«El buscavidas», Walter Tevis

Puntuación: 4.5 de 5.

Hay gente que pierde la cabeza cuando está sobria. Las cartas, los dados, el billar; no hay diferencia. Si quieres ganarte la vida con eso, si quieres ser un ganador, hay que conservar la cabeza. Y hay que recordar que hay un perdedor en tu interior, gimiendo, y tienes que aprender a cortarle las alas. Si no, búscate un trabajo estable.

El buscavidas, Walter Tevis

He terminado de leer «El buscavidas» de Walter Tevis y, si tuviera que describir la experiencia con una metáfora de bar (que nunca me ha parecido más apropiado), diría que fue como meterme a jugar una partida de billar sin saber muy bien las reglas y salir de ahí con los nudillos rotos, algo más sabio, y con más de una copa derramada sobre la cabeza. Es decir: me ha sacudido de arriba abajo y me ha dejado tirado en la cuneta emocional, con ganas de más.

Este es el segundo libro que leo de Tevis —el primero fue «Sinsonte», que me voló la cabeza con sus robots depresivos y su humanidad ausente— y aunque «El buscavidas» es un «animal» totalmente distinto, también ha sabido tocarme la fibra. Otra fibra. Una más oscura, más humana. Menos ciencia ficción, más whisky barato.

La historia gira en torno a Eddie Felson, un tipo que juega al billar como si su vida dependiera de ello (porque, en realidad, depende de ello). Un joven buscavidas con cara de Humphrey Bogart venido a menos, lleno de talento y ego, que se gana la vida desplumando a incautos en bares de mala muerte mientras sueña con destronar a los grandes. ¿Y qué es un «grande»? Pues uno de esos jugadores míticos que parecen no tener huesos humanos sino tacos de marfil por brazos. Como dice un personaje:

—¿Qué si sé como es el billar? ¿Qué si sé cómo es el billar? […] Dios mío, es lo que intento decirte. Intento decirte que conozco este juego y nadie, nadie, llega jamás y derrota a George el Duende o a Jackie French o a Minnesota Fats. No de frente, no cuando coge el taco y ellos el suyo y Woody o Gordon colocan las bolas y juegan una partida que ni tú ni yo ni Willie Hoppe, ni siquiera con ayuda de Dios, podemos imaginar o inventar siquiera.

Y ahí está Eddie, convencido de que tiene lo que hace falta, pero cargando encima una tonelada de dudas, complejos, resentimientos y una tendencia autodestructiva tan elegante que casi dan ganas de aplaudirle.

—Charlie, estás intentando socavar mi confianza. Sabes que tengo que jugar en el Bennington. Sabes que he sido un don nadie toda la vida, una minucia del oeste. Sabes que derroté a Johnny Vargas […], y dijo que yo era el mejor que había visto…

¿A que dan ganas de abrazarlo, darle un café y sugerirle con cariño que tal vez el ajedrez no sea tan mala idea? (Hablando de ajedrez… Tevis también escribió «Gambito de dama». No he visto la serie porque soy de esos románticos que prefieren leer el libro antes. El problema es que sigo esperando a que Impedimenta lo publique. Porque, claro, ahora que les ha dado por rescatar a Tevis… Hola, Impedimenta, ¿me oyes? ¿Para cuándo «Gambito de dama»? ¿O tengo que ponerme a jugar al ajedrez en bares oscuros para llamar vuestra atención?).

Pero no, porque el billar para Eddie no es solo un juego, sino una especie de posesión demoníaca. Hay momentos en los que se convierte, literalmente, en la mesa, las bolas, el taco. Su cuerpo se desliza como una maquinaria celestial y en esos instantes, el universo entero está perfectamente alineado.

Entonces Eddie empezó a ganar. Lo sintió arrancar en mitad de una partida, empezó a notar la sensación que tenía a veces de ser parte de la mesa y de las bolas y del taco. […] Las bolas tenían bordes nítidos y enjoyados; la bola tacadora misma era una joya de color blanco de leche y era magnífico verlas rodar y saber de antemano adónde iban a rodar.

Es poesía con olor a tabaco. Misticismo de bar. Porque para Eddie (y para todos los personajes que orbitan ese universo húmedo de tiza, bolas y orgullo herido), el billar no es un juego. Es una droga. Una forma de evasión. Una tabla de salvación que siempre se convierte en ancla.

Hay un momento glorioso en que Eddie observa a Findlay, un jugador que no sabe rendirse ni aunque lo estén apaleando con el taco. Y no porque tenga una voluntad de hierro, no. Es porque está drogado.

Findlay no se rendía, y Eddie supo ahora que era porque no podía hacerlo, que estaba siendo drogado, se estaba drogando a sí mismo partida tras partida, como si fuera a suceder algo, como si fuera a resultar que, de algún modo, todo fuera falso, y que él, Findlay, saldría sereno y feliz e importante.

Y ahí lo tienes: el billar como una sustancia psicoactiva, como una jeringuilla emocional con bolas de marfil. Porque, claro, ¿quién necesita heroína cuando tienes una sala de billar con humo denso, colillas que tiemblan, y un rival con la autoestima al borde del suicidio? En este mundo, perder no solo duele, despierta el mono. Y ganar tampoco cura. Solo provoca una resaca moral que se arrastra hasta el próximo duelo, como si «esta vez sí, ahora sí, ahora va la buena». Espóiler: no va.

Pero como todo talento sin dirección, Eddie es también su peor enemigo. En lugar de buscar grandeza, muchas veces prefiere la excusa fácil, la derrota decorosa.

Perdiste la cabeza y buscaste la salida fácil. […] Luego, después, todo lo que hay que hacer es sentir lástima de ti mismo… y montones de gente aprenden a encontrar satisfacción de ese modo. Es uno de los mejores deportes de interior, la autocompasión.

Ay, Eddie. Te entiendo, pero también quiero estamparte una tiza en la cabeza.

Lo que hace tan buena esta novela —además de su ritmo impecable y su capacidad para generar tensión en una simple jugada de billar— es la humanidad brutal de sus personajes. Nadie está a salvo de sí mismo. Nadie es un héroe. Ni siquiera Sarah, la mujer con la que Eddie entabla una relación extrañísima, entre el amor, el daño y la necesidad de redención. Sarah es lista, sarcástica y probablemente lo más trágico del libro.

—La forma en que me miras —dijo Sarah, los ojos muy abiertos, doloridos y furiosos—. ¿Es la forma en que miras al tipo al que acabas de vencer en una partida de billar?  ¿Como si acabaras de quitarle el dinero y ahora lo que quieres es su orgullo?

¡Auch! Eso debe de escocer. La verdad, duele. Porque para Eddie, el billar es su mundo, y su mundo es el billar. Es como si fuera incapaz de separar el billar del mundo. Y al igual que en el billar, Eddie siempre tiene que ganar. Ganar, y humillar al rival. A veces da la impresión de que Eddie no sabría jugar al dominó sin que terminase alguien llorando.

Hay algo muy cinematográfico en la manera en que Tevis construye las escenas. No es casualidad que la novela tuviera una adaptación al cine en 1961 con Paul Newman, donde encarna a Eddie Felson con mucho más glamour y elegancia del que tiene en el libro. Aun así, el libro tiene una crudeza que va más allá del celuloide. Aquí los personajes no brillan, sudan. Y cuando sangran, lo hacen por dentro.

Y sí, hay mucho billar, muchísima técnica, pero lo que importa no es eso. Lo que importa es cómo el ganar y el perder se convierten en asuntos existenciales. Hay partidas en las que Eddie juega hasta casi desmayarse, alucinando con colillas que bailan y radios invisibles que zumban en su cabeza.

Y entonces las colillas empezaron a cambiar de posición y a oscilar, con un movimiento suave pero confuso, y hubo un zumbido en sus orejas como el zumbido de una radio barata […].

En fin, «El buscavidas» no tiene el elemento de sorpresa de «Sinsonte» (nadie se tira por una ventana por falta de libros, para que me entiendas), pero tiene una carga emocional tremenda, diálogos afilados y un desfile de personajes que podrían estar vivos ahora mismo en cualquier bar de carretera. Es como si Hemingway hubiera aprendido a jugar al billar y decidido escribir algo con resaca. Es seco, duro, tierno y devastador. Como la vida misma cuando no sabes quién eres, pero sí que quieres ser «el mejor».

Así que sí: seguiré leyendo a Tevis. Me ha convencido. No solo sabe inventar futuros distópicos, sino también mostrarnos lo miserables, brillantes y frágiles que somos… incluso cuando todo lo que tenemos en la mano es un taco de billar y una última oportunidad. Porque a veces no hace falta una gran historia épica para entender lo que nos rompe por dentro. Basta una mesa de billar, un tipo que no sabe cuándo parar… y una mirada que pide perdón sin saber por qué.