Anagrama | Belén Santana | 2018 | 296 págs.
#Narrativa #Japón #2018
Creo que antiguamente la caza era importante para la supervivencia de los seres humanos. Hoy ya no lo es, pero no pueden dejar de cazar. Parece mentira que el hombre se caracterice por tantas conductas absurdas y haya olvidado las más elementales para sobrevivir. Está manipulado por un resto de recuerdos.
Memorias de una osa polar, Yoko Tawada
¿Puede una osa escribir sus memorias? Más aún: ¿puede escribirlas mejor que tú o que yo? La respuesta de Yoko Tawada es un sí rotundo, elegante, trilingüe y con un toque filosófico que haría sonrojar a cualquier pensador existencialista con bigote. En Memorias de una osa polar, Tawada hace algo tan absurdo como maravilloso: nos invita a entrar en las vidas de tres generaciones de osos polares escritores, artistas y celebridades, que lidian con los grandes temas de nuestra era: la migración, la memoria, la censura, el espectáculo, la identidad y, por supuesto, el frío (y no solo el meteorológico).
La novela está dividida en tres partes, cada una narrada desde el punto de vista de un oso distinto, y aunque son osos, tienen más introspección, traumas y crisis de identidad que la mayoría de los humanos que conozco (incluyéndome). Empezamos con la abuela osa, que vive en la Unión Soviética y se convierte, con bastante perplejidad, en una escritora de éxito. Su tono es deliciosamente seco, sus observaciones, una mezcla de sátira política y melancolía absurda. En su mundo, el lenguaje es una trampa, la burocracia es opaca, y hablar del clima es una forma peligrosa de confesar que te sientes solo:
Cuando alguien afirma que hace frío un día de calor, me siento confinada a la soledad.
Esta primera parte es la más explícitamente política, aunque lo político siempre está mezclado con lo absurdo: en este universo no es raro que un funcionario soviético debata con una osa sobre su autobiografía. Lo verdaderamente inquietante es lo lógico que todo suena.
La segunda osa, Tosca, es una artista de circo, elegante y nostálgica, que navega entre el glamour y la domesticación. Aquí el estilo cambia: se vuelve más evocador, más emocional, y, por momentos, uno se pregunta si lo que está leyendo es una fábula existencial o un ensayo sobre la identidad performativa y el espectáculo. Tosca desprecia la falsa diversidad que se vende como integración, y lo expresa con una frase demoledora:
Despreciaba la estupidez y la vanidad de quienes se enorgullecen de obligar a tigres, leones y leopardos a estar juntos. Me recuerda a esas coreografías en las que distintas minorías […] desfilan juntas en homenaje a la nación.
Sí, Tosca es una osa con conciencia crítica. Y un cierto hastío por la puesta en escena multicultural. ¿Quién no?
Y llegamos a la estrella: Knut, el osezno famoso del zoológico de Berlín. Su sección, narrada en tercera persona pero cargada de ternura, es tal vez la más conmovedora y trágica. Aquí Tawada abandona casi toda sátira y nos lanza al corazón peludo del asunto: el desarraigo, la dependencia, la pérdida. Knut es criado por humanos y no entiende muy bien qué es él, ni dónde empieza su cuerpo, ni a quién debe amar. Todo lo siente como una falta, un vacío que se expande como el moho cuando nadie te habla:
En mis oídos comenzó a crecer moho, porque ya nadie hablaba conmigo.
El estilo de Tawada es cambiante, como la temperatura de una conversación incómoda. A veces su prosa es sencilla y cristalina; otras veces se enrosca en reflexiones abstractas que uno no sabe si son geniales o simplemente muy alemanas. La novela no tiene prisa. Le gusta mirar desde lejos, como un oso desde su cueva. Pero no te confundas: aunque hablemos de osos, aquí no hay infantilismo ni ternura gratuita. Es una historia rara, ambigua y —a pesar de todo— muy humana. Lo que Tawada hace es meterse en la piel (y en el pelaje) de otro para hablarnos de nosotros.
Claro, no es una lectura para todos. Hay pasajes densos, y el humor es tan seco que a veces uno no sabe si está leyendo una crítica social o un chiste filosófico que te hará reír dos días después. La estructura también puede descolocar: no hay una línea narrativa clara ni clímax convencionales. Es más bien un collage de memorias, ideas y momentos extraños. A ratos fascinante. A ratos confuso. Un poco como la vida misma, pero con más pescados crudos y funcionarios comunistas.
¿La recomendaría? Sí, pero con advertencias. No busques en estas páginas una historia lineal ni explicaciones fáciles. Ve con espíritu curioso, con ganas de dejar que una osa soviética te cuente sus traumas editoriales, que una artista circense te hable de propaganda cultural, y que un osezno confundido te haga sentir que tú tampoco sabes muy bien qué especie eres.
En definitiva, es una novela brillante en sus mejores momentos, aunque no del todo redonda. Pero, honestamente, si alguna vez has sentido que te crece moho en los oídos porque nadie te escucha… probablemente te reconozcas en estas memorias más de lo que quisieras.