Tusquets | Antonio-Prometeo Moya | 1994 | 192 págs.
#Narrativa #EstadosUnidos #1966
En la escuela, al igual que a todos, les lavan el cerebro para hacerles creer en el mito del inventor americano, Morse y el telégrafo, Bell y el teléfono, Edison y la lámpara incandescente, Tom Swift y lo que sea. Un hombre, un invento. Pero cuando son adultos, descubren que tienen que ceder todos sus derechos a un monstruo como Yoyodyne; se les integra en un «proyecto» o un «comité especial» o un «equipo» y poco a poco se sumen en el anonimato. Nadie les pide que inventen nada, sólo que jueguen su insignificante papel en una rutina estructural, establecida de antemano en algún manual de gestiones.
La subasta del lote 49, Thomas Pynchon
Este ha sido mi primer libro de Thomas Pynchon. ¡Y vaya primera cita! Yo había leído por ahí que Pynchon es difícil, pero ingenuamente pensé: «Bueno, tampoco será para tanto». Además, todo el mundo coincidía en que «La subasta del lote 49» es la más accesible de sus novelas, así que, ¿qué podía salir mal? Ahora, terminado el libro, solo puedo deciros que si esto es lo accesible, lo que viene después debe ser directamente entrar a Mordor en pelotas. No sé si algún día me atreveré con «El arco iris de gravedad», esa criatura legendaria de la literatura que muchos veneran pero pocos acaban.
Para que os hagáis una idea del viaje: por momentos, me encontraba literalmente gritando en la sala de estar, igual que Edipa en un momento glorioso del libro:
—Socorro —dijo Edipa—, no entiendo nada.
Y os juro que estaba hablando por todos nosotros.
La novela está plagada de situaciones grotescas, delirantes y tan absurdas que uno se pregunta si no le han deslizado unas gotitas de LSD en el café. Hay párrafos que me dejaban rascándome la cabeza durante minutos, como este, que me dejó completamente fuera de juego en que Edipa está en un sanatorio conversando con un paciente tumbado en la cama y de sopetón:
Edipa le vio moverse en busca de una postura más cómoda en el colchón. El atiborrado disco duro del ordenador. Archivo A…
¿Perdón? ¿Disco duro? ¿Archivo A…? ¡¿Pero qué demonios está pasando aquí?! Os prometo que volví para atrás varias veces para ver si me había perdido algo o si de repente Edipa había entrado en Matrix. Espóiler: no. Es Pynchon siendo Pynchon, y tú ahí, tratando de no perder la cordura.
Y esa es un poco la dinámica durante toda la lectura. ¡¿Pero qué locura es esta?! ¡¿Esto es una broma?! Estas son las frases que te vas repitiendo mientras avanzas por este bosque espeso de sátira, referencias, teorías de la conspiración y personajes que, si no los ves venir, te hacen tropezar de bruces. Porque una cosa es segura: «La subasta del lote 49» no es un paseo de domingo. Es más bien como meterte en un laberinto y que, cada vez que crees encontrar la salida, Pynchon te cierre la puerta en las narices y se eche a reír desde la sombra.
Hablemos de los personajes. Madre mía, qué personajes. Cada uno más estrambótico que el anterior. ¡¿Y sus nombres?! Son graciosísimos, y estoy seguro que deben tener algún sentido en la novela que no he llegado a captar del todo. Empezamos con la protagonista, Edipa Maas (ese nombre ya suena a broma desde el principio), y claro, lo primero que piensas es: «Hmm, Edipa… ¿no será esto un guiño a Edipo y el mito de Edipo rey?» No estoy seguro, pero viniendo de Pynchon, cualquier cosa puede ser una pista o una trampa mortal para despistarte.
Su marido es Wendel «Mucho» Maas (mucho más, jajajaja), un locutor de radio cuya vida va cuesta abajo y sin frenos. Luego tenemos al doctor Hilarius, un psiquiatra tan hilarante como su nombre promete (aunque más en un sentido oscuro y siniestro que te hace cuestionarte la vida). No olvidemos la maravillosa empresa Yoyodine (que ya con ese nombre sabes que nada bueno puede salir), Gengis Cohen (un tipazo especialista en filatelia, porque sí, los sellos aquí son cosa seria), y el abogado Metzger, que empieza cantando en calzoncillos en la televisión… y eso es solo la punta del iceberg.
Las situaciones son tan bizarras que necesitas sentarte un momento después de leerlas para procesarlas. Por ejemplo, esta joyita:
—Tranquila, no pasa nada —dijo—. No llore, por favor. Vamos al sofá. Van a dar el telediario enseguida. Lo practicaremos allí.
—¿Lo practicaremos? —preguntó Edipa—. ¿Qué practicaremos?
—El comercio carnal —contestó Nefastis—. Puede que esta noche digan algo sobre China. Me gusta joder mientras hablan de Vietnam, pero lo mejor de todo es cuando hablan de China. Me pongo a pensar en los montones de chinos que hay. Tan fértiles. Vida por doquier. Así es más erótico, ¿verdad?
—¡Au! —gritó Edipa y salió corriendo…
¿Pero qué…? De verdad, no sabes si reír, llorar o llamar a alguien para que venga a leerte un cuento más normalito.
Y luego está esta otra maravilla:
Un joven inquieto que planeaba colarse de noche en los acuarios para entablar negociaciones con los delfines, dado que éstos sustituirían al hombre, se disponía a subir a un avión de la TWA con destino a Miami. Se despidió de su madre con un beso de pasión, metiéndole la lengua.
Sin comentarios. Bueno, uno: ¿¡QUÉ!?
Y ya cuando llegas al final… madre mía. Si durante toda la novela habías tenido la sospecha —esa vocecilla en tu cabeza diciéndote «¿no me estará tomando el pelo este Pynchon?»—, pues prepárate, porque al llegar a la última página la broma se hace oficial. Te quedas con esa cara de tonto, libro en mano, mirando al vacío como si el universo fuera a darte una explicación. Es el tipo de final que te hace cerrar el libro lentamente, quedarte cinco minutos en silencio, y luego empezar a darte cabezazos contra la pared mientras repites: «¡Serás cabr.., Pynchon! Me has tomado tanto el pelo que me has dejado calvo». Pero, irónicamente, ahí está la genialidad. Porque justo cuando crees que todo va a encajar y vas a recibir el ansiado «¡Ajá!», Pynchon te deja tirado en la cuneta del significado, preguntándote si todo este viaje no habrá sido, al fin y al cabo, un espejismo cuidadosamente diseñado para volverte un poquito más paranoico.
Ahora, si te paras a pensarlo (cuando tu cerebro se ha recuperado), te das cuenta de que, bajo todo ese caos y locura, «La subasta del lote 49» es un pedazo de novela que trata temas bastante serios: la paranoia, la búsqueda de sentido en un mundo que parece diseñado para confundirnos, la alienación en la sociedad moderna, y la sensación de que hay fuerzas invisibles moviendo los hilos mientras tú solo eres un peón más. Todo esto aderezado con una buena dosis de ironía, sátira y ese estilo posmoderno que le ha dado fama a Pynchon: referencias cruzadas, juegos de palabras, cambios de tono inesperados y esa maravillosa habilidad para hacer que la frontera entre lo absurdo y lo profundo sea completamente borrosa.
Leer esta novela es como meterte en un sueño raro del que no sabes si quieres despertar o quedarte un rato más solo por la curiosidad morbosa de ver qué otra locura te va a soltar.
En resumen, ¿me ha gustado? Sí, mucho, aunque he terminado con la cabeza hecha puré y mirando con sospecha cualquier carta que me llega por correo (no vaya a ser del Trystero). ¿Me he reído? Un montón, pero también me he frustrado y he gritado. ¿La recomiendo? Solo si estás dispuesto a perderte, a desesperarte y a disfrutar del viaje más raro que puedas imaginar. Pynchon no hace prisioneros, y este libro es la prueba definitiva.
¿Me atreveré con «El arco iris de gravedad»? Hoy te digo que no. Pero quién sabe… tal vez mañana, en un arranque de locura pynchoniana, le eche un vistazo. Eso sí: con casco y brújula.