«Rubicón», Tom Holland

Puntuación: 4 de 5.

Para los romanos era un artículo de fe creerse el pueblo moralmente más perfecto del mundo. ¿Cómo si no podía explicarse el tamaño de su Imperio? Sin embargo, también sabían que la grandeza de la República comportaba sus propios riesgos. Abusar de ella era arriesgarse a despertar la cólera de los dioses. De ahí que los romanos se tomaran tantas molestias para refutar cualquier acusación de prepotencia e insistieran siempre que habían ganado su imperio guerreando sólo en defensa propia. Para los pueblos que habían sido arrasados por las legiones, este argumento era ridículo, pero los romanos se lo creían a pies juntillas, muchas veces con una seriedad mortal.

Rubicón: Auge y caída de la República romana, Tom Holland

Tengo que decir que «Rubicón: Auge y caída de la República romana» de Tom Holland me ha gustado bastante. Y no solo porque me haya transportado a una época de togas, complots, apuñalamientos entre «amigos» y discursos más largos que un lunes por la mañana, sino porque Holland logra que uno lea sobre Cicerón, Pompeyo y César como si estuviera siguiendo una serie de HBO, al estilo de «Juego de tronos». De hecho, si alguien me hubiera explicado la historia de Roma de esta forma en el colegio, probablemente habría prestado un poco más de atención y no habría dibujado tanto en los márgenes del cuaderno.

Tom Holland (no, no el de Spiderman, aunque sería divertido imaginarlo disfrazado de senador) escribe con un estilo ágil, entretenido y con esa chispa de dramatismo que hace que hasta las sesiones del Senado parezcan campos de batalla. Su mayor acierto es precisamente ese: dar vida a personajes históricos que a menudo la escuela convierte en estatuas de mármol sin alma. Aquí, en cambio, Cicerón no es solo «el gran orador», sino también un político atrapado entre su ego, su miedo y su desesperación; César es un encantador peligroso, el tipo que sonríe mientras te quita la silla (y la República entera) de debajo; y Augusto… bueno, Augusto parece sacado directamente de una película de gánsters de Chicago, frío, calculador y siempre con un plan bajo la manga. Uno casi espera que saque una metralleta de debajo de la toga.

La historia, como era de esperar, es un festín de traiciones, ambiciones desmedidas, discursos grandilocuentes y, cómo no, guerras civiles narradas con el ritmo de un thriller. «Rubicón» consigue algo maravilloso: que el lector vea en las luchas de poder de Roma algo inquietantemente familiar. Uno termina el libro pensando que, después de todo, quizá no hemos cambiado tanto: seguimos amando a los que prometen grandes cosas y seguimos escandalizándonos cuando hacen justo lo que sabíamos que iban a hacer.

Ahora bien, no todo iba a ser flores y laureles. Hay un pequeño (gran) detalle que me sacó de quicio cada vez que aparecía… ¡España! Ver escrito «España» en el contexto de la República romana me provocaba un pequeño tic en el ojo. No sé si fue un desliz de la traducción o una licencia innecesaria, pero lo cierto es que en tiempos de Julio César, España no existía como tal. La correcta denominación habría sido «Hispania», que además suena mucho más épico, como corresponde a los tiempos en los que los legionarios aún no sabían lo que era una siesta. Ver «España» ahí metida me hacía imaginar a César conquistando terrazas de tapas mientras pedía una cerveza bien fría, lo cual le quitaba un poquito de solemnidad a la narración, para qué engañarnos.

En cualquier caso, este pequeño desliz no empaña el conjunto. «Rubicón» es una lectura fascinante, vibrante y muy recomendable para todo el que quiera entender no solo cómo cayó la República romana, sino también cómo los grandes ideales terminan sucumbiendo ante las pequeñísimas miserias humanas. O, como habría dicho Cicerón si hubiera tenido Twitter: «Las repúblicas mueren de un tuit envenenado».