Seix Barral | 2011 | 560 págs.
#Narrativa #México #2011
La finalidad de la vida no es prosperar sino transformarse. Cuando uno se lanza a lo desconocido se salva.
Leonora, Elena Poniatowska
En «Leonora», Elena Poniatowska se lanza de cabeza —y sin casco— a construir un retrato literario vibrante de Leonora Carrington, esa pintora surrealista, escritora y escultora británica-mexicana que decidió que las convenciones sociales eran, básicamente, mobiliario inútil para tropezar con él. Con una prosa íntima y apasionada (de esas que te dan la sensación de estar espiando por una rendija), Poniatowska se mete en la mente y el corazón de una mujer que vivió a golpe de pincel y de instinto, como quien ignora a propósito el manual de instrucciones de la vida adulta. El libro es un cóctel de novela, biografía y testimonio, agitado —no revuelto— en el particular universo donde la locura no es defecto, sino condición necesaria.
Cuando empecé a leer «Leonora» de Elena Poniatowska, confieso que me preparé para un desfile de artistas locos con boina, bigote raro y miradas de «veo cosas que tú no ves». No me decepcionó. Al principio me reía bastante: los surrealistas parecían una fiesta de lunáticos, y no lo digo yo, lo dice hasta el propio libro cuando los vecinos de St. Martin d’Ardèche comentan:
Liberan su inconsciente, son Quasimodo en una fiesta de lunáticos.
¡Qué espectáculo! Uno liberando su inconsciente aquí, otro pintando relojes derretidos allá, todos muy chiflados, otros bailando desnudos, Leonora diciendo que es una yegua, todos muy felices.
Pero poco a poco, entre carcajada y carcajada, empezó a filtrarse algo incómodo. Porque resulta que sí, liberar el inconsciente suena divertido… hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial, Max Ernst terminó preso y Leonora, enloquecida de dolor y miedo, acabó encerrada en un manicomio en España. Ahí se acabó la risa fácil. De repente, la «locura» ya no era una fiesta estrafalaria, era una celda fría donde Leonora fue sometida a tratamientos horribles. Y, sin embargo, en su mundo, la locura siempre había sido la normalidad. Hasta que otra artista le recuerda que:
El mundo entero habita la locura. En Haití, de donde vengo, el vudú es una liberación. Allá la locura aparente es la normalidad.
Lo curioso —y dolorosamente hermoso— es que Leonora Carrington te hace entender que ella nunca llegó a crecer. Nunca quiso ni supo hacerlo. Desde niña, como nos cuenta ella misma, se dedicó a dibujar lo que sentía:
Desde que nací he tratado de expresar, primero con mis dibujos de niña y después con la pintura, lo que siento.
Y así siguió toda su vida, sin dejar que la domesticaran. Elena Poniatowska insiste en esto a través de constantes paralelismos con libros infantiles: «Alicia en el país de las maravillas», «El Principito», «Los viajes de Gulliver»… no por capricho, sino porque Leonora era, esencialmente, una criatura de esos mundos donde lo imposible es cotidiano.
«Aquí todos estamos locos», le dice el gato a Alicia.
Y Leonora asiente desde su caballete: lo estaba, sí, pero a su manera, con una rebeldía tan sagrada que no aceptaba mandatos
Imposible ser rebelde por mandato. Su rebeldía es sagrada y la saca cuando ella quiere, no cuando le dan la orden.
Era, también, una fabulosa cuenta cuentos, capaz de saltar de Gulliver luchando contra ratones gigantes a una reina que se derrite de calor, como si la realidad fuera solo un boceto mal dibujado que ella corregía con crayolas mágicas.
Otra cosa que me dejó boquiabierto —y que admito que no sabía— fue el tratamiento que los demás surrealistas le dieron a Salvador Dalí. Siempre pensé que Dalí era el «niño bonito» del surrealismo, pero ¡vaya! Aquí lo llaman vendido, traidor, y hasta «ramera»:
Dalí da asco, es un vendido, un puto…
O:
Ninguno trata ya a Salvador Dalí. «Es una ramera». «Ha ido demasiado lejos»
¿Quién necesita enemigos con amigos así? Si algo me quedó claro es que en el mundo del arte no hay medias tintas: o eres genio, o eres vendido, y la línea que separa ambos estados es más delgada que un bigote a lo Dalí.
A lo largo del libro, uno se va encariñando con esa Leonora testaruda que siente las texturas del mundo:
Sé como va a comportarse la materia, leo no sólo el rostro humano sino la superficie del yeso, de la cal, de la madera, de la tintura de yodo, del carbón, del aceite
Que es puro sentimiento sin filtro:
Si soy mis sentimientos, soy amor, odio, irritación, aburrimiento, felicidad, orgullo, humildad, dolor, locura
Y que nunca termina de encajar en ningún molde:
Me siento desdeñada, no estoy dentro de nada, no sé dónde estoy y eso no me gusta. Quiero sentirme inmensa y poderosa…
Incluso cuando envejece, Leonora no abandona esa visión de niña grandota que se niega a ponerse seria:
Ahora me he hecho pequeña porque la edad te encoge para que quepas mejor en tu ataúd.
Con esa mezcla brutal de humor y verdad que te saca una carcajada incómoda, porque sabes que detrás hay una gran tristeza.
Al final, la sensación que me deja «Leonora» es la de haber asistido a una vida que fue un acto de pura resistencia. Resistencia contra el mundo, contra la cordura domesticada, contra el paso del tiempo, contra la muerte misma. En un mundo donde
…andar vestidos no nos hace virtuosos
Porque la virtud, como la ropa, se puede falsificar, Leonora eligió seguir desnuda de alma, expuesta, vibrante, viva.
Y si hay que elegir entre vivir como adulto aburrido o como niña loca, creo que ella, y también un poquito nosotros después de leerla, lo tenemos claro:
El tiempo que invertiste en tu rosa, hace que tu rosa sea tan importante.
Y Leonora, con toda su locura, fue su propia rosa.