«El Aleph», Jorge Luis Borges

Puntuación: 4.5 de 5.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otro que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales.

El Aleph, Jorge Luis Borges

Segundo libro de relatos de Borges que leo, y ha sido un desafío aún mayor que el anterior. Leer «El Aleph» ha sido como asomarme a un universo de ideas infinitas, de espejos que no reflejan solo imágenes, sino conceptos, símbolos y secretos, muchos de los cuales se me han vetado o no he conseguido desentrañar del todo. Esta colección de cuentos de Jorge Luis Borges no es solo literatura: es un viaje mental, filosófico, espiritual y, a veces, incluso desconcertante.

Lo cierto es que, al igual que me pasó cuando leí «Ficciones», uno no tarda en darse cuenta de que Borges no solo era un gran escritor, sino un verdadero intelectual. Su forma de pensar, de entrelazar filosofía, teología, literatura clásica y conceptos abstractos, está a otro nivel. Por más que relea algunos de sus cuentos, siento que siempre hay algo que se me escapa, una capa más profunda que aún no alcanzo a comprender del todo. Y eso, lejos de frustrarme, me fascina. Borges impresiona tanto que a veces me siento empequeñecido a su lado, como si su mente estuviera operando en una dimensión a la que yo apenas puedo asomarme. Pero quizá eso también sea parte de su magia: ese desafío constante que plantea al lector, ese juego intelectual que nos empuja a mirar más allá de lo evidente.

Lo que más me sorprendió fue la capacidad de Borges para condensar tanto en tan poco. Cada cuento, por breve que sea, deja una huella, una inquietud o una pregunta que se queda dando vueltas. Sin embargo, tengo que decir que, aunque todos los relatos son de una calidad indiscutible, algunos me han gustado más que otros, y eso no les quita mérito a los demás.

Mis favoritos han sido «El inmortal», «La casa de Asterión», «El Aleph» y «La otra muerte». «El inmortal» me atrapó con su reflexión sobre el tiempo, la eternidad y lo que realmente significa vivir para siempre. «La casa de Asterión» me pareció una maravilla: breve, poético y con un giro final que me hizo releerlo con otra mirada. «El Aleph», que da título al libro, es simplemente deslumbrante: la idea de ver todo el universo en un solo punto me dejó sin palabras. Y «La otra muerte» me fascinó por la forma en que Borges juega con la realidad, el recuerdo y el destino, como si la historia pudiera reescribirse desde el presente.

Lo interesante de este libro es que no se trata de cuentos convencionales con una trama clara y personajes definidos. A veces, lo importante no es lo que sucede, sino lo que Borges nos hace pensar mientras leemos. Es un libro para leer con calma, para volver sobre ciertos pasajes, para subrayar y comentar con otros. Y, aunque exige atención, también recompensa con creces.

En resumen, «El Aleph» me pareció una obra extraordinaria. No todos los cuentos me impactaron del mismo modo, pero todos me dejaron algo. Borges tiene esa extraña habilidad de abrir puertas dentro de la mente, y después dejarlas entreabiertas, como invitándote a volver. Es un libro que exige atención, paciencia y humildad, porque a veces resulta desconcertante o desafiante entender del todo lo que plantea. Pero precisamente ahí reside su valor: en su capacidad de seguir provocando preguntas, incluso después de haber cerrado el libro.