«Lolita», Vladimir Nabokov

Puntuación: 2.5 de 5.

Entre los límites de los 9 y los 14 años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza no humana, sino nínfica (o sea demoníaca), propongo llamar NÍNFULAS a esas criaturas escogidas

Lolita, Vladimir Nabokov

¡Por fin he conseguido acabar «Lolita»! Ese libro del que todo el mundo ha oído hablar, pero que muchos prefieren no tocar con un palo por si acaso. Yo, valiente o inconsciente, me lancé. Me preguntaba: «¿Será un horror de lectura escabrosa tipo «Temporada de huracanes» de Fernanda Melchor, con detalles gráficos que me den ganas de quemar el libro y lavarme el alma con lejía?». Espóiler: al menos no lo es. Y, honestamente, se agradece mucho. Es de lo poco bueno que puedo decir del libro.

Después de esta introducción tan poco favorecedora de uno de los libros más admirados del siglo XX, me toca explicarme. Pero quiero dejar claro que esta es una opinión personal; para nada me creo tan inteligente como para intentar sentar cátedra ni insinuar que quien lo haya disfrutado es un pedante, un borrego o un pervertido. Faltaría más.

Empecemos por el principio, lo que más me preocupaba era como sería tratado el abuso a menores. Como ya he dicho, Nabokov no entra en detalles escabrosos del delito en sí. No es morboso en el sentido literal, sino más bien en el metafísico: te mete en la mente de Humbert Humbert, el protagonista (y sí, su nombre ya suena a advertencia), y te deja atrapado en un monólogo brillante, retorcido, pedante y peligrosamente seductor. A ratos parece que estás leyendo a un profesor de literatura francesa un poco intenso, y a ratos a un psicópata con ínfulas poéticas. Todo al mismo tiempo.

La novela está dividida en dos partes muy diferenciadas: antes y después del crimen. Y aquí viene mi conflicto con «Lolita». Porque la primera parte… ¡es magistral! De verdad, si la novela hubiera terminado justo antes de consumarse el delito, yo ahora estaría aquí soltando superlativos como si fuera crítica de «Breaking Bad». Es en esa primera mitad donde uno entiende por qué «Lolita» está considerada una de las grandes novelas del siglo XX. Nabokov crea un narrador de esos que te hipnotiza con palabras mientras te roba la cartera moral. Nos introduce en el cerebro del monstruo, y encima lo hace con frases como:

Pueden confiar en que la prosa de los asesinos sea siempre elegante.

Y claro, tú asientes con la cabeza mientras te das cuenta de que estás disfrutando demasiado de algo que no deberías.

Pero luego… llega la segunda parte.

¡Ay, la segunda parte! Hoteles, moteles, carreteras, mapas arrugados, más moteles, más carreteras, neumáticos desgastados, y un sinfín de habitaciones con cortinas feas. Y todo contado con la misma intensidad barroca que al principio, pero ahora sin el misterio, sin la tensión inicial, sin chispa. Se me hizo larga. Pesada. Un poco como una de esas vacaciones que empiezan con ilusión y acaban con ampollas en los pies, picaduras de mosquito y discusiones sobre qué salida tomar en la autopista. Entiendo que la repetición, el desgaste, la rutina del crimen tengan un sentido narrativo (¿culpa? ¿decadencia? ¿vacío?), pero yo ya no estaba ahí para eso. Yo quería salir.

Y luego está Humbert, claro. El narrador. El criminal. Un tipo que habla como si en lugar de estar confesando sus crímenes estuviera dando una conferencia en la Sorbona. Está tan lleno de referencias cultas, latinas, francesas, literarias, que parece estar todo el rato diciéndonos (o diciéndole al jurado, que es a quien supuestamente se dirige): «No es que sea un pervertido, es que soy demasiado inteligente para que me entendáis». Y tú como lector te debates entre admirar la brillantez de la prosa y gritarle: «¡Cállate ya, Humbert, pedante demente!».

Ahora bien, que la novela esté bien escrita, está muy bien escrita. Eso no lo discuto. A veces, incluso demasiado bien, como cuando dice cosas del estilo:

Sabía que me había enamorado de Lolita para siempre; pero también sabía que ella no sería siempre Lolita. El uno de enero tendría trece años. Dos años más, y habría dejado de ser una nínfula para convertirse en una «jovencita», y poco después pasaría a ser el colmo de los horrores: una «universitaria».

O, en su momento más Nabokov puro:

Hay dos clases de memoria visual: con una, recreamos diestramente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos (y así veo a Annabel, en términos generales […]); con la otra, evocamos instantáneamente con los ojos cerrados, en la oscura intimidad de los párpados, el objetivo, réplica absolutamente óptica de un rostro amado, un diminuto espectro de colores naturales (y así veo a Lolita).

Es poesía, sí. Pero poesía que viene con una sirena de alarma de fondo.

Y aunque la narración evita los detalles del abuso, la violencia está ahí, en la tristeza que Nabokov deja colarse como quien no quiere la cosa, en frases como:

Porque cada noche —todas y cada una de las noches— Lolita se echaba a llorar no bien me fingía dormido.

En fin. Que, como ya imaginarás, «Lolita» no ha sido una lectura gratificante para mí. Ni me ha gustado la temática, ni me ha gustado el libro como experiencia. Me alegro de haberlo leído porque ahora puedo opinar con conocimiento de causa, pero no pienso releerlo. Eso sí, reconozco que Nabokov escribe con un talento apabullante. Así que le daré otra oportunidad con otra novela, una que no me obligue a convivir durante 300 páginas con un monstruo refinado que se cree Byron con complejo de mártir.

A modo de resumen: «Lolita» es brillante, sí. Incómoda, sin duda. Y para mí, personalmente, agotadora. Como un pastel de boda decorado con hojas de afeitar.