Random House | Mario Merlino | 2005 | 160 págs.
#Narrativa #Portugal #1979
…pero me encontraba en realidad instalado frente a una mesa de juego del Casino, y la soledad me roía por dentro como un ácido doloroso: la idea de la casa vacía me asustaba, la solución de volver a dormir en el balcón me hacía gemir de lumbagos anticipados.
Memoria de elefante, António Lobo Antunes
Voy a ser honesto desde el principio, «Memoria de elefante» ha sido mi primer Lobo Antunes. Y no tenía ni idea de lo que me esperaba. Sabía que era un autor importante, uno de esos nombres con peso de premio que suenan en librerías serias, con portadas sobrias y contraportadas que no hacen chistes. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para lo que encontré dentro.
Leer esta novela ha sido como subirse a una montaña rusa construida con los materiales de un manicomio lisboeta: hay tramos lentos, que crujen, que uno duda si tienen sentido o si simplemente están ahí para que el vagón no se dispare; y hay curvas, giros, descensos vertiginosos, momentos de pura brillantez en los que uno siente que está asomándose al abismo con una copa de vino en la mano y una bolsa de angustia en la otra.
La historia (si es que hay alguna cosa que se pueda llamar «historia» aquí) gira en torno a un psiquiatra lisboeta en un día cualquiera, que no es tan cualquiera, porque está atravesado por el hastío, los recuerdos de la guerra en Angola, la desesperanza, un divorcio, la locura institucionalizada y una soledad espesa como caldo de hospital. Y por Lisboa. Muchísima Lisboa. Tan melancólica y brillante como siempre, claro.
El estilo de Lobo Antunes es… particular. Lo digo con cariño, ahora que he sobrevivido al libro. Es un torrente de conciencia continuo, como si te abrieran la tapa del cráneo del protagonista y te dejaran vivir ahí dentro mientras él divaga, salta de un pensamiento a otro, recuerda, se contradice, filosofa, se cansa, se queja, se desespera y de vez en cuando lanza frases demoledoras como bombas lógicas envueltas en ironía. Algunas me hicieron cerrar el libro solo para saborearlas mejor, como esta:
Tal vez incluso, mi amor, me compre un tapiz con tigres como el del señor Ferreira puede parecerte idiota, pero necesito algo que me ayude a existir.
Ese «algo que me ayude a existir» podría ser el resumen emocional del libro entero.
Otras veces, me encontraba perdido entre párrafos que parecían no terminar nunca, sin saber muy bien qué estaba leyendo o por qué. Y, sí, lo confieso: hubo momentos en que me aburrí. Momentos en que pensaba que estaba más cerca del diván que del lector, que quizá esta novela era demasiado inteligente para mí, o demasiado herida, o simplemente demasiado. Pero luego venía una línea como esta:
¿…qué sabe este tonto de la angustia de tener que elegir entre el exilio sin país y la absurda estupidez de los tiros sin razón…?
Y de pronto me daba un bofetón de lucidez, y todo tenía sentido de nuevo. O al menos, tenía sentido en la medida en que puede tener sentido vivir, recordar, y pensar en la locura institucionalizada mientras se camina por Lisboa y se siente la casa vacía como un peso.
La crítica feroz a la psiquiatría —que es en parte el núcleo del libro— es cruda, incómoda y absolutamente actual. El protagonista lo dice sin florituras:
Y aquí estoy yo, colaborando sin colaborar con la continuidad de esto, con la pavorosa máquina enferma de la Salud Mental trituradora de raíz de los menudos gérmenes de libertad […] pactando mediante mi silencio, el sueldo que recibo, la carrera que me ofrecen: cómo resistirse desde dentro […] a la inercia eficaz y muelle de la psiquiatría institucional, inventora de la gran línea blanca que separa la «normalidad» de la «locura» a través de una red compleja y postiza de síntomas…
Y uno no puede evitar pensar en cuántas cosas en nuestra vida funcionan por esa misma inercia cómoda y siniestra.
Pero no todo es gris existencial. También hay humor. Un humor triste, por supuesto, como de payaso cansado, pero humor al fin y al cabo. Y, sobre todo, hay una honestidad brutal. El libro no se maquilla. No quiere agradar. No se disculpa. Y eso, aunque duela, se agradece.
Así que sí, «Memoria de elefante» ha sido una lectura irregular, por momentos ardua, por momentos fascinante, que me ha dejado con la cabeza llena de imágenes, frases y silencios que no esperaba encontrar. Y aunque no me haya enamorado perdidamente del libro, sí he quedado lo suficientemente intrigado (y tocado) como para querer leer más de Lobo Antunes. Al fin y al cabo, este fue su debut. Y si alguien debuta con algo así de complejo, caótico y honesto, no me quiero perder lo que hace cuando se siente cómodo en su locura.
Volveré, Lobo. Volveré. Aunque sea con un tapiz de tigres.