Valdemar | Marta Lila | 2024 | 560 págs.
#Western #EstadosUnidos #1995
Texas era la clase de lugar donde las personas elegían su propio nombre y luego comenzaban a ser lo ese nombre fuera. Entonces podían adquirir las habilidades de su nueva profesión… o nunca las adquirían…
La jornada del muerto, Larry McMurtry
Si alguna vez pensaste que un western era solo una historia de vaqueros valientes cabalgando hacia el atardecer, «La jornada del muerto» de Larry McMurtry viene a desmontarte esa idea con la misma sutileza con la que un búfalo desmontaría una tienda de campaña. Esta precuela de «Lonesome Dove» —esa obra maestra que te arrastra, te destroza un poco por dentro y te deja agradeciendo la experiencia— tiene un tono distinto, más crudo, más desolado, menos redentor. Y, aunque me ha encantado, he de decirlo: «Lonesome Dove» me pareció mejor. Eso sí, «La jornada del muerto» es como ese amigo que te hace reír en los velorios. Sabes que la estás pasando mal, pero no podrías elegir mejor compañía para sufrirla.
Aquí no hay epopeyas. No hay redención en el sentido clásico, ni sentido del deber glorioso. Lo que hay es una experiencia humana desgarradora, contada con la brutalidad seca de quien ha visto el Oeste de cerca y no se impresiona fácilmente. McMurtry nos mete de lleno en ese lugar hostil donde el territorio es mucho más que el paisaje: es lo «otro», es lo inabarcable, lo indiferente, lo mortal. No son solo los desiertos, los aguaceros o las montañas traicioneras: son también los pueblos nativos, los animales salvajes, las enfermedades, el hambre, la soledad, el pánico. Y sobre todo, el absurdo de seguir caminando.
La estructura de la novela es deliberadamente errática. Hay menos linealidad que en «Lonesome Dove», menos sensación de que vamos hacia alguna parte. Aquí nadie sabe muy bien por qué hace lo que hace. Hay muchos más momentos de «¿cómo diablos hemos acabado aquí?». Como si los pobres personajes se vieran obligados a cruzar el infierno sin siquiera entender que eso es lo que están haciendo.
Pero justo ahí, en ese caos, en ese sinsentido, es donde «La jornada del muerto» brilla. Porque McMurtry hace «de las suyas», en el mejor de los sentidos. Nos entrega una historia en la que la dignidad y la amistad no se gritan, no se declaman, no montan a caballo con capa al viento. Son más bien gestos discretos entre hombres tiritando de frío, compartiendo una manta maloliente o una frase sarcástica antes de que los mate una infección. Esos momentos tienen un peso específico que vale oro, y McMurtry los distribuye con la precisión de un cirujano y la ternura de un tipo que sabe que la vida es un campo minado pero que igual vale la pena caminarlo.
Los personajes son, como siempre con McMurtry, maravillosos. Gus McCrae y Woodrow Call, aún jóvenes, aún aprendiendo lo que significará ser ellos mismos. Sus diálogos combinan esa lucidez ingenua y el sarcasmo del que sabe que probablemente va a morir antes del desayuno. Y no faltan las perlas de sabiduría disfrazadas de chistes, como cuando Long Bill, en uno de esos momentos en que la resignación se vuelve humor, suelta:
Supongo que aquí es donde abandono la vida de ranger, chicos. Es una experiencia muy poco común, pero no lo bastante segura.
¡Imposible no quererlos! Aunque también es difícil encariñarse demasiado: en esta novela, la mayoría enferma, sufre, y muere. A veces todo al mismo tiempo. Y sin mucho aviso.
La narrativa de McMurtry no busca hacernos sentir mejor. Todo lo contrario: hay una constante sensación de pequeñez humana, de insignificancia. La esperanza no es más que un recurso táctico para sobrevivir unos días más:
La experiencia reciente le había demostrado que los hombres tenían que utilizar cualquier esperanza que pudieran reunir para mantenerse vivos.
Hay amor, sí, pero no del tipo que salva. El amor aquí se presenta como una moneda demasiado cara:
El amor es un precio terrible a cambio de compañía, ¿verdad, Matty? —dijo Caleb—. No lo pagaré yo. Prefiero prescindir de la compañía.
Y, sin embargo, uno sigue leyendo porque hay algo poderoso en esta humanidad tan golpeada. Porque cuando todo es devastación, cada gesto de bondad es una pequeña hazaña. Y McMurtry lo sabe.
En cuanto a la edición, Valdemar, en su colección Frontera, vuelve a estar a la altura. La traducción es excelente: mantiene la voz de McMurtry sin domesticarla, sin pulir en exceso sus frases polvorientas ni neutralizar su humor seco. Es un libro hermoso por fuera y feroz por dentro, como un caballo salvaje con el lomo lleno de cicatrices.
En resumen: «La jornada del muerto» es un viaje incómodo, oscuro y terriblemente humano. No tiene la grandiosidad emocional de «Lonesome Dove», pero sí una intensidad desgarradora que se te queda dentro. Es la historia de hombres jóvenes enfrentados a lo imposible, de una tierra que no perdona y de una dignidad que sobrevive a pesar de todo. Un libro durísimo, honesto, y maravillosamente escrito. McMurtry, una vez más, nos recuerda que en el Oeste —como en la vida— nadie sale indemne.