta si no estará leyendo una crónica burocrática disfrazada de novela.
Y, sin embargo, «Las almas muertas» tiene algo hipnótico. Quizás porque Gógol logra capturar la esencia de un país en ruinas morales, un imperio podrido por dentro y envuelto en papeles, sellos y apariencias. Y lo hace con una mezcla de tristeza, burla y melancolía que es difícil de olvidar. Al final, lo que queda no es solo una crítica al sistema ruso, sino una reflexión inquietante sobre el alma humana (viva o muerta, da igual), sus miserias, sus contradicciones y su búsqueda desesperada de sentido.
Así que sí: entiendo por qué es una obra maestra. Entiendo por qué se estudia, se admira y se cita con reverencia. Pero, si tengo que ser honesto, no puedo decir que lo haya disfrutado. Me ha hecho pensar, reír alguna que otra vez y subrayar frases, pero se me ha hecho largo, muy largo, y lo he acabado más por respeto que por placer.
Y quizá eso también tiene su valor. Porque, como dice Gógol,
La palabra que da en el blanco, aunque pronunciada de viva voz, nadie puede borrarla, igual que la palabra escrita.
Y en este libro, aunque haya muchas palabras que me han hecho divagar o desesperarme, hay unas cuantas que dieron en el blanco. Y eso, para una novela inconclusa, no está nada mal.