«Luz y oscuridad», Natsume Sōseki

Puntuación: 4 de 5.

La libertad siempre es positiva, pero jamá arreglará nada por sí misma. Por eso produce tanta insatisfacción.

Luz y oscuridad, Natsume Sōseki

Acabo de terminar de leer «Luz y oscuridad» de Sōseki y, contra todo pronóstico, me ha gustado. Digo «contra todo pronóstico», porque no todos los días uno se zambulle con entusiasmo en una novela donde los personajes se comunican con elocuencia… para no decir absolutamente nada.

El protagonista, Tsuda, es un ser tan introspectivo que uno empieza a sospechar que podría estar dialogando consigo mismo incluso cuando habla con su esposa. Y ella, por su parte, le responde con la precisión de un diplomático en una cumbre internacional: todo es sonrisa tensa y frase medida, como si estuvieran firmando tratados en lugar de estar hablando sobre su matrimonio. No sé si es la cultura japonesa o una estrategia ancestral para volver loco al lector occidental medio, pero esas medias tintas y suspicacias, midiendo cada palabra con que hablaban, me sacaban de quicio.

La experiencia de lectura es como asistir a una partida de ajedrez en la que todos los jugadores fingen que están jugando a las damas. Esta novela es una coreografía exquisita del decir sin decir, una ópera de silencios densos y frases tan cargadas de insinuaciones que uno acaba sospechando de su propio reflejo en el espejo. Aquí nadie dice lo que piensa —faltaría más—, todos sospechan del otro, cada frase es un laberinto de circunloquios; los silencios pesan más que las palabras, y cuando por fin alguien abre la boca, es para soltar una nebulosa de eufemismos tan vaporosa que haría palidecer a la niebla de Londres. Cada diálogo es un elegante malentendido vestido de etiqueta, convirtiéndose en un eterno juego de adivinación en el que todos están convencidos de que el otro miente, pero lo disimulan con una cortesía pasivo-agresiva. Y uno, como lector, se encuentra atrapado entre la fascinación estética y la desesperación más profunda, y te entran unas ganas de gritarles: «¡Que alguien diga lo que de verdad piensa, por favor!». Spoiler: no ocurre.

Y justo cuando parece que la tensión llega al punto crítico, cuando se insinúa que, tal vez, por fin, los personajes van a quitarse las máscaras, sincerarse y decir algo claro, algo honesto, algo… directo —la novela se termina. Así, de forma escandalosamente abrupta. Porque, sí, «Luz y oscuridad» ni siquiera está acabada. Como si Sōseki, en un último giro irónico, hubiera decidido dejarnos colgados justo cuando íbamos a obtener una respuesta. O al menos una frase en voz alta que no necesite ser interpretada con el lenguaje de gestos y miradas.

La obra se interrumpe como quien cuelga el teléfono justo antes de confesar un secreto. Uno se queda ahí, con el libro cerrado en las manos, mirándolo como si pudiera convencerlo de seguir solo un capítulo más. Solo una conversación clara. Solo una frase sin ambigüedad. 

Lástima, Sōseki murió antes de acabarla. Sí, así, sin avisar. Segunda vez que me pasa. Ya me ocurrió con «Hija y esposas» de Gaskell y ahora repito la hazaña: empezar una novela sin saber que está inacabada y quedarme en ascuas, como quien entra en una conversación prometedora y le cierran la puerta en la cara justo cuando iban a soltar el secreto. Empiezo a sospechar que tengo un don especial para encariñarme con autores que abandonan este mundo justo cuando la trama empieza a ponerse interesante. Lo mismo debería plantearme leer solo autores bien vivos… o al menos muertos con los deberes hechos.

En resumen, «Luz y oscuridad» me ha gustado, aunque me ha puesto al borde de un colapso nervioso por culpa de tanta prudencia, tanta sospecha y tanta incapacidad de hablar claro. Es brillante, exquisitamente escrita y profundamente frustrante. Una joya inacabada donde nadie habla claro y todos sospechan de todos, ideal para quienes disfrutan de los malentendidos cultivados con esmero japonés. Y para quienes creen que la verdad está sobrevalorada y disfrutan del arte de no decir nada… con estilo.